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Universidad de La Habana

versión On-line ISSN 0253-9276

UH  no.284 La Habana jul.-dic. 2017

 

ARTÍCULO ORIGINAL

 

A propósito del centenario de la Revolución de Octubre. Rusia en guerra y revolución

 

 

On the Occasion of the 100th Anniversary of the October Revolution. Russia at War and Revolution

 

 

 

Evelio Díaz Lezcano

 

Facultad de Filosofía e Historia, Universidad de La Habana, Cuba.

 

 

 

 


 

RESUMEN

Descripción y análisis de la problemática que condujo al estallido de la revolución de febrero de 1917, la que provocó, por una parte, la caída del régimen zarista, mientras que, por la otra, desembocó en el intenso y complejo proceso del triunfo bolchevique y el establecimiento del poder soviético en octubre del propio año. Se hace una breve referencia a las principales medidas del nuevo régimen y a la respuesta de las antiguas clases dominantes que llevaron al país a una larga y sangrienta guerra civil e intervención extranjera. Finalmente, el análisis de ese proceso arroja luz sobre los mecanismos implementados por la Revolución de Octubre para sobrevivir en los primeros momentos y adaptarse, con posteridad, a un mundo polarizado y cambiante.

PALABRAS CLAVE: guerra civil, intervención extranjera, leninismo, revolución democrático-burguesa, revolución socialista


ABSTRACT

Problems leading to the outbreak of the February Revolution, 1917, which overthrew the Tsarist autocracy, on the one hand, and started a difficult process resulting in the Bolshevik triumph and seizure of power by the Soviets in October of the same year, on the other, are described and examined. A brief reference to major measures adopted by the new regime, and the former ruling classes' response to them, which led to the long and bloody Russian Civil War and foreign intervention, is made. Finally, the analysis of this process throws light on mechanisms implemented by the October Revolution to consolidate its triumph and later adapt to a polarized changing world.

KEYWORDS: Russian Civil War, Foreign Intervention, Leninism, Bourgeois Democratic Revolution, Socialist Revolution

 


 

Introducción

El proceso revolucionario que tuvo lugar en el Imperio Zarista entre 1905 y 1917 constituye uno de los fenómenos más importantes del siglo xx. La transformación ocurrida fue grandiosa. Un imperio mastodóntico, gobernado por un autócrata, se transformó en república federal socialista; una sociedad de campesinos empobrecidos se elevaría en poco tiempo a la condición de gran potencia industrial. Al representar la primera experiencia de revolución social triunfante, se convirtió en foco de atracción para millones de personas de todo el mundo y en fuente de inspiración para los revolucionarios de la centuria. Miles de libros y varias generaciones de historiadores, politólogos, economistas, sociólogos y ensayistas se han ocupado del gran acontecimiento y lo han interpretado a partir de sus concepciones políticas y filosóficas.


Para los estudiosos no marxistas, con algunas pocas excepciones, el cambio fue algo casual, fortuito y lo han interpretado como un golpe de fortuna para unos revolucionarios profesionales que, aprovechando las circunstancias propicias de la Primera Guerra Mundial o los errores del zarismo, instauraron un sistema político que permanecía de espaldas a la marcha del mundo. No han faltado incluso quienes lo han considerado un accidente de la historia, algo que interrumpió la evolución natural del país y que nunca debió ocurrir. Esta posición fue muy difundida durante la Perestroika gorvachana, en la que, con el supuesto objetivo de esclarecer el pasado y establecer la verdad, se desvirtuó una gran parte de la memoria histórica del país. Los hechos, sin embargo, confirmaron la tesis marxista afirmante que la transformación operada en Rusia fue el lógico resultado de la situación del país a fines del siglo XIX y principios del xx, en la que la guerra actuó como elemento catalizador.


Al comenzar el siglo xx la Rusia zarista era el mayor Estado del mundo. Poseía una extensión de 22 millones de kilómetros cuadrados y una multiétnica población cercana a los l50 millones de habitantes. Era un gigante, pero con pies de barro. Atraso y modernidad se combinaban en el multinacional conglomerado, dando lugar a una compleja madeja de agudas contradicciones económicas, políticas, sociales y nacionales, que hacían del país el eslabón más débil de la cadena de dominación imperialista, según la conocida expresión de Vladímir I. Lenin.


El desarrollo industrial de Rusia, tardío pero muy rápido, originó el surgimiento del capitalismo monopolista hacia principios del siglo xx, al igual que ocurrió por entonces en las demás grandes potencias de la época. Pero a diferencia de la mayoría, Rusia seguía siendo un país predominantemente campesino y atrasado, debido a que las transformaciones democrático-burguesas iniciadas con las tímidas reformas de l861 no se habían llevado hasta el fin. De tal manera, junto a la gran producción capitalista, el moderno proletariado y el avance científico-técnico y cultural en los grandes centros urbanos, coexistía una agricultura con fuertes reminiscencias feudales y una aldea sumida en la mayor ignorancia, así como un anacrónico régimen autocrático, basado en el predominio de la nobleza terrateniente, que ahogaba en sangre la más mínima pretensión de libertad.


Estas particularidades del imperialismo ruso condicionaron una complicada situación política y social. A la mayoría de la población le interesaba modificar el orden establecido, aunque no todos los sectores coincidían en cómo hacerlo y en cuanto a los objetivos a alcanzar. La burguesía liberal tenía un estrecho vínculo con el zarismo, cuya protección necesitaba para explotar despiadadamente a los trabajadores y para defenderse de los competidores extranjeros, pero aspiraba a ciertos cambios que le permitieran participar en el gobierno. El proletariado, por su parte, luchaba resueltamente contra la explotación capitalista y el podrido régimen del zarismo. El proletariado ruso era pequeño numéricamente, pero muy concentrado y aguerrido, y para fines del siglo xix había formado su propia organización política: el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso.1 El campesinado, que representaba el 80 % de la población del país y estaba sometido a la doble explotación de terratenientes y capitalistas (los primeros eran dueños de la tierra y los segundos controlaban el mercado), se incorporaba masivamente a la lucha contra las reminiscencias de la servidumbre y por el derecho a la tierra, aunque de forma menos organizada y consciente que el proletariado. Con particular fuerza se rebelaban los pueblos no rusos del multinacional estado, víctimas de la más cruel opresión, razón por la que a Rusia se calificaba como una verdadera cárcel de pueblos.


Todo el descontento acumulado en el país, sumado a la guerra ruso-japonesa (1904-1905),2 guerra imperialista por el predominio en el Lejano Oriente y que terminó con la humillante derrota de Rusia, condujo a la Revolución de 1905 a 1907. 3


Tras la sangrienta represión de una masiva manifestación pacífica en San Petersburgo, encabezada por el sacerdote revolucionario Gueorgui Gapón, el domingo 22 de enero de 1905, el oleaje de la revolución se extendió rápidamente a todo el país, incluyendo a una parte del ejército y de la marina de guerra. Ejemplos de ello fueron la sublevación de la guarnición de Kronstadt, en la capital, y el amotinamiento de los marineros del acorazado Potemkin, en Odesa, episodio este último inmortalizado por Serguei Eisenstein en la famosa película homónima. Mientras tanto, se crearon soviets en San Petersburgo y otras ciudades y se convocaron huelgas y otras acciones. Pero a partir de diciembre de 1905 y enero de 1906, luego de la derrota de la insurrección de Moscú, la intensidad de la lucha comenzó a decaer y mediados de 1907 la revolución había sido sofocada.


La derrota se debió, sobre todo, a la falta de organización y de unidad de las fuerzas revolucionarias, aunque también influyó la aparente posición conciliatoria del zar Nicolás II, que en su manifiesto del l7 de octubre de 1905 prometió la convocatoria de una Duma (parlamento) por elección popular, lo que separó a la burguesía de la revolución, convirtiéndose en una fuerza contrarrevolucionaria, pues su aspiración era establecer una monarquía constitucional. Igualmente se prometió la realización de reformas en el campo, con el fin de neutralizar al movimiento campesino, así como un mayor grado de libertad para polacos y fineses, los que también se habían sumado a las protestas. Pronto se comprobaría la falsedad de tales proposiciones. La Duma no fue más que una ficción de parlamento: las tres primeras fueron convocadas y clausuradas una tras otra, mientras la cuarta (1912-1917) tuvo una precaria existencia. Al mismo tiempo que las reformas en el campo, o sea, el reparto de tierras colectivas y la colonización de la Siberia, beneficiaron fundamentalmente a los campesinos medios y ricos, los llamados kulaks, mientras que la gran masa campesina continuaba empobreciéndose. Para polacos y fineses, al igual que para los demás pueblos oprimidos, nada cambió.


Los graves problemas que llevaron al país a la revolución no solo seguían sin resolverse, sino que se agravaron considerablemente con la fuerte oleada reaccionaria que siguió al fracaso de la revolución, lo cual fortaleció al anacrónico régimen absolutista del zarismo. Una nueva y más profunda crisis era inevitable. Ella llegaría unos años más tarde, en ocasión de la Primera Guerra Mundial. Mientras tanto, los revolucionarios más lúcidos y consecuentes, en particular Lenin y sus principales seguidores, sacaron de los acontecimientos vividos entre 1905 y 1907 lecciones que serían de significativa importancia en 1917. No por casualidad Lenin calificó a la revolución de 1905-1907 como un ensayo general de la siguiente.

La aportación teórica de Lenin


La revolución rusa de 1917 no hubiera sido posible, o hubiera sido radicalmente diferente, de no mediar la obra teórica de Lenin sobre el pensamiento marxista. Durante la Primera Guerra Mundial escribió dos textos fundamentales: El imperialismo, fase superior del capitalismo (1916) y El Estado y la Revolución (1917).


En el primero de estos, Lenin analizó los cambios experimentados por el capitalismo a partir del último tercio del siglo xix y demostró su tránsito a la etapa imperialista. Sobre la base de su estudio, formuló un planteamiento mundial de las contradicciones del capitalismo. Con ello, llegó a la conclusión de que la revolución socialista podía comenzar por un país pobre, pero con cierto grado de industrialización, puesto que en los países desarrollados el capital monopolista, con sus grandes recursos, corrompía a una parte considerable de la clase obrera y fomentaba el oportunismo en sus organizaciones sindicales y políticas, apartándolas de la lucha revolucionaria. Explicaba así la posibilidad de la revolución en Rusia.


En El Estado y la Revolución, Lenin plasmó su concepción de la revolución rusa como un proceso ininterrumpido, que debía transitar de la fase democrático-burguesa a la socialista, y señaló que esta tarea solo podía ser realizada por la clase obrera en alianza con los campesinos y bajo la conducción de un partido fuertemente cohesionado y disciplinado. Basándose en la experiencia de la revolución de 1905, Lenin demostró la inconsistencia de la postura menchevique, que solamente aspiraba a transformaciones democrático-burguesas y otorgaba un papel protagónico a la burguesía en el proceso revolucionario, argumentando que en la atrasada Rusia no existían condiciones para el socialismo. En la estrategia leninista de la revolución, expuesta en este trabajo, no tenían cabida las medias tintas, así como tampoco la aventura y la improvisación.


En esta obra se encierra también la teoría de Lenin sobre el Estado y sobre el papel de los soviets. La revolución proletaria, sostenía Lenin, no puede llegar a ningún compromiso con la maquinaria estatal del antiguo régimen, su tarea es destruirla y crear una nueva en interés de la mayoría de la población. La nueva máquina estatal tendría la misión de organizar la administración del país y vencer la resistencia de los antiguos opresores mediante la participación de millones de personas. En este sentido, Lenin atribuyó una importancia decisiva a los soviets, que habían surgido espontáneamente durante la revolución de 1905 y que recogían la vieja tradición de autorganización en la antigua comunidad rural rusa. Él vio en ellos no solo un valioso instrumento para organizar a las masas y llevarlas a la lucha, sino un genuino órgano de poder revolucionario, al estilo de la Comuna de París. A través de los soviets, elegidos directamente por las masas, estas se incorporarían al gobierno del país, creándose así una democracia mayoritaria y efectiva, superior a la sustentada en el sistema parlamentario occidental, tan alabado por la socialdemocracia europea y sus seguidores rusos: los mencheviques y los socialistas revolucionarios.


En los años que precedieron a la Revolución de Octubre, fue obra personal de Lenin el liberar al socialismo ruso del laberinto de consideraciones especulativas que paralizó su capacidad de acción hacia principios del siglo xx. Lenin censuró el marxismo de los mencheviques (socialdemócratas al estilo occidental) por el interés que ponían en los aspectos científicos y evolucionistas de la doctrina de Marx, calificándolo de "individualismo burgués-intelectual" sin ningún contenido revolucionario. Su insistencia sobre la necesidad de la organización y la disciplina, en parte, era un reflejo de su determinación de conducir la revolución de la teoría a la práctica y, en parte, resultado de haber comprobado que en las condiciones de entonces era inútil pensar en apoderarse del poder "por un simple golpe de mano". Además, era una respuesta a la situación concreta de Rusia zarista, donde apenas se toleraba el timorato liberalismo de la burguesía, y no podía prosperar el marxismo evolucionista y revisionista que iba ganando terreno en el occidente. Aquí está la explicación de por qué se separó el socialismo ruso del occidental y por qué cristalizó en el bolchevismo el desafío revolucionario contra la ideología liberal.

Las revoluciones de 1917


Las penalidades de una guerra que para Rusia marchaba "de mal en peor" y la incapacidad y corrupción de un régimen en el que un bribón como Grigori Rasputín pudo convertirse en el verdadero poder tras el trono,4 terminaron desencadenando una nueva crisis. El movimiento de masas contra la guerra y la autocracia se fue extendiendo a la mayoría de la población y al ejército y provocó finalmente el estallido de la revolución. En solo cinco días, del 23 al 27 de febrero (8 al l3 de marzo por el nuevo calendario) fue derribado el zarismo, mediante un movimiento de huelgas que devino insurrección armada.4 Los obreros y soldados insurrectos (agrupados en los soviets) pudieron haber tomado el poder directamente, pero el soviet más importante, el de Petrogrado (San Petersburgo desde el comienzo de la guerra), estaba influido mayoritariamente por los mencheviques y los socialistas-revolucionarios (eseristas),5 debido a la debilidad de los bolcheviques, muy perseguidos por su oposición a la guerra y por su llamado a convertirla en revolución. Los dirigentes del soviet aceptaron que los partidos de la burguesía liberal y los terratenientes (Demócrata Constitucionalista y Unión 17 de Octubre, respectivamente), reunidos en la Duma, proclamaran la constitución del Gobierno Provisional, el 2 de marzo, bajo la presidencia del príncipe Lvov. El día 3 el Zar abdicó a favor de su hermano Miguel, pero al día siguiente, debido a la presión popular, este tuvo que renunciar al trono. El zarismo había sido liquidado.


En aquellas circunstancias, el soviet de Petrogrado solo se reservó el derecho de "controlar" la política del gobierno hasta que fuera celebrada una prometida Asamblea Constituyente, que elaborara una Carta Magna y convocara a elecciones para formar los órganos del nuevo Estado. Sin embargo, en la práctica, se originó una peculiar situación que Lenin definió como dualidad de poderes. El Gobierno Provisional tenía el poder formal del Estado, pero los soviets contaban con la fuerza de las masas organizadas y ejercían una gran influencia en todo el país. Desde el principio, los soviets mantenían el orden y tenían en sus manos los servicios de ferrocarril, correo, telégrafo y otros. En realidad, la existencia misma del Gobierno Provisional dependía del apoyo de aquellos.


Los eseristas y los mencheviques consideraban que la revolución había terminado con las jornadas de febrero y que las transformaciones a realizar debían tener un carácter democrático-burgués. En su opinión, el país no estaba preparado para una revolución socialista. Por eso seguían una política de entendimiento con la burguesía. En rigor, ellos pretendían detener el desarrollo de la revolución y, a la postre, disolver los soviets. Aspiraban solamente a la constitución de un régimen parlamentario al estilo occidental. Al principio de la revolución los bolcheviques estuvieron un tanto desconcertados y adoptaron una línea blanda, de apoyo crítico al Gobierno Provisional. Pero ello cambió radicalmente a partir de la llegada de Lenin al país, en los primeros días de abril.


Tras su arribo a la capital, procedente de su exilio en Suiza, Lenin dio a conocer las Tesis de abril, en las que señalaba que el Gobierno Provisional representaba los intereses de la burguesía y de los terratenientes y que, por lo tanto, no podría dar a las masas ni paz, ni tierra, ni un régimen verdaderamente democrático. Lenin resumió la esencia de sus tesis en la consigna de "¡Todo el poder a los soviets!". En las condiciones de entonces significaba un llamamiento a continuar la revolución, o sea, a terminar la dualidad de poderes a favor de los soviets y a pasar de la etapa democrático-burguesa a la de lucha revolucionaria, y de esta, a la etapa socialista. De acuerdo con Lenin, ello podría lograrse por medios pacíficos, pues en aquellos momentos los soviets tenían fuerza real y prevalecía un ambiente de libertad política. Solo era necesario que los soviets tomaran plena conciencia de la situación y se desembarazaran de la negativa influencia eserista-menchevique.


Las tesis de Lenin encontraron inicialmente resistencia en su propio partido, en el que muchos consideraban que podían conducir al aislamiento de los bolcheviques, por lo que motivaron una feroz campaña de sus opositores, que las calificaron de delirantes y aventureras. Pero con el tiempo se comprobó que se correspondían con los sentimientos de la mayoría de la población. Como advirtió Lenin, el Gobierno Provisional mantuvo a Rusia encadenada a la sangrienta guerra imperialista y no resolvía ninguno de los problemas que habían conducido a la revolución. Como resultado de ello creció el descontento en todo el país y, con ello, la influencia de los bolcheviques. En junio el partido de Lenin, que desde febrero había incrementado en más de 200 mil sus efectivos, ya tenía mayoría en la sección obrera de los soviets de Petrogrado y Moscú, los más importantes del país. De hecho, quienes iban quedando aislados eran los mencheviques y los eseristas.


Atemorizada por el cambio que se producía en la correlación de fuerzas, sobre todo en la capital y en otras grandes ciudades, la burguesía fraguó un plan para deshacerse de la influencia de los soviets. A principios de julio, amenazó a los ministros mencheviques y eseristas, que desde mayo entraron al gabinete, con retirarse si no aceptaban la implantación del poder único del gobierno, la supresión de los soviets y la desarticulación de las organizaciones revolucionarias. La maniobra desencadenó una protesta masiva de los obreros y los soldados de la capital, durante los días 3 y 4 de julio. Los bolcheviques tuvieron que hacer grandes esfuerzos para evitar el estallido de una insurrección armada, que Lenin consideraba prematura, pues no estaba seguro de que fuera apoyada por el resto del país. Las manifestaciones fueron finalmente pacíficas y reclamaron el paso de todo el poder a los soviets. En lugar de aceptar el poder que así se les ofrecía, los dirigentes mencheviques y eseristas ordenaron la represión de los manifestantes, ocasionando miles de víctimas. El Partido Bolchevique y su órgano de prensa, el periódico Pravda, fueron ilegalizados. Lenin fue acusado de alta traición y tuvo que marcharse a Finlandia, desde donde continuó dirigiendo la revolución. Satisfecha con el curso de los acontecimientos, la burguesía aceptó formar parte de un nuevo gabinete, encabezado ahora por el socialista Alexandr Kerenski, que proclamó la absoluta independencia del gobierno con relación a los soviets.


Con la crisis de julio concluyó la dualidad de poderes y el periodo pacífico de la revolución. Lenin consideró que a partir de entonces el paso del poder a los soviets tendría que realizarse mediante la insurrección armada y propuso desarrollarla en septiembre u octubre. Esta línea fue aprobada por el VI Congreso del Partido Bolchevique, celebrado clandestinamente entre el 26 de julio y el 3 de agosto. El evento, que transcurrió sin la presencia física de Lenin pero con la guía de sus ideas, proclamó la tarea de comenzar a preparar las condiciones para la insurrección y, al mismo tiempo, continuar trabajando en los soviets para ganar su mayoría e incorporarlos a la lucha por el poder.


En realidad, la burguesía solo había obtenido un éxito momentáneo, que fue la antesala de su derrota definitiva. El deterioro económico, el sufrimiento de la población y la pésima situación militar continuó. Un nuevo oleaje de protestas se extendió por todo el país y por los frentes de combate. A finales de agosto, con el pretexto de establecer el orden, se organizó un golpe militar, encabezado por el promonárquico general Lavr Kornilov, jefe del ejército. Para facilitar la intentona, los representantes de los partidos burgueses se retiraron del gobierno. Al principio, Kerenski se sumó a la confabulación, pero temiendo ser barrido por la reacción, decidió a última hora enfrentar a los golpistas, ordenando la entrega de armas a los obreros y soldados de la capital.
Sin embargo, el fracaso de la Korniloviada, que prácticamente quedó en el intento, se debió a la enérgica actuación de los obreros y los soldados de la guarnición de Petrogrado bajo la dirección del comité militar del soviet capitalino, los que respondieron al llamado de los bolcheviques para destruir la conjura reaccionaria. Todo el mundo pudo ver la actitud vacilante de los mencheviques y eseristas y se comprobó que los bolcheviques habían salvado al país de la dictadura militar, con lo que su prestigio creció enormemente. Se produjo entonces una rápida "bolchevización" de los soviets, que cobraron nueva energía y vigor. Los soviets de Petrogrado y Moscú eludieron la orden de Kerenski para entregar las armas utilizadas contra Kornilov. En todas partes se aprobaban resoluciones que recogían las principales consignas bolcheviques.


En estas circunstancias, Lenin pensó transitoriamente en retomar el curso pacífico de la revolución y propuso a los mencheviques y eseristas formar un gobierno responsable ante los soviets. Lenin consideraba que la aplicación de los principios democráticos en las próximas elecciones de los soviets (programadas para septiembre y octubre) y en el propio funcionamiento de estos (con segura mayoría bolchevique), podría asegurar el desarrollo de la revolución sin acudir a las armas. Según Lenin, quizás eso sería ya imposible, pero consideraba que si existía aunque no fuera más que una probabilidad sobre cien, valdría la pena intentarlo. Así actuaba el hombre a quien sus enemigos calificaban de antidemocrático, mientras los que se autotitulaban demócratas optaron por seguir atados a la burguesía, con la que formaron un nuevo gobierno a finales de septiembre, a pesar de su probada complicidad en la intentona reaccionaria de Kornilov.


Mientras tanto, creció el descontento y la indignación en el ejército, que se negaba en masa a continuar combatiendo; así como entre los campesinos y los obreros, que se rebelaban contra la desastrosa situación del país. El débil régimen liberal se había desacreditado totalmente. En los frentes, los Comisarios del gobierno perdieron toda su influencia y los soldados, según Lenin, "votaban con los pies"; en muchas provincias del interior, el verdadero poder estaba en manos de los soviets locales; los campesinos ocupaban directamente las tierras de los terratenientes. Para frenar la revolución que se avecinaba velozmente el gobierno llegó a considerar la monstruosa posibilidad de entregar Petrogrado a los alemanes. Al decir de Lenin, la crisis había madurado. Solo el triunfo revolucionario podía evitar una catástrofe nacional.


El 9 de octubre el líder bolchevique llegó clandestinamente a la capital y al día siguiente el Comité Central del partido acordó, por mayoría (solo se opusieron Kamenev y Zinoviev), comenzar la preparación de la insurrección. En un breve tiempo se fortaleció y puso en marcha el comité militar revolucionario de Petrogrado y se alistaron las fuerzas. La insurrección comenzó en la noche del 24 de octubre y en la tarde del 25 (7 de noviembre) con la toma del Palacio de Invierno, sede del Gobierno Provisional, se había cumplido el plan leninista de cercar, aislar y apoderarse de la capital mediante la acción combinada de la Flota del Báltico, los obreros armados (guardia roja) y las tropas revolucionarias de la guarnición de la ciudad.7 El asalto del Palacio de Invierno, recreado magistralmente por Eisenstein en su famosa película Octubre, se inició con los cañonazos del crucero Aurora, que devino en un símbolo de la revolución. El periodista norteamericano John Reed, que vivió aquellos acontecimientos y los narra en su libro Diez días que estremecieron al mundo, subraya su asombro por la facilidad del triunfo revolucionario, que se produjo prácticamente sin derramamiento de sangre, lo que evidencia la meticulosa preparación de las acciones.


En la noche del propio día 25 de octubre quedó inaugurado el Segundo Congreso de los Soviets de toda Rusia (el primero se efectuó en junio y el segundo se había convocado para fines de octubre) que tomó el poder de manos del comité militar revolucionario y aprobó sus primeros decretos:

  • Decreto sobre la paz: anunciaba la decisión de sacar a Rusia de la guerra imperialista. Se llamaba a todos los gobiernos y pueblos de los países beligerantes a buscar una paz justa, sin anexiones ni indemnizaciones.
  • Decreto sobre la tierra: establecía el reparto inmediato de las tierras del estado, de la Iglesia y de los terratenientes, según la voluntad de los propios campesinos.
  • Decreto sobre la elección del Comité Ejecutivo de los Soviets, órgano supremo del poder soviético entre congresos de los soviets, con funciones legislativas, directivas y de control: designó al primer gobierno soviético, que recibió el nombre de Consejo de Comisarios del Pueblo y fue presidido por Lenin. En este primer gobierno participaron algunos representantes de los eseristas de izquierda, grupo que había roto anteriormente con su partido y se sumó a la revolución.
  • Decreto de 8 horas máximo para la jornada laboral y otras medidas de beneficio popular.
  • Decreto sobre la nacionalizón de la banca: estableció el control obrero en las empresas para organizar la producción, evitar el sabotaje y hacer cumplir la legislación social.
  • Decreto de proclamación de la igualdad de derechos de todos los pueblos que habitaban el país y el respeto a su autodeterminación.


En sus primeros días de existencia, el gobierno soviético también enfrentó elementos que se le opusieron, como el desesperado intento de Kerenski para recuperar el poder.8 Además, Finlandia se separó de Rusia y se convirtió en un estado independiente acogiéndose a la declaración de respeto a las nacionalidades. Poco después se produjo allí un intento de establecer el poder soviético, pero fue frustrado por la reacción interna y por las tropas alemanas, que acudieron en su ayuda. Estas primeras medidas tuvieron una gran influencia en el rápido establecimiento y posterior consolidación del poder soviético en el inmenso país, al mismo tiempo que le proporcionaron el apoyo de amplios sectores en todo el mundo.


El 3 de marzo de 1918, tras un accidentado proceso negociador, Rusia y Alemania firmaron la paz de Brest-Litovsk. Las potencias de la Entente, que desde el principio asumieron una posición hostil hacia el poder soviético, no aceptaron las propuestas de Rusia para lograr una paz general. La actitud de Alemania también era de hostilidad, pero estaba interesada en firmar la paz con Rusia para reforzar sus posiciones en el occidente. Las condiciones que se exigían a Rusia eran severas y provocaron una división en el gobierno y en el partido. Lev Trotski y Nicolai Bujarin se pronunciaron contra la firma de la paz, al igual que los eseristas de izquierda, que finalmente abandonaron el gobierno y se incorporaron a la oposición. Trotski consideraba la continuación de la guerra como la gran oportunidad histórica para la exportación de la revolución y la tesis de Bujarin de declarar la guerra revolucionaria contra Alemania le hacía el juego a Trotski. Pero Lenin concebía la paz como una cuestión de supervivencia para el joven poder soviético en vista de que se retrasaba el esperado estallido de la revolución en el occidente y, finalmente, se impuso su criterio. Rusia tuvo que ceder grandes extensiones de su territorio occidental (Letonia, Estonia y Lituania, entre otros) y comprometerse a pagar una abultada suma a los alemanes, pero por fin salió de la guerra y pudo comenzar la reorganización y reconstrucción del extenuado país.


En las siguientes semanas, el gobierno soviético emprendió un programa de transformaciones, algunas socialistas, entre las que se incluyeron la nacionalización de la gran industria y los ferrocarriles, así como el control estatal del comercio exterior. Al mismo tiempo, se trabajó intensamente en el proceso de institucionalización del nuevo régimen, tarea que concluyó con la aprobación de su Ley Fundamental, la Constitución de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia,9 en el V Congreso de los Soviets de toda Rusia, celebrado en julio de 1918 en Moscú, ciudad que desde marzo respondía como capital del país. La Constitución incluyó, en su primer capítulo, la Declaración de los derechos del pueblo trabajador y explotado, primer acto constitucional del régimen soviético, aprobado desde el mes de enero.


La guerra civil


Pero la reconstrucción pacífica recién comenzada pronto se vio interrumpida. A partir de mediados de 1918, surgieron en diferentes partes de Rusia grandes ejércitos contrarrevolucionarios bajo el mando de antiguos oficiales zaristas como el almirante Alexandr Kolchak y los generales Anton Denikin y Nicolai Yudenich, entre otros, que llegaron a enrolar en sus filas a más de un millón y medio de hombres bien armados y organizados. En el propio verano de ese año estalló una sangrienta guerra civil que se prolongó hasta fines de 1920. Con el apoyo político, económico y militar de las potencias occidentales, la burguesía y los terratenientes, desplazados del poder, pasaron del sabotaje a la confrontación armada en gran escala contra el poder soviético. Al mismo tiempo, tropas japonesas y norteamericanas desembarcaron en el Lejano Oriente, mientras que fuerzas de Inglaterra, Francia y Alemania operaban en el norte, centro y sur de la parte occidental del país, al igual que las de Polonia y Rumanía (que se anexó a Besarabia) y otras zonas vecinas. La intervención extranjera, que se incrementó después de terminada la Primera Guerra Mundial, llegó a sumar 14 países y unos 300 000 soldados y oficiales. Rusia se transformó en un inmenso campo de batalla.


En el momento más crítico de la lucha, hacia principios de 1919, las fuerzas contrarrevolucionarias y los intervencionistas llegaron a controlar dos terceras partes de la república. En los territorios ocupados se crearon varios gobiernos que, a fuego y sangre, restablecieron el viejo orden. En la parte controlada por el poder soviético, un territorio equivalente al Estado moscovita del siglo xvi, los enemigos del régimen, incluidos los mencheviques y los eseristas -que trataron de sacar partido de la penosa situación del país-, desataron una vasta ola de terror. En uno de los tantos atentados preparados por estos elementos fue herido gravemente Lenin, cuando concluía una visita a una fábrica moscovita.


El joven estado soviético fue sometido a una prueba "de vida o muerte", pero finalmente se alzó con la victoria. Después de tres años de sangrienta lucha el poder soviético fue restablecido en el país. ¿Cómo pudo realizarse tal proeza? Es indiscutible que la solidaridad internacional jugó un papel importante. Una parte considerable de la clase obrera europea y norteamericana, organizada en el movimiento "Manos fuera de Rusia", presionó a sus respectivos gobiernos y a la postre los obligó a retirar sus fuerzas del lejano país. Pero las razones fundamentales de aquella hazaña tuvieron un carácter interno. La firme voluntad del gobierno y del partido (desde marzo de 1918 denominado Partido Comunista) de defender al poder soviético, manteniendo la unidad del país, y el apoyo mayoritario de la población, fueron los principales factores en el desenlace del conflicto.


El gobierno bolchevique organizó un Consejo Nacional de Defensa, presidido por Lenin, que puso todas las fuerzas bajo su control en función de la guerra. Sobre la marcha de la propia contienda se formó un ejército que para fines de 1920 contaba con 5 000 000 de soldados. Una parte de la oficialidad del antiguo régimen se incorporó a la tarea de organizar el Ejército Rojo, pero la mayoría de sus cuadros eran obreros y campesinos sin experiencia de mando. Sin embargo, de sus filas surgieron experimentados jefes como Mijaíl Frunce, Vasili Chapaev, Climent Voroshílov y otros muchos, que realizaron grandes hazañas militares durante la guerra. La actividad del ejército fue apoyada por un fuerte movimiento guerrillero, que operó todo el tiempo dentro del territorio ocupado por el enemigo. Lev Trotski, por entonces Comisario de Defensa, jugó un importante papel en la organización del Ejército Rojo y en la conducción de la guerra, aunque posteriormente su protagonismo haya sido minimizado por sus detractores y sobrevalorado por sus partidarios.


El Estado soviético subordinó toda su política económica al logro de la victoria. A fin de quebrantar la fuerza económica de la burguesía y movilizar todos los recursos del país para cubrir las necesidades del frente, se aceleró el ritmo de nacionalización de la industria. El Estado se hizo cargo no solo de la gran industria (ya nacionalizada), sino también de la mediana y pequeña, así como del comercio. Fue establecido el trabajo obligatorio y se introdujo un severo sistema de racionamiento. En el campo se aplicó la contingentación forzosa, que obligaba a los campesinos a entregar al Estado toda su producción, exceptuando la cantidad imprescindible para sobrevivir y para reproducir la cosecha. Los campesinos aceptaron transitoriamente esta drástica medida porque comprobaron que la derrota del poder soviético significaba la vuelta de los terratenientes y de la opresión. A este conjunto de medidas económicas extraordinarias se le llamó "Política del Comunismo de Guerra". El dilema que tuvieron ante sí los campesinos fue reflejado por Mijaíl Shólojov (premio Nobel de literatura en 1965), en su excelente novela El Don apacible:

Por mucho que digáis, si el pueblo tuviese fe en el Gobierno militar, yo hubiera renunciado con entusiasmo a nuestras exigencias... Pero el pueblo no la tiene. ¡No somos nosotros, sino vosotros, quienes provocarán la guerra civil. ¿Por qué habéis dado asilo en la tierra cosaca a ciertos generales fugitivos? Por eso los bolcheviques traen la guerra a nuestro Don apacible.


¡No nos someteremos a vosotros! ¡No lo permitiré! ¡Habrán de pasar sobre mi cadáver! ¡No creo que el Gobierno militar pueda salvar al Don! ¿Qué providencias tomaréis contra quienes no quieren someterse a vosotros? ¡He aquí como están las cosas! ¿Por qué lanzáis a vuestras unidades de francotiradores contra los mineros? ¡Así no hacéis sino sembrar desastres! Decidme, ¿quién puede garantizar que el Gobierno militar sabrá evitar la guerra civil? ¡No podéis hacer nada en absoluto! Puesto que el pueblo y los cosacos combatientes no están por vosotros. Como un soplo de viento, una risotada pasó por la sala. Voces indignadas se elevaron contra Podyolkov. Este volvió hacia la parte de donde procedía la cara pálida y ardiente y exclamó, no cuidando ya de ocultar su amargo resentimiento:


-¡Ahora reís, pero más tarde tendréis que llorar!- Y luego, dirigiéndose a Kaledin y asaeteándole con la mirada, añadió: Exigimos que el poder nos sea transmitido a nosotros, representantes del pueblo trabajador, y que sean apartados todos los burgueses y el ejército voluntario del General Denikin. El gobierno actual debe dimitir (Shólojov, 1975, t. II, p. 243).

En las circunstancias extremas impuestas por la guerra, los bolcheviques tuvieron que controlar mucho antes y más de lo que deseaban. Se vieron obligados también a aplicar severas medidas contra sus opositores. Al terror contrarrevolucionario (blanco) se opuso el terror rojo. Se aprobó la pena de muerte para muchos delitos y se formaron tribunales revolucionarios que actuaban de inmediato. Un papel importante desempeñó en este periodo la Comisión Extraordinaria de Lucha contra la Contrarrevolución, la Especulación y el Sabotaje (Checa), precursora de los órganos de seguridad soviética. Nada tiene de extraño que se produjeran entonces algunos excesos, como muchos han señalado, casi siempre con malsana intención, aduciendo, entre otros hechos, la ejecución de Nicolás II y de toda su familia. Pero en aquella situación era necesario actuar con rapidez y sin vacilaciones. Por otra parte, todas las grandes revoluciones han cometido innumerables excesos, aún en condiciones menos difíciles que las que debió atravesar en aquel periodo la revolución rusa. Recuérdese en este sentido el periodo jacobino de la revolución francesa y más contemporáneamente la revolución mexicana. Los excesos, casi siempre, son el resultado de las circunstancias que generan los cambios profundos y de los inevitables errores del aprendizaje.


Para finales de 1920 todos los ejércitos contrarrevolucionarios habían sido liquidados y el grueso de las fuerzas intervencionistas había tenido que abandonar la lucha. La guerra civil tocaba a su fin, aunque los invasores japoneses no fueron expulsados definitivamente del extremo oriente hasta 1922. Por otra parte, entre fines de 1920 y principios del 1921, hubo que enfrentar la guerra desencadenada por Polonia, con el apoyo de Inglaterra y Francia, que terminó con la anexión por parte de aquella de los territorios occidentales de Ucrania y Bielorrusia. Pero a la postre, el país logró preservar, en lo fundamental, su integridad e independencia, si bien tuvo que pagar un altísimo precio en vidas humanas, pérdidas materiales y sufrimientos de todo tipo. El gobierno soviético pudo abordar entonces el difícil problema de la reconstrucción, apenas iniciada en los primeros meses de 1918 e interrumpida por la guerra.


A menudo se compara la trascendencia de la Revolución rusa con la de la Revolución francesa de 1789. Fueron, sin duda alguna, dos acontecimientos cruciales para la historia de la humanidad. Ahora bien, con independencia de cualquier ejercicio comparativo, es innegable que las repercusiones de los sucesos de 1917 fueron muy profundas y, definitivamente, marcaron el siglo xx. Solamente en sus primeros años de vida, la revolución bolchevique originó un oleaje revolucionario que, con mayor o menor intensidad, recorrió todo el planeta. Su influencia fue mayor en Europa, pero alentó acciones masivas de carácter progresista en otras regiones, incluyendo el mundo colonial y dependiente, donde se fueron sentando las bases para el proceso descolonizador de la segunda posguerra. La Revolución de Octubre promovió una alternativa política, económica y social al capitalismo y devino en fuente de inspiración y ejemplo a seguir para millones de trabajadores de todo el orbe. Ello es una verdad incuestionable a pesar del fracaso del modelo socialista eurosoviético, en última instancia resultado del alejamiento y/o tergiversación de las ideas y principios que dieron origen a dicha alternativa.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Aracil, Joan et al. (1995): El mundo actual, Ediciones de la Universidad de Barcelona.

Brom, Juan (1998): Esbozo de Historia Universal, Editorial Grijalbo, México D. F.

Crouzet, Maurice (1968): Historia general de las civilizaciones, Ediciones Revolucionarias, La Habana.

Díaz Lezcano, Evelio (2008): Breve historia de Europa contemporánea (1900-2001), Editorial Félix Varela, La Habana.

Fernández, Antonio (1995): Historia del mundo contemporáneo, Ediciones Viven Vives, Barcelona.

Hobsbawn, Eric (1998): Historia del siglo xx, Editorial Grijalbo, Buenos Aires.

Lenin, V. I. (1960a): "¡A los ciudadanos de Rusia!", Obras Escogidas, t. II, Editorial Progreso, Moscú, p. 480, Marxists Internet Archive, <https://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1910s/25-x-1917.htm> [15/8/2016]. Publicado originalmente en 1917.

Lenin, V. I. (1960b): "El imperialismo, fase superior del capitalismo. Esbozo popular", en Obras Completas, t. 22, Editorial Cartago, Buenos Aires, pp. 161-210. Publicado originalmente en 1917.

Lenin, V. I. (1973): Obras escogidas, 3 t., Editorial Progreso, Moscú .

LENIN, V. I. (2006): El Estado y la Revolución, Editorial Nuestra América, Argentina.

Shólojov, Mijaíl (1975): El Don Apacible, 4t., Editorial Progreso, Moscú .

 

 

 

RECIBIDO: 27/9/2016
ACEPTADO: 1/12/2016

 

 

 

Evelio Díaz Lezcano. Facultad de Filosofía e Historia, Universidad de La Habana, Cuba. Correo electrónico: frafoso@infomed.sld.cu


NOTAS ACLARATORIAS

1. El Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSR) surgió en 1898 para unir a todos los grupos socialistas del país, pero en 1903 se dividió en dos tendencias: la menchevique (minoría), partidaria del revisionismo euroccidental, y la bolchevique (mayoría), fiel al legado revolucionario del marxismo. A partir de 1912, ambas tendencias se transformaron en partidos independientes.

2. A principios de 1904, en vísperas de la guerra con Japón, estaban por terminar las obras del ferrocarril transiberiano, iniciado por el zar Alejandro III con el objetivo de consolidar la posición del Imperio en la Siberia y crear las condiciones para la expansión en el Lejano Oriente.

3. Después de sofocar junto a otras potencias la sublevación de los bóxer en China (1900), Rusia no se retiró de la Manchuria, territorio ambicionado también por Japón. Por ello, en febrero 1904, luego de asegurarse el apoyo de Inglaterra con el Tratado de 1902, la flota nipona atacó a la escuadra rusa en Por Arthur, luego tropas japonesas desembarcaron en Manchuria y se apoderaron de Mukden. Una escuadra rusa salida del Báltico fue destruida en menos de una hora, el 28 de mayo de 1905, en mares cercanos a Corea y Japón. En tales circunstancias, el 5 de septiembre, Rusia tuvo que firmar la paz de Portsmouth, ampliamente ventajosa para el llamado imperio del Sol Naciente.

4. Grigori Iefimovitch Rasputín (1871-1916). Monje-curandero que se hacía llamar "anto. Logró una gran influencia sobre la familia real haciendo creer que podía curar al hijo del Zar, que padecía de hemofilia. Llegó a tener un poder ilimitado durante varios años. Por sus consejos se nombraban y sustituían ministros y todos buscaban sus favores. Murió asesinado por un aristócrata en diciembre de 1916.

5. El calendario juliano estuvo vigente en Rusia hasta el 31 de enero de 1918, tenía 13 días de diferencia con relación al calendario gregoriano, usado en el mundo occidental.

6. El Partido Socialista Revolucionario (eserista) surgió en 1902 y reflejaba en sus concepciones una amalgama ecléctica de las ideas del populismo ruso y del revisionismo euroccidental. Contaba con una gran influencia en las zonas rurales.

7. El siguiente fragmento se corresponde con la proclama realizada por Lenin:
A los ciudadanos de Rusia:
El Gobierno Provisional ha sido derribado. El poder del Estado ha pasado a manos del Soviet de Petrogrado y del Comité Revolucionario Militas, que está a la cabeza del proletariado y de la guarnición de la capital.
La causa por la que ha luchado el pueblo, la inmediata propuesta de una paz democrática, la abolición de la propiedad rural de los terratenientes, el control de los obreros sobre la industria y la formación de un Gobierno de Soviets, ya está asegurada. ¡Viva la revolución de los obreros, soldados y campesinos! (Lenin, 1960a, p. 480).

8. Alexander Kerenski fue ministro de justicia en el primer Gobierno Provisional y Primer Ministro a partir de julio. Logró huir antes de la toma del Palacio de Invierno y con un grupo de fuerzas leales trató infructuosamente de sofocar la revolución. Huyó disfrazado y se radicó en los Estados Unidos.

9. La primera Constitución soviética reflejó el ambiente de aguda lucha de clases prevaleciente en el país al negar el derecho de elegir y ser electos a los explotadores de trabajo ajeno, a los miembros de los antiguos cuerpos represivos, integrantes de la derrotada dinastía y a los eclesiásticos.

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