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Revista Cubana de Medicina General Integral

versión On-line ISSN 1561-3038

Rev Cubana Med Gen Integr v.12 n.1 Ciudad de La Habana ene.-feb. 1996

 

 

Editorial

Reanimación cerebro-cardio-pulmonar: un reto ineludible para la comunidad

Desde los albores de la humanidad, el hombre ha enfrentado la muerte; ora, traumática, para alimentarse, ora para defenderse, en el momento mismo de la vida e inesperada mente en el propio seno de su tribu. Sin embargo, a pesar de que reconoció la analogía entre la pérdida de respiración y la conciencia con el sueño eterno y lo recogió en sus primeras crónicas (Génesis: entrega del hálito vital para dar vida al protohombre), no se resignó a mantener una actitud contemplativa y luchó, con más fervor que éxito, por 2 milenios. En esta larga noche ocurrieron destellos de brillantez: Vesalius, en 1543, utilizó la presión positiva intermitente y la intubación traqueal en animales; Tossach, en 1771, la respiración boca a boca, la reanimación con el tórax abierto fue intentada por Boehm y Schiff en el fin del pasado siglo y el tratamiento eléctrico tuvo sus antecedentes con Prevost y Wigger (1899 y 1940). Como importantes precursores de lo que conocemos como reanimación cerebro-cardio-pulmonar (RCPC) "moderna" están los trabajos de Safar (1948) y Elam (1954) relacionados con la vía aérea, donde expresan de manera irrefutable la relación oxigenación / éxito en preservar la función cerebral —don único de la especie humana— ; los de Zoll, que aportó el marcapaso eléctrico y la desfibrilación externa en 1956;1,2 además el desarrollo de las unidades de cuidados especiales respiratorios, la mejor comprensión de la función y la sustitución de las funciones del corazón —cirugía "a corazón abierto"— y el concepto de reanimatología como ciencia del estado posresucitativo,3 permitieron unificar y divulgar algunos puntos cruciales en la RCPC actual: la inequívoca superioridad de la ventilación boca a boca (Elam y Safar) y de la compresión cardíaca externa (Kouwenhoven y Jude) como métodos más útiles que todo lo anterior; la desfibrilación transtorácica (Zoll y Lown) y la epinefrina como droga insustituible (Redding).4 Poco ha cambiado en estos 35 años, donde las medidas primarias de asistencia continúan siendo la garantía de la vía aérea expedita, la ventilación boca a boca y la compresión cardíaca externa.1,2

En estas 3 décadas y media, la comprensión de los factores de riesgo asociados con las afecciones cardíacas, respiratorias, endocrinas, y también los accidentes, han permitido una labor preventivo-educativa más eficaz en dependencia del grado de disciplina individual, colectiva y familiar que se logra. De ahí la importancia rectora del médico de la comunidad y el peso de su influencia en la mayor "fracción estadística" modificable en estas emergencias médicas.5,7 Esta aseveración tiene su principal exponente en la reducción de las tasas de mortalidad por cardiopatía isquémica en estas 2 últimas décadas en que los fumadores, obesos, sedentarios, hipertensos y dislipidémicos, han logrado un mejor control. Cuba tiene como primera causa de muerte, las enfermedades cardiovasculares y un 30 % de hipertensos en su población adulta.8

En los múltiples trabajos de la literatura referentes a la atención extrahospitalaria de los pacientes con parada cardíaca, es realmente decepcionante que no se hayan logrado resultados similares en estos últimos 20 años.9-11 No obstante, en una balanza la mortalidad comunitaria vs la hospitalaria, a mayor eficiencia de la cadena asistencial, la disminución de la primera parece ser el factor decisivo para la atención de grupos de alto riesgo y también transpolables a cualquier otra situación emergente (socorrismo).

Del análisis realizado por pequeñas comunidades que cuentan con un servicio de rescate entrenado, con médicos o paramédicos, y en que la presencia del grupo ocurre en 4 minutos o menos de la emergencia presenciada y quizás ya con asistencia básica, las estadísticas mejores han logrado un 40 % de egreso hospitalario (Seattle), pero más real es encontrar reinserción social, la que fluctúa entre 2 y 8 % (la cifra de un 86 % en Birmingham es anecdótica por lo reducido de la muestra). Aún son más difíciles de estudiar aquellas poblaciones mayores de un millón de habitantes o de densidades mayores de 500 habitantes por kilómetro cuadrado donde el acceso de unidades especializadas se dificulta por razones viales obvias, comunicaciones y disponibilidad (Chicago: 2 % de egreso hospitalario).12,13

De todas maneras es preciso destacar que nos referimos a la definición de vida o muerte donde la acción decidida, inmediata y calificada, puede resultar coronada por el éxito inestimable de una VIDA SALVADA. Para lograr una acción coordinada y eficaz, nuestro sistema de salud cuenta con el potencial necesario y en el lugar preciso: la distribución y cobertura del médico y la enfermera de la familia, así como la posibilidad de la divulgación a "nivel de cuadra" y más específicamente en familias con alto riesgo, de las medidas básicas de reanimación. Sin embargo, es necesario reflexionar en que este entrenamiento no se efectúa con la frecuencia ni la calidad requerida, no sólo en nuestro país, sino en todas las latitudes.14 Parece ser que se estima como algo "ajeno" a lo que no enfrentaremos nunca y que ocurre súbitamente tomándonos de sorpresa harto desagradable. El estimado global de "rescate" en la comunidad varía según diferentes autores entre un 0,4 y un 7,5 %, lo que sumarían de 6 a 50 vidas por 100 000 habitantes por año, de contarse con este dispositivo listo.6

Es innegable que la detección y el seguimiento de los grupos de riesgo, la enseñanza colegiada en cursos programados al efecto, unido a la divulgación y entrenamiento de la comunidad como factor primario de contacto, la disponibilidad de ambulancias y personal entrenado capaz de aplicar medidas avanzadas de RCPC (desfibrilación, acceso venoso y drogas) y las comunicaciones, constituyen una cadena tan fuerte como su eslabón más débil.15 Dediquemos una porción de nuestros esfuerzos a educar a nuestra comunidad, esa gran masa disponible y capaz, para enfrentar, esta vez, con la ayuda inestimable del conocimiento, lo que nuestros predecesores trataron de combatir con la magia.

Dr. José Santos Gracia
Especialista de II Grado en Anestesiología. Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular. Ciudad de La Habana.

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