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Economía y Desarrollo

versión impresa ISSN ISSNversión On-line ISSN 0252-8584

Econ. y Desarrollo vol.165  supl.1 La Habana  2021  Epub 21-Ene-2021

 

Artículo Original

Estados Unidos en su laberinto: la crisis, la pandemia y la escena política

The United States in its Labyrinth: The Crisis, the Pandemic and the Political Scene

Jorge Hernández Martínez1  * 
http://orcid.org/0000-0001-7264-6984

1Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados Unidos (CEHSEU), Universidad de La Habana, Cuba.

RESUMEN

El trabajo examina los procesos que conforman el contexto de crisis estructural y coyuntural que definen a la sociedad norteamericana a inicios de la tercera década del siglo xxi y que se proyectan con un rumbo incierto. El análisis se focaliza en las relaciones existentes entre la recesión económica en curso, el impacto de la pandemia del nuevo coronavirus y las elecciones presidenciales que tienen lugar en 2020, en una crisis general que no ha abandonado la escena y se manifiesta no solo en la esfera económica, sino también en la sociopolítica y cultural de los Estados Unidos en las últimas décadas, a pesar de los ajustes y parciales recuperaciones que han acompañado a la lógica del capitalismo en ese país.

Palabras clave: capitalismo; coronavirus; elecciones; imperialismo; recesión

ABSTRACT

The work examines the processes that make up the context of structural and conjunctural crisis that define North American society at the beginning of the third decade of the 21st century and that are projected in an uncertain direction. The analysis focuses on the relationships between the current economic recession, the impact of the new coronavirus pandemic and the presidential elections that take place in 2020, in a general crisis that has not left the scene and is manifested not only in the economic sphere, but also in the socio-political and cultural sphere of the United States in recent decades, despite the adjustments and partial recoveries that have accompanied the logic of capitalism in that country.

Keywords: capitalism; coronavirus; elections; imperialism; recession

INTRODUCCIÓN

La presencia, ampliamente estudiada, de una crisis global que se despliega en los Estados Unidos desde el decenio de 1970, explica en gran medida los acontecimientos más recientes en la escena integral de ese país. Se trata de un proceso que aflora desde entonces con intermitencias y se manifiesta con profundidades, extensiones y fluideces diversas, lo cual hace difícil descifrar las especificidades y superposiciones de la crisis en sus dimensiones más variadas. Como sucede con los procesos que se hallan en pleno despliegue, el discernimiento de la crisis norteamericana actual es un ejercicio intelectual complejo, sobre todo por las condiciones en que tiene lugar, al concluir la década de 2010.

El presente artículo se adscribe a un punto de vista establecido en el pensamiento crítico contemporáneo, que se puede ejemplificar con un análisis de Castro (2020), cuando expresa que «la pandemia de la COVID-19 no es la causa de una gran crisis económica, sino que la aceleró. Esa crisis ya era efectiva antes de que esta plaga vinera a precipitar su expansión» (p. 1). Con similar línea de pensamiento, pero con matices referidos de manera específica al caso de los Estados Unidos, Gandásegui (2020) señalaba que «quienes asociaron los problemas de las bolsas con la epidemia del coronavirus estaban confundiendo dos fenómenos […]. La crisis de Wall Street no era culpa del coronavirus […]. Para entender la crisis, hay que orientar la discusión hacia el funcionamiento del sistema capitalista a escala mundial» (p. 2).

Desde tales puntos de vista, queda claro que la situación norteamericana, en su conjunto, está definida por la crisis estructural de un sistema, que se hace más intensa por su coincidencia con una crisis coyuntural en la que se cruzan las particularidades que introducen dos procesos que concurren circunstancialmente en un oscuro laberinto: las elecciones presidenciales correspondientes a 2020 y los estragos de la COVID-19 (Gambina, 2020). Resulta oportuno iluminar ese entramado de relaciones desde la perspectiva de las ciencias sociales marxistas, bajo el lente de la concepción materialista de la historia y los presupuestos teóricos de la politología, la sociología y la economía política, que encuentran resonancia hoy en el pensamiento crítico (Escobar, 2013). Con esa intención, el trabajo se ha estructurado en tres partes. La primera expone de manera concentrada las nociones básicas que conforman un abreviado marco teórico, desde el que se aborda la realidad norteamericana. La segunda entrelaza el análisis de las crisis y los procesos electorales con una mirada muy panorámica. La tercera se apoya en los análisis previos y se detiene en la pandemia en el complicado contexto de la recesión en curso y de la no menos compleja campaña presidencial.

1. ESTADOS UNIDOS: LA CRISIS CAPITALISTA Y EL IMPACTO DE LA COVID-19

Con razón, Martínez (2012) ha advertido que «el término crisis económica, o crisis, en general, ha sido tan prodigado que confunde, se ha convertido en una especie de comodín que sirve para cualquier cosa» (p. 3). En este trabajo se asume la crisis en su sentido más amplio, se entiende como cambio y se le denota como un proceso multidimensional que lleva consigo transformaciones que afectan la totalidad de un sistema y se prolongan en el tiempo (Gandásegui, 2005). El análisis se acoge a la perspectiva esbozada por Marx en el prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política, al aludir a una crisis estructural del modo de producción capitalista, en términos más bien de largo plazo y precisar que el desarrollo de contradicciones entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción existentes significa un cambio «en la base económica trastorna más lenta o rápidamente toda la colosal superestructura» (Marx, 1973, p. 7). Lo que así bosqueja en un texto tan sintético, como es conocido, lo desarrolla puntualmente en los Grundrisse (Marx, 2002) y en diversas secciones de su extensa obra, El capital (Marx, 1996).

La sociedad norteamericana arriba a la tercera década del siglo en curso en un contexto de profundización de la crisis capitalista, palpable en un grueso rango de contradicciones como:

  • La recesión económica.

  • Los daños provocados por la pandemia de la COVID-19 (que ha degastado la economía).

  • La polarizada contienda electoral de 2020, en una nación signada por la incertidumbre.

  • La crisis de credibilidad y legitimidad de los partidos y los candidatos a la presidencia.

  • Un desgaste de la tradición política liberal.

  • Una sostenida espiral ideológica conservadora.

La pandemia es, a la vez, expresión y catalizador de una crisis más amplia, cuya espina dorsal es económica, pero que además es política, social, cultural, ecológica y sanitaria. Su ineficiente manejo gubernamental responde no solo a la irresponsable presidencia de turno, personificada en Donald Trump, sino al sistema político vigente amparado en un Estado neoliberal, dentro del cual se articula el disfuncional sistema de salud norteamericano (Carbone, 2020).

Según Harvey (2012), es un asunto común el reconocimiento de que las contradicciones del capitalismo, como sistema, se manifiestan cíclicamente a través de crisis y que estas no solo son inevitables sino también necesarias, en tanto únicas formas de restaurar el equilibrio y de resolver, al menos temporalmente, las tensiones internas de la acumulación de capital. En ese trayecto es que el capitalismo ha sobrevivido, a pesar de las numerosas predicciones de su inminente desaparición, lo que sugiere que dispone de suficiente fluidez y flexibilidad para superar todos los límites, que no excluyen el uso de fórmulas violentas. «Las crisis son, por decirlo así, racionalizadoras irracionales de un capitalismo siempre inestable» (p. 65).

Ese criterio es congruente con la idea expresada por Marx, quien considera las crisis como mecanismos del sistema capitalista para restablecer el equilibrio, a través de su conmoción generalizada. Para Marx, las crisis son entendidas como mecanismos, mediante los cuales el sistema restituye el equilibrio perdido y, en este sentido, acompañan indefectiblemente al capitalismo sin ponerle fin, toda vez que resultan productivas para el conjunto del sistema, pues tienen su saneamiento como una función. Su análisis deja claro que el sistema capitalista está necesariamente acompañado de crisis periódicas, debido a su naturaleza esencialmente contradictoria (Bolitvinik, 2010). El modo de producción capitalista impulsa el desarrollo permanente de las fuerzas productivas, pero este desarrollo choca inevitablemente contra los límites que impone el mismo sistema capitalista y esta contradicción da lugar de manera inevitable a las crisis, como medio de resolverla. Por consiguiente, las crisis no se originan por factores externos, sino que responden a la propia dinámica interna del capitalismo y pueden adoptar, incluso, formas violentas (Ruiz, 2014). Como precisara Marx (1996), «esas diversas influencias se hacen sentir, ora de manera más yuxtapuesta en el espacio, ora de manera más sucesiva en el tiempo; el conflicto entre las fuerzas impulsoras antagónicas se desahoga periódicamente mediante crisis. Estas siempre son solo soluciones violentas momentáneas de las contradicciones existentes, erupciones violentas que restablecen, por el momento, el equilibrio perturbado» (p. 320).

La crisis que se vive en los Estados Unidos en 2020 no es exclusivamente sanitaria, sino de expresiones múltiples: económica, social, política y cultural, y se desenvuelve en un entorno de agudización de conflicto racial, motivado por un repunte de represión y violencia policial, acompañada de protestas masivas, pero también de gran indiferencia. En ello se contraponen -una vez más- relaciones de poder y contradicciones clasistas. Vista en perspectiva, la crisis se califica según su causa como:

  • Sistémica: afecta al sistema capitalista en su conjunto.

  • Estructural: se expresa en múltiples dimensiones y niveles.

  • Civilizatoria: vulnera el proceso de interacción sociedad-naturaleza y coloca en una encrucijada el lugar central del hombre, al priorizarse la importancia del mundo de los negocios y las ganancias por encima de la vida humana.

La manera en que el presidente Trump ha manejado los problemas causados por la enfermedad del coronavirus y la magnitud de las insuficiencias profesionales, administrativas, logísticas y de funcionamiento del sistema de salud norteamericano y de la política pública sanitaria revelan que:

la crisis es de largo plazo, de todo el sistema y es además multidimensional. Se trata de una crisis estructural y sistémica, una crisis civilizatoria que prohíja una y varias crisis. No se trata de una superposición, sumatoria o concatenación de crisis, sino que se refiere a expresiones del agotamiento de la estrategia de expansión capitalista neoliberal, basada en estrategias espurias, como la explotación extenuante del trabajo inmediato, la superexplotación del medio ambiente y la financiarización de la economía mundial. (Márquez, 2010, p. 19)

La crisis norteamericana contemporánea es expresión de la crisis del neoliberalismo y no es ajena al proceso de declive hegemónico de los Estados Unidos que se registra durante los últimos veinte años, en el contexto de la crisis del sistema capitalista mundial. La declinación norteamericana es un proceso relativo que no se traduce en un desplome del mayor de los imperialismos en un breve plazo (Wallerstein, 2005). Aunque se reconoce que cada vez más otras potencias, como China y Rusia, le disputan determinados espacios, también se destacan las potencialidades y recursos de los Estados Unidos como garantes de su posición hegemónica y expresiones de sus capacidades para superar las crisis y depresiones cíclicas (Maira, 2015). Pero ciertamente, los Estados Unidos muestran limitaciones en cuanto a generar con sostenibilidad crecimiento económico y desarrollo humano. Al mismo tiempo, no han podido ocultar su fracaso al promover políticas de ajuste estructural y operar resortes de la institucionalidad capitalista, a través de entidades como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio.

En ese marco, las imágenes generalizadas sobre los Estados Unidos han cambiado notablemente. La situación actual contrasta profundamente con la de unas décadas atrás. La nación norteamericana era vista como una economía próspera, como una sociedad altamente eficiente, con una población laboriosa, disciplinada y productiva, con servicios públicos funcionales, presupuestos balanceados, con inversiones amplias y seguras, políticas fiscales y monetarias sanas, y superávits comerciales permanentes. Desde luego que se trataba de visiones edulcoradas, manipuladas por el poderoso sistema de aparatos ideológicos del Estado capitalista, que minimizaba, tergiversaba y ocultaba las realidades de pobreza, discriminación, violencia y explotación. Pero en la medida que comenzó y se extendió el declive general, tales representaciones ceden el paso a miradas alejadas de aquel triunfalismo y optimismo, que conducen al cuestionamiento de los logros del Coloso del Norte en su economía, sociedad, cultura, política y gobierno. A partir de las conmociones de 2001 y, sobre todo, luego de las que tienen lugar entre 2007 y 2009, las secuelas negativas conforman un definido entorno de crisis -entre recuperaciones parciales y efímeras- que trasciende al presente, por encima de logros pasajeros de alguna que otra administración (Ornelas, 2012).

La sombra de una crisis inconclusa con efectos acumulados hasta el presente puede caracterizarse por procesos y situaciones que mantienen mayor o menor presencia, con altibajos, pero que no abandonan la escena. Los principales episodios críticos registrados en los dos últimos decenios han sido objeto de no pocos trabajos, algunos de ellos rigurosos como los de Martins (2010, 2012) que abordan la crisis contemporánea como un proceso cíclico y de larga duración, apoyándose en la concepción de los ciclos de Kondratiev (1956).

Asimismo, los trabajos de Fernández Tabío (2012) pasan revista a las variables o indicadores macroeconómicos que reflejan los cambios en el patrón de reproducción estadounidense, los procesos recesivos, de ajuste y recuperación, poniendo atención a los desequilibrios, las caídas de la bolsa, las burbujas especulativas, las tasas de interés en el mercado de capitales, entre otros. Particular interés presenta su mirada a la crisis económica y financiera ocurrida entre 2007 y 2009, la que considera parte de las transformaciones experimentadas en los años de 1970 -con implicaciones internacionales que rebasaron la economía norteamericana- y que «no debe apreciarse solamente como una gran crisis cíclica más, sino como parte de un ajuste estructural de mayor alcance» (p. 208).

Más allá de cifras y cuadros estadísticos, un inventario cualitativo que ilustre la recurrente secuencia de signos de crisis acumulados, conducentes al escenario en que se despliega la pandemia, no podría omitir los siguientes aspectos relacionados sin orden de prelación:

  • Crecimiento lento e inestable de la economía.

  • Descenso del producto interno bruto.

  • Aumento de la deuda externa.

  • Dificultades con el papel del dólar como moneda rectora de la economía global, incrementos del desempleo y de los niveles de pobreza.

  • Disminución del ingreso medio.

  • Deterioro de las infraestructuras y de los servicios públicos, definidos por contribuciones fiscales bajas y déficits altos.

  • Problemas con las redes de energía y tecnologías digitales.

  • Atrofia de los sistemas educativos, de salud y de seguridad social.

  • Colapso en el mercado de viviendas, debilitamiento de la oferta constructiva.

Según señala Guillén (2020a), «es en ese contexto de una recuperación productiva lenta y reptante, aunada a una burbuja especulativa sin precedente en las bolsas y en los mercados financieros, cuando el coronavirus atrapa al capitalismo con los dedos en la puerta» (p. 4).

El impacto de la enfermedad del coronavirus aportó nuevos elementos al cuadro de crisis que pujaba por abrirse paso de nuevo en algún momento de 2020 o 2021, pero, sobre todo, fue su factor catalizador. En este sentido, es esclarecedora la opinión de Richard Hass - presidente del Council on Foreign Relations, formulada en un artículo publicado en abril de 2020 en Foreign Affairs, la emblemática revista de ese centro de pensamiento, conocido por su influyente papel en la vida política, corporativa e intelectual norteamericana- de que la pandemia, más que provocar una nueva crisis en los Estados Unidos, profundizaría dimensiones sociales, políticas y económicas de una situación que ya se manifestaba desde la crisis financiera de 2007 a 2009 (Hass, 2020).

Lo que se introdujo con la enfermedad de la COVID-19 fue, en su opinión, la tardía, incoherente e ineficaz respuesta gubernamental para enfrentar la epidemia. Para él, además de motivar ello una percepción generalizada de que ese país perdió el rumbo, se fortaleció la convicción de que los Estados Unidos no estaban en capacidad de superar por sí solos otros graves problemas, como el de la crisis climática, después de que las políticas de Trump habían dañado las condiciones para la cooperación con China y otras potencias mundiales. Su conclusión es que tras la pandemia, el orden internacional que se configure, alejado o no de la globalización, habrá dejado un liderazgo estadounidense disminuido, en medio de una cooperación internacional incierta y con mayor discordia entre los grandes centros del capitalismo contemporáneo (Hass, 2020).

2. LA SOCIEDAD NORTEAMERICANA EN SU LABERINTO: ENTRE CRISIS Y ELECCIONES

Las crisis económicas y las elecciones presidenciales son los procesos de la sociedad norteamericana que suscitan mayor atención por parte de las ciencias sociales, los medios de comunicación y la opinión pública. Ambos movilizan actitudes y conductas políticas, impactan la conciencia colectiva y tienen consecuencias que trascienden las circunstancias en que se llevan a cabo.

Las crisis, por lo general, son predecibles y aparecen de modo cíclico. Su periodicidad es irregular y son resultado del dinamismo intrínseco del sistema capitalista, en cuyo marco ocurre una interacción recurrente entre coyunturas internas e internacionales, con mayor o menor variación y permanencia. Pueden pronosticarse hasta cierto punto y controlarse mediante la aplicación de determinadas políticas gubernamentales, dentro de contextos histórico-concretos. Su carácter objetivo establece una pauta en su desenvolvimiento, a través de una secuencia que incluye la depresión y la recuperación.

Las elecciones están sujetas, en cambio, a la regularidad que establece la Constitución para el funcionamiento del sistema político y transitan por una serie de etapas, según un esquema invariable de competencia bipartidista que comprende las primarias, las convenciones nacionales y los comicios finales. Su resultado está condicionado por la confluencia de factores diversos, de naturaleza objetiva y subjetiva, entre los cuales las crisis y las alternativas que ante ello ofrezcan los candidatos a la presidencia son elementos decisivos. Y no lo son menos las imágenes que de todo ese proceso difunden los medios de comunicación tradicionales, las nuevas tecnologías y las redes sociales, como aspectos también determinantes de las preferencias y los votos.

Sin embargo, con una dinámica esencialmente económica, las crisis son fenómenos multidimensionales que repercuten en el tejido social en su conjunto, siempre y cuando esto no se manifieste con inmediatez ni con efectos visibles en el corto y mediano plazos. En ocasiones, sus alcances se manifiestan de manera diferida y llegan a preciarse una o dos décadas más tarde, en ámbitos como la política, la ideología y la cultura. En este sentido, conservan vigencia los análisis realizados por Borón (1981) y Morales (1983), los cuales permiten contrastar la crisis en el tiempo, al comparar la que se llamaría la «era Reagan» y la que hoy se califica como la «era Trump», lo que ha posibilitado establecer puntos de continuidades y cambios.

El siglo xx concluyó con un cuadro en los Estados Unidos que, aunque no estaba signado por las sombras de una crisis económica, esta no se haría esperar y emergió en 2001, unos meses antes de los atentados terroristas de septiembre. Desde entonces, renacería la angustia en el campo político-ideológico, ante las afectaciones socioeconómicas al nivel de vida de la población, a lo que se sumaría el clima de desolación y temores como resultado de esos atentados. En aquel contexto se hicieron muy palpables las divisiones en la sociedad norteamericana, las que permanecerían más allá de la coyuntural unidad interna provocada por los actos terroristas; unidad que se estructuró en torno a la defensa de la seguridad nacional, pero mediante con una noción más ligada a la vida cotidiana, pues implicaba también la seguridad familiar y personal.

Circunstancias marcadas por la incertidumbre, las expectativas y la búsqueda de alternativas serían, hasta cierto punto, las que rodearon a los procesos electorales de 2008, 2012 y 2016, con características diferenciables en uno y otro caso. En 2008, la silueta de la crisis inmobiliaria y financiera se proyectó sobre toda la sociedad con profundas implicaciones, lo cual perduró por un tiempo considerable y se amalgamó con la crisis ideológica que reflejaba la necesidad de cambios, ante el rechazo al conservadurismo reinante impuesto por W. Bush, y que parecía augurar una nueva oportunidad a las ideas liberales, las cuales no llegaron a cristalizar -con Obama- en términos convencionales ni con profundidad. Sin embargo, este concibió su campaña en 2008 a partir del cambio y utilizó la palabra change como su símbolo central.

En 2012, fue obvia la frustración que motivó la falta de correspondencia entre las promesas de Obama y su real desempeño en el primer mandato, junto a las impactantes filtraciones de miles de documentos del Departamento de Estado a través de Wikileaks. Ya quedaba claro que su proyecto no significaba un retorno a la tradición liberal como tal, pero, a pesar de todo, mantuvo su capital político, enfrentando la embestida nativista y populista de la derecha, al punto que tuvo que mostrar su certificación de nacimiento como prueba de que era un auténtico estadounidense. En los comicios de 2012, parecía quedar atrás la crisis económica en los Estados Unidos y se reavivaba una crisis ideológica y política, de desilusión ante los partidos y los políticos tradicionales. En ese marco, Obama llamaría en su campaña para la reelección a seguir adelante: Go forward.

La crisis de credibilidad y confianza extendida en la sociedad norteamericana se haría más intensa, propiciando las fisuras en el sistema bipartidista. Luego de la inimaginable elección de un presidente negro en 2008 y de su ratificación en 2012, en 2016 se asistió a la no menos inusitada nominación de una figura femenina como candidata, junto a la de un hombre conocido en los medios televisivos del reality show y multimillonario, cuya proyección inusual, escandalosa e irreverente, le hacían ver como no presidenciable. Ese resquebrajamiento se apreció, además, en situaciones internas de los dos partidos. En el Demócrata, fue sorprendente el ascenso de Bernie Sanders como precandidato, con una imagen de radicalismo socialista, de izquierda, en el sentido socialdemócrata, que desbordaba las acostumbradas posturas liberales de ese partido, que prevalecieron en su cuestionamiento y suscribieron la nominación de Hilary Clinton. En el Republicano, a pesar de la pretensión por parte de los conservadores tradicionalistas y de los neoconservadores por salvar la imagen y la coherencia de su partido, que rechazaban la figura de Trump, terminó por imponerse su candidatura dadas las divisiones existentes, en virtud de lo cual los grupos simpatizantes con el Tea Party, los cristianos evangélicos y los libertarios vieron con buenos ojos esa alternativa.

3. MÁS ALLÁ DE LA PANDEMIA

Trump es resultado y expresión de una crisis política e ideológica, en un contexto de elecciones como las de 2016, con antecedentes en los decenios de 1960 y 1970, cuando surge lo que se conocería como la llamada nueva derecha, cuyas secuelas populistas, nativistas y racistas se han extendido hasta el presente. Su retórica ha dividido a los electores entre los que creen, de un lado, que su desempeño protege la pureza étnica, la identidad cultural y la condición de los Estados Unidos como la pretendida nación imprescindible y, de otro, los que consideran que ha destrozado la imagen universalizada del país que ha simbolizado el paradigma de la democracia y la libertad: la tierra prometida, el sueño americano. De alguna manera, se vigoriza el contrapunto que se había manifestado entre el proyecto de reformas de Obama y la reacción de la extrema derecha, conservadora, entre el mencionado Tea Party y el movimiento Occupy Wall Street. En esa conflictividad, Trump enfrenta no solo a demócratas y republicanos, sino que fragmenta internamente a estos últimos y refuerza un contexto de crisis política, en la medida en que polariza a los partidos, pero sin que ello conlleve la búsqueda de verdaderas opciones para el país.

Todo esto profundiza la crisis cultural que vive el país, derivada del choque entre la política real y los valores fundacionales de la nación. La escena política norteamericana al terminar el decenio de 2010 ha estado definida, por tanto, por procesos que dibujan una crisis integral. En el plano político, se resume con el desgaste del bipartidismo y la falta de entusiasmo ante las alternativas ideológicas que ofrecen el liberalismo y el conservadurismo, que expresan más rivalidades entre protagonismos personales que entre proyectos de nación. Y en la economía, el reconocimiento gubernamental oficial de que el país entró en recesión, en medio de las calamidades ocasionadas por la pandemia, completa la perturbadora imagen de una sociedad en la que reina la incertidumbre, el temor y la desconfianza.

En pleno despliegue de la contienda presidencial de 2020 en los Estados Unidos, bajo el impacto de la crisis provocada por la pandemia del nuevo coronavirus que contribuyó a profundizar buena parte de los problemas acumulados durante el desempeño de Trump, la situación política y la economía en ese país adquirieron creciente complejidad. Enfrascado en conflictos diversos, el presidente fue absuelto del juicio político al que se le sometió, continuando sus pretensiones de sacar a los Estados Unidos de tratados y acuerdos internacionales, que no pocos estudiosos han considerado, precipitadamente, como indicios de que Trump está revirtiendo la globalización, como si esta no fuese un proceso histórico de naturaleza objetiva, articulado en torno a un eje de internacionalización económica del capitalismo que recibe condicionamientos subjetivos, los cuales pueden entorpecerlo pero no revertirlo.

Como los temas principales del debate electoral se dibujan más en el ámbito de la situación doméstica que en el de la proyección exterior del país y entre los asuntos internos sobresalen las implicaciones de la COVID-19 y las cuestiones económicas, las opciones de Trump para lograr su reelección dependen de la profundidad que alcance finalmente la crisis provocada por la pandemia, del comportamiento de la economía y de su capacidad para neutralizar su impopularidad, enfrentar el voto de castigo que recibirá de no pocos sectores afectados, así como de mantener el respaldo de aquellos sectores que se sintieron reconocidos con sus promesas discursivas en 2016 y que se hayan beneficiado con el desempeño real de su gestión de gobierno (Morales, 2020). En ello será decisivo la consistencia y lealtad de las bases electorales con que contó en aquellos comicios, configurada por posturas ideológicas nativistas, racistas, populistas, junto a críticas a la globalización y a las políticas de Obama, a las que las consignas America First y Make America Great Again lograron movilizar con capacidad de convocatoria nacional.

Los republicanos han mantenido un apoyo pragmático a Trump, con el interés de que el partido se mantenga en el gobierno, pero entre divergencias internas por el rechazo que su figura genera en los sectores más tradicionales. Su agenda es poco novedosa y se proyecta con gran continuismo. Los demócratas han aprovechado la oportunidad brindada por la pandemia y el errático manejo del presidente para promoverse, aunque, en rigor, no disponían de un proyecto realmente alternativo. Su programa se ha definido más bien a la defensiva, con enunciados concebidos frente a la agenda republicana y con la intención de ganar las elecciones, pero carentes de una mirada trascendente, de largo plazo, de recuperación nacional. Su bajo nivel de iniciativa no ha satisfecho a plenitud las expectativas de los que ansiaban un cambio verdadero, en condiciones tan difíciles como las que vive el país, que se ha visto sacudido por la expansión de la COVID-19, entre conmociones y estragos en esferas sensibles, como la de la economía y la salud pública, con altísimos costos materiales y humanos. Con todo, la evolución de la coyuntura ha beneficiado la figura de Biden, que se ha situado como una alternativa electoral cada vez más viable, desde el abandono por parte de Sanders de sus aspiraciones a la presidencia, y ya se ha convertido en el candidato oficial demócrata, anticipándose a la Convención Nacional del Partido.

CONSIDERACIONES FINALES

Los Estados Unidos se encuentran en un proceso de cambio multidimensional, con expresiones en la economía, la política, la sociedad y la cultura. Se trata de una nueva etapa en la crisis estructural sistémica, en la que confluye la crisis sanitaria vinculada al nuevo coronavirus y la concomitante recesión, prefigurada, según ya se indicó, desde hace un tiempo, pero ya definida. Esta última, vale la pena reiterar, es resultado de fenómenos acumulados durante años y del efecto catalizador de la pandemia, dentro de los marcos del funcionamiento del capitalismo contemporáneo, que una vez más muestra el carácter cíclico de su crisis, que es también de legitimidad (Robinson, 2020).

Al encabezar la lista de países con mayor número de contagiados y de fallecidos, la sociedad norteamericana no solo se convertiría en la escena donde el drama humano se hizo más intenso, sino que simbolizaría la incapacidad del capitalismo como sistema para enfrentar una crisis epidemiológica de la envergadura que alcanzó la pandemia de la COVID-19, al mostrar las implicaciones de la contradicción capital-trabajo de la manera más descarnada: la prioridad concedida a los intereses privados a contrapelo del bienestar social y la disfuncionalidad de las políticas públicas de un Estado neoliberal, cuyo subsistema de salud exhibía las mayores limitaciones médicas, tecnológicas, logísticas y organizativas. Es la sobrevivencia del sistema y no la del ser humano.

En ese contexto es que se llevan a cabo las elecciones presidenciales de 2020, en medio de una crisis que se esbozaba o insinuaba, en diferentes planos, con independencia y anterioridad a la pandemia del Coronavirus, pero que esta profundiza al impulsar la dimensión recesiva de la economía. El derrotero de la sociedad norteamericana ha estado y estará condicionado de manera decisiva por los efectos de tales procesos y por las implicaciones del manejo gubernamental impuesto por Trump, con los consiguientes agrietamientos en su popularidad y la proliferación de expectativas inciertas ante su eventual reelección.

Los resultados de los comicios de 2020 en ese país no conducirán a un período que recomponga equilibrios y consensos, que redefina las relaciones entre Estado y mercado, capital y trabajo. La envergadura de los problemas augura una persistencia de las secuelas de varias crisis, contenidas unas dentro de otras: la política, la cultural y la económica, con un telón de fondo estructural, cuyo desenvolvimiento cíclico parece indicar una depresión prolongada y una recuperación lenta, agravada por la especificidad de la crisis epidemiológica y sanitaria vinculada a la pandemia. Así lo sintetizó Guillén (2020b): «la pandemia fue solamente el detonador de la crisis económica, no su causa de fondo. En realidad, el capitalismo arrastra desde hace medio siglo una tendencia al estancamiento, que se profundizó con la gran crisis de 2007-2008» (p. 9). A ello se sumarían estremecimientos sociales de grandes proporciones, asociados a reacciones masivas de protesta contra hechos de violencia policial y de racismo, cuya magnitud y permanencia constituyen indicadores adicionales del grado de conflicto existente en esa sociedad, que agravan el contexto de crisis descrito, y hacen aún más incierto el resultado de las elecciones. Pero no se pierda de vista que en los Estados Unidos, los procesos electorales no están concebidos ni diseñados para cambiar el sistema, sino para mantenerlo, consolidarlo y reproducirlo. Por eso, lo más importante no tiene que ver con el partido que resulte victorioso en las urnas, ya que más allá de sus singularidades, tanto el Demócrata como el Republicano poseen un mismo signo clasista, el de la burguesía monopolista.

Sin desconocer el papel del individuo y de la personalidad en la historia - pues la figura que ocupe la presidencia de ese país tendrá un impacto de relieve-, lo decisivo en el rumbo de los Estados Unidos serán los problemas reales de su economía, los intereses permanentes de su clase dominante, de su élite de poder, las necesidades históricas e imperativos de desarrollo del imperialismo en ese país. Sobre esas bases se definirán objetivamente las tendencias de desarrollo del sistema y, como parte de ellas, los ciclos y las crisis del capitalismo norteamericano. Ello determinará, en lo fundamental, las direcciones, los contenidos, los ritmos y los instrumentos de la política de los Estados Unidos, a partir de la tercera década del siglo xxi. Con Trump o con otra figura en la presidencia persistirá la marcha por un laberinto imperialista, en el que se entrelacen la lógica económica del neoliberalismo y la espiral político-ideológica conservadora, con ribetes incluso fascistas. Se trata, parafraseando a Lenin (1974), de que en las condiciones del imperialismo -como las de la realidad norteamericana- en el campo superestructural y de la cultura, en su sentido más amplio, la tendencia se define por el giro, cada vez más reaccionario, de la democracia liberal representativa que llega a sus límites. Parece razonable suponer, entonces, que un reajuste como el que está en ciernes, acompañado en lo social de violencia, despotismo y hasta barbarie, es harto improbable que pueda realizarse dentro de los marcos de ese tipo de democracia, que en realidad se contrapone a lo que aspiró retóricamente la Revolución de Independencia de los Estados Unidos. Más allá de la pandemia, contradicciones y crisis seguirán definiendo, más que caminos, un laberinto en la escena norteamericana.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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Recibido: 29 de Mayo de 2020; Aprobado: 12 de Julio de 2020

*Autor para la correspondencia. jhernand@cehseu.uh.cu

El autor declara que no existen conflictos de intereses.

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