Introducción
El Hombre desarrolla su vida en un espacio físico rodeado por otros organismos, el medio físico y socioeconómico. Los factores bióticos y abióticos interaccionan entre sí generando un lugar propio y dicho espacio se denomina ambiente. La Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente en Estocolmo (1972) define como al medio ambiente como: “el conjunto de componentes físicos, químicos, biológicos y sociales capaces de causar efectos directos o indirectos, en un plazo corto o largo, sobre los seres vivos y las actividades humanas”. (Organización de Naciones Unidas, 1992).
En términos macroscópicos se suele considerar al medioambiente como un sector, una región o un todo. En cada uno de esos niveles o alcances de estudio hay una interacción entre los factores ya mencionados, en especial del aire, del agua o del suelo como agentes abióticos y de toda una gran diversidad de organismos animales y vegetales, con distinto nivel de organización celular, como integrantes del mundo biótico.
Resulta irónico, el propio origen y progreso de la humanidad abrió paso a las alteraciones de la naturaleza y, con ella, a los cambios medioambientales. El decurso del Hombre sobre la Tierra, siglo tras siglo, acumuló alteraciones en el habitad terrestre. La utilidad de los recursos naturales para las empresas, el desarrollo de sociedades, el uso y abuso del ambiente, las sucesivas Revoluciones Industriales, la explotación desacertada, irrespectuosa e irresponsable de los recursos naturales trajeron consigo, a partir de la segunda mitad del siglo XX, variaciones que alcanzaron un impacto antes no visto (Alaña Castillo, 2017). A un punto ha llegado el Hombre: una severa crisis medioambiental no solo le afecta su presente sino amenaza su futuro.
La humanidad asiste a la extenuación de algunos de los recursos naturales. Se agotan el petróleo, el carbón y los gases naturales, bases de las economías europeas a partir de la Revolución Industrial, y hoy día de la economía de todos los países. Sin embargo, cada vez más aumenta la sobreexplotación de dichos recursos renovables. Como consecuencia, se ve amenazada la vida en cualquiera de sus formas animal o vegetal, incluyendo la humana, se debilita la casa-Tierra.
Más allá de sacrosantos Encuentros, Conferencias, Foros y Acuerdos internacionales, más allá de leyes nacionales en aras de salvar el medioambiente -no pocas veces incumplidas justo por quienes más han aportado a llevarlo a su situación actual-, la realidad coloca ante el hombre común, sea o no profesional, cualquieras sean la profesión y su ejercicio, el reto de interrogarse acerca de cómo puede contribuir a cambiar tal status quo.
Ahí, en medio del eufemismo “hombre común”, profesional o no, surge la figura, única, del docente. Ese, estimado por Michel Foucault como el de la profesión más poderosa y a quien otro filósofo del siglo XIX, el cubano José de la Luz y Caballero, considerara capaz de si le entregasen un niño hasta la edad de siete años, responder por toda su vida.
No pocos autores han escrito sobre cuánto se precisa priorizar el aumento del nivel de cultura medioambiental educación mediante. Algunos incluso, a juicio de los autores, la sobreestiman al absolutizar su papel: “Solo exclusivamente a través de la educación es posible interiorizar temas que aporten y ayuden a dar un cambio en la cultura medioambiental de la sociedad”. (Hechavarría, Rodríguez, & Feros, 2004)
En esta, como cómo en no pocas otras ocasiones se centra en demasía en la educación la tarea del necesario “cambio en la cultura medioambiental de la sociedad”. Cuando tal cosa sucede se obvia la esencia económica, y por efecto política y social, del asunto. Se soslaya que tal cambio, antes que por lo educativo pasa por cuanto los Estados regulan y hacen cumplir en lo referido a la explotación económica de sus recursos, así como se elude el hecho de que dicha educación responde a la voluntad de dichos Estados. Por ende, ésta revela, lleva en sí, está determinada, por el sistema económico, social y político del cual emana, en el cual existe.
La realidad antes descrita, lejos de menguar la figura del docente, la agiganta. La triste realidad medioambiental, permítase el adjetivo, obliga a los docentes de cualquiera de los niveles de enseñanza-entiéndase desde la educación preescolar hasta el de postgrado-, a, en primer lugar, deliberar y hacer deliberar a cofrades y estudiantes acerca de cuánto se hace, por su cuidado y regeneración, acerca de cuánto es posible hacer.
¿Cómo elevar ese necesario nivel cultural medioambiental? En primer lugar, no habrá nunca una similar forma. Se impone la pluralidad de modos, en respuesta a cada colectivo e individuos. No basta la voluntad del docente de educar. Le es imprescindible evaluar el cómo educar. La tarea de concientizar a los estudiantes obre el necesario cuidado del medioambiente, los problemas que le afectan y cuantos le amenazan a futuro, resulta compleja y, como se apuntó antes, múltiple.
No pocos elementos conspiran contra el docente. La familia, en reiteradas oportunidades, poco o nada hace al respecto. El estado y la sociedad misma, las más de las ocasiones no van más allá de campañas sistémicas y asistemáticas. Los medios de difusión masiva -televisión, radio, prensa plana-, junto con el Internet y las redes sociales, incitan al consumo, nunca al ahorro. Y consumir, obvio, implica en las más de las circunstancias dañar al medioambiente. Comoquiera, el círculo vicioso no apunta al logro necesario de conciencia medioambientalista.
Mucho de cuánto rodea al estudiante de hoy atenta contra el designio del docente de laborar por el cuidado medioambiental. La charla, la parrafada, el conversatorio, la insistencia con el lugar común, poco o nada motivan al cambio de mentalidad en el estudiante, a la creación de la ya antes mencionada conciencia medioambientalista.
Entonces, ¿cómo hacer para que la realidad descrita llegue a la conciencia del estudiante y este pase a su vez a la acción? La respuesta pasa por muchos caminos. Uno de ellos, no el único, y de seguro tampoco el más idóneo, podría enrumbarse a través de un proceso de sensibilización que de “manera indirecta” coadyuve a fusionar al alumno con el medioambiente y a partir de su identificación con él, cree en el estudiante la necesidad de protegerlo. Una de las vías que para ello los autores del presente artículo proponen explorar es la referida a la ofrecida durante la impartición de la asignatura Lengua y Literatura en los niveles escolares, a su estudio y disfrute.
A partir de los presupuestos anteriores se inició un trabajo en la Unidad Educativa “Armada Nacional”, institución radicada en la ciudad de Guayaquil, Provincia del Guayas, concretamente en la Parroquia Ximena, Zona 8. En la misma, en el presente periodo lectivo, 2018-2019, se educan alrededor de 930 estudiantes.
La labor en cuestión se realizó con alumnos del tercer año de Bachillerato. Este cuenta con dos paralelos, integrados cada uno por 30 estudiantes. Destaca el hecho, favorable a juicio de los autores de que cada paralelo cuenta con un profesor de Lengua y Literatura por cada curso. Ambos cuentan con una vasta experiencia laboral en el campo de la educación.
Diversos indicadores, obtenidos gracias a la aplicación de técnicas e instrumentos como la observación, la entrevista y la encuesta, junto con informaciones recibidas del nuevo sistema de evaluación, confirman la existencia en los educandos de la institución de un bajo nivel de lectura. Estos, quienes de hecho cuentan con pocas bibliotecas a su alcance -solo un 3% de las escuelas del país cuenta con ellas (El Telégrafo, 2018)-, carecen del hábito lector. O sea, confirman las cifras conocidas del hábito lector en el país. Algunas de las dificultades apreciadas en los estudiantes fueron:
Bajos índices de lectura.
Casi nulo interés en específico por la lectura literaria.
Escaso interés por la lectura escolar asignada.
Ignorancia de sus deficiencias en la lectura.
Impericia e ineficiencia en el manejo del diccionario y de las técnicas para su uso e ignorancia de su utilidad.
Pobreza de vocabulario.
Dificultades para seguir instrucciones orales y por escrito.
Al realizar actividades de investigación, mecánicamente copian, cortan, pegan información, las más de las veces sin mencionar autoría, ni tomar en cuenta que la misma esté científicamente avalada.
En el caso particular objeto de este trabajo, se apreció desconocimiento de los problemas ambientales que afectan al mundo y amenazan a la humanidad, incluso a niveles de su entorno más cercano. A lo anterior se suma un poco interés por conocer esas problemáticas.
Asimismo, se entrevistó a ambos docentes. Estos manifestaron enfrentar no pocas dificultades al momento de impartir la asignatura. La fundamental es la referida a los bajos niveles de lectura del alumnado, lo cual afecta en no escasa medida la asimilación pronta de los textos.
Acerca de la importancia de la lectura, de los resultados que esta ofrece y de su necesaria promoción, existe una profusa bibliografía en Internet y en bibliotecas. Sin embargo, datos actualizados de las diversas aristas que pudieran indicar los niveles de lectura ecuatorianos no se localizan con facilidad. Además, a los localizados la prensa no los considera confiables (El Telégrafo, 2018).
Diversas fuentes, en diferentes fechas, indican que Ecuador se sitúa en un puesto desfavorable entre el resto de los países, en cuanto a sus índices de lectura. Ello obedece a numerosos factores, entre otros a la falta de la necesaria atención al asunto por autoridades e instituciones. Anualmente, en el país se lee un promedio de 0,5 libros por persona (Mantilla, 2016). El promedio universal de horas semanales dedicadas a la lectura en la naciones de apenas 6.5 horas (Orozco, 2013). Un artículo aparecido en un periódico de circulación nacional señala al respecto: “el 50% de ecuatorianos se dedica de 1 a 2 horas a la semana a leer un libro. El 14% de la población emplea de 3 a 4 horas semanales a la lectura, de 5 a 6 horas el 5%, de 7 a 8 horas el 2%, de 9 a 10 horas el 1%, y el 27% no lee. Según las estadísticas del INEC, por grupos de edades, los jóvenes se dedican más a la lectura que los adultos. El 83% de los jóvenes de entre 16 y 24 años le dedica una hora semanal a la lectura”(El Universo, 2013)
En el 2013, el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC), realizó una encuesta. Arrojó que el 27% de los ecuatorianos no tiene el hábito de leer. De este 27%, al 56,8% no le interesa la lectura, mientras que el 31,7% manifiesta no hacerlo por falta de tiempo. El 83% de los jóvenes de entre 16 y 24 años le dedica solo una hora semanal a la lectura. Una seria problemática es la índole y la calidad de lo que se lee, en lo cual abundan desde las facturas hasta los libros de cocina y de autoayuda (El Telégrafo, 2018).
Aun así, se observa cómo la juventud lee más que los adultos, a pesar de la carencia de formación de ese hábito en las instituciones. En comparación con otros países de la región Argentina, registra un mayor hábito de lectura con un índice del 55%, seguido de Chile, 51%, Brasil,46%, Colombia,45%, Perú, 35% y México, 20%. Sin embargo, una fuente plantea que en la encuesta de Hábitos lectores realizada en el país ¡no se consideró a la población entre los 12 y los 15 años de edad! (El Telégrafo, 2018).
La literatura es un arte con un medio de expresión: el lenguaje. No un lenguaje exacto, sino el lenguaje en su forma más común pero dicho de manera bella. El siglo XXI, y cuanto ha traído consigo la informatización de la sociedad ha hecho que muchos perdieran el hábito de leer. Leer es un acto intelectual que exige una entrega responsable, comúnmente se dice que “ya no hace falta pasar meses o años investigando o consultando en las bibliotecas”, hoy aparentemente “todo lo encontramos en Google, Wikipedia, YouTube o en buscadores similares”. Se olvida con frecuencia un hecho: en reiteradas ocasiones la información de dichos sitios no está completamente avalada científicamente o es hija de una pésima producción literaria, y también que quien no lee en papel, tampoco destaca en lectura digital, aunque a esta última le dedique algún espacio de tiempo. En definitiva, es posible afirmar que leer, en la actualidad, ha pasado a un segundo plano.
Un autor, Cassany, considera a la asignatura Lengua y Literatura como propia de un área que representa el conocimiento desde una visión de la estética. En ella, se establece el aprendizaje junto con la belleza del arte de interactuar y aprender. La Literatura es una fuente de disfrute, de valoración verbal en circunstancias concretas. La Lengua en cambio es, ante todo, la herramienta que ayuda a la interrelación social (Cassany, 2014).
Aún con las dificultades que presenta la asignatura, esta permite laborar desde ella en diversas temáticas con un alcance interdisciplinario que abarca la literatura misma, la lengua y la comunicación. Estas, con frecuencia, combinan el tratamiento de la temática de la naturaleza. Así, se hace posible el “análisis de la interacción del hombre y su hábitat, de la sociedad y la naturaleza, es tradicional en la historia del pensamiento científico y filosófico desde hace mucho tiempo”(Molina Jiménez, 2011).
No es la Literatura la única asignatura capaz de ofrecer esas posibilidades. De hecho, todas lo hacen. Según o Engels (1895), “la naturaleza y la historia son… dos elementos del medio en que vivimos, nos movemos y nos exhibimos mediante el trabajo, donde el hombre efectúa, regula y controla, a través de su oportuna acción, su reciprocidad de materias con su hábitat”.
El tratamiento de la problemática medioambiental ya ocupa lugar en el sistema educacional ecuatoriano. En las unidades educativas del país, desde el año 2017, se implementó un Programa bajo la denominación de TiNi (Tierra de niñas, niños y jóvenes para un buen vivir). El Programa labora ya en alrededor de 10 países entre ellos Chile y Canadá. “Consiste en un área que le entregan a niños, niñas y jóvenes, que puede ser desde medio metro de tierra hasta o inclusive una maceta con tres plantas, puede ser un bosque, en cualquier área en diferentes ecosistemas, donde ellos desarrollen acciones que cuiden la vida y la biodiversidad, que los beneficien a ellos mismos, a la biodiversidad y a la naturaleza”.(Leguía Orezzoli, 2016).
TiNi es un espacio creado para fortalecer la biodiversidad y crear vidas (plantas), este programa es un plan de estudio el cual se ha hecho parte de la malla curricular de la educación básica con el nombre de “proyecto educativo”. Por ende, esta parte del proceso de enseñanza-aprendizaje ha influido de tal manera en los estudiantes que van considerando el cuidado de su medio ambiente indirectamente ¿Pero, cómo aprender después de la práctica? Se estima que los estudiantes deben hacer de este programa su diario vivir, para que fusionen ese aprendizaje con las diferentes asignaturas y luego lo promuevan hacia sus hogares.
La educación ambiental debería tener en cuenta el medio natural y artificial en su totalidad: ecológico, político, tecnológico, social, legislativo, cultural y estético; debería ser un proceso perenne e indisoluble en la escuela y fuera de ella; la educación debería fomentar el valor y la necesidad de la cooperación local, nacional e internacional en la resolución de los problemas ambientales (Rengifo, Segura, & Córdoba, 2012). Al respecto, otro autor asegura que “la educación ambiental abarca algo más que el estudio de relaciones pedagógicas y ecológicas; trata de las responsabilidades políticas que debe tener el sistema educativo formal, de preparar a los educandos para que sean capaces de generar los cambios necesarios que aseguren un desarrollo sustentable, así como estimular conciencia para la solución de los problemas socio-ambientales actuales”.(Róger, 2010)
Las causas que influyen en que Ecuador viva una crisis ecológica se localizan en el impacto que sobre el medio ambiente tienen las actividades humanas que se realizan a diario. La sobreexplotación de su flora y fauna acaba con su entorno. Constantemente, el país sufre extinciones de sus especies. En contraste, la sociedad apenas le ofrece la importancia necesaria al asunto.
De la realidad antes descrita y de los basamentos teórico-prácticos vistos parte la propuesta de implementar un software que involucre no solo las lecturas ofrecidas en los textos del Ministerio de Educación, sino otras más con posibilidades demotivar a los estudiantes a leer textos poéticos de la literatura universal, en los cuales reconozcan elementos del medio ambiente. La propuesta consiste en la creación de una página Web con actividades que incentivarán lecturas direccionadas al cuidado del medio ambiente.
La preside el concepto de que la descripción estético-literaria de la belleza de la naturaleza, tratada de manera didáctica por el docente, influya en la perspectiva del estudiante acerca de cuánto esta ofrece, y de ahí se le encauce a la necesidad de cuidarla. Su súper objetivo no solo es crear conciencia sobre el cuidado del medio ambiente, sino convertir al estudiante en un ente activo en tal sentido.
La plataforma digital que se propone para alumnos del tercer año de Bachillerato de la Unidad Educativa “Armada Nacional” se asienta en el programa Ardora. Es esta una aplicación informática para docentes que les permite crear sus propios contenidos web de un modo muy sencillo, sin necesidad de poseer conocimientos técnicos de diseño o programación web.
Con Ardora se pueden crear más de 35 tipos distintos de actividades, las cuales comprenden crucigramas, sopas de letras, completamientos, paneles gráficos, simetrías, esquemas entre otras variantes. De igual modo, facilita la creación de más de diez distintos tipos de páginas multimedia, lo cual abarca galerías, panorámicas o zooms de imágenes, reproductores mp3 o mp4. Dispone además de las llamadas “páginas para servidor”, anotaciones, álbum colectivo, líneas de tiempo, póster, chat, sistema de comentarios, gestores de archivos, todas ellas concebidas para el trabajo colaborativo entre los estudiantes.
Ardora es disponible en varios idiomas y dialectos, entre otras características cuenta con una versión portable, es fácil de usar, posibilita publicar una gran variedad de los ejercicios en red, las actividades puedan ser ejecutadas a través de la Red, o copiadas como simples archivos en computadoras que apenas dispongan de un navegador Web. Lo anterior permite a quienes no cuentan con máquinas de última generación utilizar el programa.
Conclusiones
A partir de las posibilidades ofrecidas por Ardora el docente seleccionará un autor, una obra, o varios autores y obras, cualquiera de ella o ellas atravesadas por el eje temático de la naturaleza, sean estas en prosa o en verso. Aprovechará para brindar datos biográficos del autor o los autores; así como detalles relacionados con su creación y publicación. Las obras deberán describir la naturaleza o aspectos de ella. Podrá apoyarse a su vez en obras de las artes plásticas, con preferencia pinturas, fragmentos de filmes y/o de documentales.
Un ejemplo, simple, la poesía de Pablo Neruda y algunos de sus poemas (Anexo 1 y 2) Se entregan algunos datos esenciales de su biografía y varios de sus poemas. En el caso del poema “Al mar”, este podría acompañarse de una marina de Aybazovski o una de las múltiples escenas impresionistas de Sorolla, o La siesta de Guillermo Collazo, o la conjunción de varias de ellas.
Cada poema deberá ser leído por el docente en el aula. A partir de su lectura remitirá al estudiante al trabajo individual en la plataforma. Dicho trabajo podrá consistir en la escritura por este de una composición acerca de un recuerdo personal relacionado con el tema que se trate en cuestión, o la toma de fotos por el estudiante de escenas o sitios similares o estimulados por la obra. Las posibilidades ofrecidas por la plataforma son infinitas. Su explotación dependerá de la cultura del docente y de su disposición al trabajo.













