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Arquitectura y Urbanismo

versión On-line ISSN 1815-5898

Arquitectura y Urbanismo vol.35 no.2 La Habana Mayo.-ago. 2014

 

CON CRITERIO

 

Los primeros cines de La Habana

 

Havana's First Cinemas

 

 

Dra. Arq. María Victoria Zardoya LouredaI, Marisol Marrero OlivaII

IInstituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría. Facultad de Arquitectura. La Habana, Cuba.
II
Oficina del Historiador de la Ciudad de la Habana. Dirección General de Proyectos de Arquitectura y Urbanismo (DGPAU).La Habana, Cuba.

 

 


RESUMEN

A lo largo del primer cuarto del siglo XX las exhibiciones cinematográficas se convirtieron en una de las actividades recreativas más exitosas en La Habana. Las primeras salas capitalinas nacieron como resultado de la readecuación de locales existentes, en particular de viviendas, a la par del surgimiento de los primeros cines concebidos expresamente con esa finalidad, que, en general, no diferían en apariencia y organización de los viejos teatros. En el presente trabajo se reconstruye y se caracteriza el inicio de esa función a partir del análisis de un total de setenta y siete salas, que en su mayoría no han llegado al presente, de las que se pudo encontrar información de cuarenta y cinco de ellas en fuentes primarias.

Palabras clave: cines, teatros.


ABSTRACT

During the first quarter of the twentieth century, cinema-going became one of the most popular leisure activities for the inhabitants of Havana. Initially films were projected in specially adapted pre-existing spaces, houses in particular, while the fist purpose-built cinemas also began to appear. In general, the latter did not differ from the old theatres in terms of appearance and space organization. This article traces the beginnings of this new architectural function, through an analysis of seventy-seven cinema theatres of Havana, most of which have survived to this day. It has been possible to unearth information on forty-five of these buildings through research in primary sources.

Keywords: cinemas, theaters.


 

 

INTRODUCCIÓN

Este artículo es un fragmento de una investigación mucho más amplia que aborda la evolución de los cines en La Habana, desde el punto de vista tipológico y expresivo y además su impacto social y urbano, un tema prácticamente inédito dentro de la historiografía de la arquitectura habanera. Se presenta aquí solo el análisis de las primeras salas en las que se desarrollaron las proyecciones cinematográficas durante las tres primeras décadas del siglo XX. Fue un período de tanteos durante el cual aún no se había tomado conciencia de las características del nuevo espectáculo, que al desarrollarse en solo dos dimensiones, no requería de los mismos espacios y equipamientos de las representaciones teatrales.

 

MATERIALES Y MÉTODOS

La investigación se realizó en dos etapas. En la primera se empleó como método el análisis documental, apoyado por el trabajo de campo a partir de la observación, la medición, el registro, entrevistas, encuestas y la elaboración de fichas. Se realizó una búsqueda y recopilación de información relacionada con la historia del cine y su desarrollo como función arquitectónica, conjuntamente con el inventario de los cines construidos en el período, tanto los que ya no existen como los que han llegado al presente, de los que se identificó su estado constructivo y uso actual. Las conclusiones a las que se arriban están basadas, sobre todo, en la revisión de fuentes primarias de información de diferente carácter. Se consultaron treinta y un legajos del Fondo de Urbanismo del Archivo Nacional de Cuba, el Anuario Cinematográfico y Radial Cubano (1940-1960), las revistas del Colegio de Arquitectos y las reglamentaciones urbanas vigentes en el período que se analiza. En la segunda etapa se realizaron análisis cuantitativos, cualitativos y comparativos, que permitieron arribar a conclusiones a partir de análisis histórico-lógico.

 

RESULTADOS Y DISCUSIÓN

El inicio de las proyecciones cinematográficas en La Habana

¨La Habana, nuestra capital de hoy, ha evolucionado con una rapidez e intensidad extraordinaria, después de largo tiempo en que sus energías urbanas han permanecido inactivas. De ciudad apacible, un tanto española, indolentemente recostada a la orilla de un mar azul como las de todas las leyendas, se ha trocado en un período bastante corto en ciudad de avanzada, sorprendentemente activa, con un incipiente carácter cosmopolita que cada año se encargará de agrandar¨. [1]

Así describió Alejo Carpentier en 1925 a La Habana. Efectivamente, en poco menos de tres décadas la capital cubana multiplicó varias veces la extensión que había alcanzado durante el período de dominación hispana. La ciudad creció vertiginosamente con la adición de nuevas urbanizaciones conectadas por las viejas calzadas en sus sucesivas prolongaciones y por nuevas vías, y flamantes edificios, modificaron su imagen. Esa creciente expansión estuvo asociada a un significativo crecimiento demográfico producido por la inmigración desde las áreas rurales, desde otras provincias del país y también proveniente de Europa, en particular de España.

La franja del paseo del Prado y sus alrededores adquirió gran protagonismo. Su importancia como zona de espaciamiento y marco físico de actividades recreativas aumentó con la aparición de connotados edificios públicos que transformaron la fisonomía y el perfil de ese eje. Junto con la remodelación y construcción de nuevos hoteles, se irguieron majestuosos palacios destinados a sedes de sociedades regionales españolas, clubes y suntuosas residencias. Asimismo, los recién estrenados medios de transporte el tranvía eléctrico y, sobre todo, el automóvil coadyuvaron a la renovación del carácter de la zona. En ese ámbito comenzaron las proyecciones de cine en Cuba (figura 1).

La primera función cinematográfica en Cuba se produjo el 24 de enero de 1897, en un local ubicado en Prado 126, entre San Rafael y San José. A partir de ese momento lo que comenzó como entretenimiento de ferias en locales provisionales, se convirtió en un negocio próspero y a la vez fue un instrumento eficaz de recreación, cultura, educación y propaganda.

El cine buscó sitios permanentes, primero en edificaciones acomodadas para ese fin y más tarde en sus propios predios, diseñados según los requerimientos particulares de la actividad. Este invento revolucionario, asociado a los muchos elementos «modernos» que modificaron la vida en las primeras décadas del siglo XX, en poco tiempo se convirtió en un espectáculo muy concurrido y en una fuerte industria. Los teatros acogieron la nueva función y, a tal efecto, las modificaciones fueron simples y no repercutieron en su exterior. El Irijoa, el Alhambra, el Payret [2], el Pacífico, el Shangai y el Tacón, entre otros, fueron utilizados para las exhibiciones cinematográficas (figura 2). Pero, además, se construyeron nuevas salas a partir de remodelación de muchas viviendas.

En el diseño de estas salas tuvo mucho peso la influencia norteamericana, tanto en la asimilación de elementos tecnológicos de avanzada como en la propia concepción del edificio, y así lo reconocían nuestros profesionales. El arquitecto Emilio de Soto, profesor de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de La Habana, publicó en la revista Arquitectura, en 1917, un artículo [3] con el análisis de los requerimientos técnicos para el funcionamiento adecuado de una sala de proyecciones y una clasificación de los cines a partir de tres tipos establecidos por los norteamericanos: el obtenido de la reconstrucción de un local, el que se encuentra al fondo o interior de edificios comerciales y el que consideró verdadero cine, pues con solo ver su fachada es posible identificarlo. En el período que se analiza en La Habana se dieron esos tres tipos, la adaptación de edificaciones, la incorporación de salas de proyecciones dentro de edificios públicos y los nuevos cines, pero en este caso, todavía no llegaron a adquirir una identidad propia pues continuaron emparentados con los teatros.

Casas adaptadas para cines

En las zonas ya consolidadas de La Habana, el inicio de la arquitectura para cines dio sus primeros pasos con la adaptación de antiguas residencias unifamiliares, en su mayoría casas tradicionales, del tipo de vivienda larga y estrecha con patio lateral, propio de las tramas compactas. Su transformación incluyó cambios significativos para otorgarles una imagen acorde con la función de sala para espectáculos públicos.

Las fachadas se modificaron con una mayor decoración concentrada en las columnas y en los frisos, mientras el pretil, con dimensiones por encima de las habituales, fue ornamentado con profusión para contribuir a señalizar la presencia de la función, a modo de reclamo propagandístico que favoreciera la prosperidad del negocio, lo que modificó la imagen urbana del entorno más inmediato. No obstante, su filiación con el repertorio doméstico siguió siendo evidente. Para estas primitivas salas, al estar confinadas entre medianeras, quedaban restringidas las posibilidades de juegos volumétricos, el uso de techos de pendientes empinadas y otros recursos empleados en los repartos residenciales que proliferaron en la misma fecha (figura 3). Pero sí se impuso la abundante ornamentación, distanciada de la parquedad del neoclasicismo decimonónico.

En la segunda línea de fachada se hicieron modificaciones de mayor envergadura, pues se requería incrementar el área de vanos para garantizar la entrada y salida del público. Como zona de vestíbulo se utilizó lo que antes era la sala de la casa, con las escaleras laterales de acceso al balcony. En el espacio destinado a las habitaciones fueron eliminados los tabiques divisorios para obtener un local amplio, al que se dio una pequeña pendiente en el piso que facilitase ver las proyecciones. Se emplearon cubiertas ligeras, soportadas por un entramado de vigas con apoyos en las paredes extremas.

El patio lateral continuaba siendo la fuente de ventilación natural y servía además como salida adicional o de escape, requerimiento que debían cumplir los edificios destinados a espectáculos públicos, aunque esta solución no satisfacía todas las exigencias de seguridad, pues el único acceso directo al exterior se mantuvo por la entrada principal. Algunas casas adaptadas extendían los límites del salón al ancho de la parcela, con lo cual se eliminaba el patio lateral. Con tales modificaciones lograron alcanzarse hasta 500 capacidades (figura 4).

Los cines ubicados en avenidas o calzadas de primer y segundo orden, para las que se exigía el uso de portales públicos corridos de 3,50 y 3,00 m de ancho, respectivamente [4], de libre acceso de transeúntes, mantuvieron el portal enmarcado por dos o tres intercolumnios, en dependencia del ancho de la parcela. Los anuncios de películas se colocaban en esta área con tableros en las paredes, reminiscencia de los anuncios teatrales. El 1o de enero de 1900 fue abierto el local utilizado para el cine Niza, próximo al teatro Payret, primero en ubicar el programa en la puerta del local, lo que constituyó todo un acontecimiento [2 p. 42]. En algunos casos se situaban además, carteles perpendiculares a la segunda línea de fachada, a la vista de quien transitaba. En el portal también estaban las taquillas para la venta de entradas, y en los cines más antiguos fue usual un comercio o confitería anexa para el expendio de alimentos ligeros. De esta forma los portales públicos de las calzadas devinieron en corredores de ocio en los que el cine convivía con comercios y actividades recreativas de diferente carácter.

Entre los cines nacidos a partir de la remodelación de una vivienda se destaca el Esmeralda ubicado en la calzada de Monte, lo que condicionó la obligatoriedad del portal de uso público corrido con sus edificaciones colindantes. En el primer cine Esmeralda, concebido en 1908, quedaron combinados en forma ecléctica motivos ornamentales de franca ascendencia modernista (figura 5). La fachada ondulante se dividía en dos; la superior era soportada por gigantescas ménsulas con figuras de atlantes y rematada por un inusitado pretil sinuoso. Llama la atención que su propietario, Antonio Díaz Blanco, en esa misma fecha, construyó uno de los más importantes edificios Art Nouveau en La Habana: el palacio Díaz Blanco. El proyecto del cine fue firmado por el maestro de obras Alberto de Castro, quien también firmó el de otro emblemático exponente de este lenguaje en la capital, la casa Crusellas, aunque probablemente su autoría en ambos casos haya sido solo nominal. Pero los motivos modernistas del cine Esmeralda corrieron peor suerte que los del palacio Díaz Blanco y la casa Crusellas, que aún engalanan la zona central de La Habana: en 1925 fue remodelado como consecuencia de problemas constructivos que provocaron el descenso de una de sus paredes medianeras. A la fachada reconstruida se le otorgó una nueva imagen que aludía al Renacimiento Español. En planta baja quedó un solo intercolumnio con un arco carpanel sustentado por sendos pares de columnas salomónicas sobre pedestales. Se eliminaron las cornisas y se construyó un balcón cerrado con tejadillo, perforado por cuatro ventanas de persianería francesa enmarcadas por arcos y separadas por minúsculas columnillas. A ambos lados se ubicaron los conocidos medallones con rostros de guerreros que caracterizaron las versiones populares de este lenguaje.

El cine Montecarlo (figura 6), que comenzó a funcionar en 1915 en el paseo del Prado, también muy próximo al teatro Payret, en un lote estrecho y profundo entre medianeras, conforme a lo habitual en la zona, ejemplifica las principales características de estas salas y las modificaciones a que fueron sometidas muchas de ellas con el propósito de mejorar sus condiciones. En 1934 fue reformado y a tal efecto se eliminó el patio lateral y se construyó la platea a todo el ancho de la parcela, lo que significó una remodelación completa de la planta. Su localización impidió que contara con el puntal adecuado para una sala de proyecciones y condicionó que su expresión fuese similar a la de las edificaciones colindantes destinadas a viviendas; no obstante, la presencia del cartel y los anuncios publicitarios delataban su función.

El cine Lara se inauguró en 1919, en una casa adaptada con ese propósito, ubicada también en el paseo del Prado, eje en el que ya en existían más de una docena de salas de exhibiciones cinematográficas (figura 7). En 1924 el arquitecto Emilio de Soto proyectó una reforma que mejoró sustancialmente las condiciones de la instalación. A pesar de los impedimentos que imponía el lugar, el arquitecto de Soto realizó notables modificaciones para otorgarle una imagen más acorde con la función cine, sobre todo en la segunda línea de fachada, que revistió con un acabado que imitaba cantería. La subdivisión de la vidriera del gran vano central en cinco paños fue un recurso de diseño empleado a menudo con la intención de jerarquizar la entrada de muchos edificios públicos. Para aumentar las dimensiones del acceso fue necesario reforzar el entrepiso con vigas doble T, recubiertas con un falso techo. En la fachada de primera línea se colocaron figuras trabajadas en mortero y el rótulo con el nombre del cine sobre el vano de entrada. Las trasformaciones interiores también fueron notables. Se eliminó el patio, con lo cual aumentó la capacidad de lunetas, y se concibieron salidas de escape, tal como estaba regulado, además de un balcony con escaleras de acceso desde el vestíbulo y otra de escape con salida directa a la calle. Las escaleras fueron construidas con bóvedas catalanas revestidas en mármol y barandas de hierro rematadas con pasamanos también de mármol. El Lara fue uno de los primeros cines en Cuba que utilizó ventiladores, a partir de la reforma de 1924.

En estas casas convertidas en cines se explotaron al máximo las posibilidades de los inmuebles para tratar de satisfacer las exigencias de la nueva función, pero las dimensiones de los lotes, así como las restricciones de sus emplazamientos, condicionados por la medianería, impidieron dar soluciones más innovadoras.

Los primeros cines

Si bien la mayoría de las exhibiciones cinematográficas del primer cuarto del siglo XX se desarrollaron a partir de la adaptación de teatros y de la remodelación de viviendas adecuadas a esa finalidad, en paralelo surgieron algunas tempranas edificaciones concebidas ya como cines.

La primera sala construida para esta función en La Habana fue el cine Actualidades, en la calle Monserrate entre Neptuno y Ánimas, inaugurado el 18 de abril de 1906 por el empresario Eusebio Azcue [2 p. 51], que quizás sea el cine existente más antiguo de América Latina1. Algunos autores le adjudican la primicia al salón Floredora2 [5], nombrado después Alaska, ubicado en calzada del Cerro y Palatino, donde se encuentra hoy el cine Maravillas, lo que hace suponer que fuese un antecedente de este.

Con independencia de cuál de los dos haya sido en realidad el primer cine erigido expresamente para tal finalidad, el Actualidades constituye un símbolo, aún en pie, de los pasos iniciales. No se ha podido documentar si la construcción llegada hasta el presente fue la que se edificó en tan temprana fecha, pero existen imágenes de la década de los años veinte, en las que aparece tal como lo conocemos, lo cual evidencia al menos una antigüedad de más de ochenta años. De hecho, es el único sobreviviente de los cines levantados durante el primer cuarto de siglo XX en la Habana.

Las exhibiciones cinematográficas no nacieron como un entretenimiento independiente. Formaron parte de un conjunto de actividades de esparcimiento que se complementaban entre sí. El periódico El Mundo, (figura 8) en su edición del 18 de abril de 1906, al anunciar la proyección de películas en el teatro Actualidades, añadía que «…a un atractivo seguirá otro atractivo: el monumental cinematógrafo […] con su aparato de proyecciones potentísimo y sus películas de extraordinario mérito, será desalojado por las más célebres bailarinas, españolas y francesas […]» [6].

El auge del negocio condujo a la incorporación de salas de proyección en edificaciones ya existentes o a la concepción de estas como parte de los atractivos de nuevos centros de esparcimiento, como sucedió en el Parque de Palatino, inaugurado en El Cerro en 1906, que incluía una sala dentro de su salón y la conocidas salas Politeama Grande en los altos de la Manzana de Gómez, como parte del complejo de restaurante y café Politeama Habanero, y Politeama Chico o Vaudeville, [7] inauguradas en 1910 (figura 9).

En la medida en el que el negocio proliferaba, fueron introducidas novedades constructivas para beneficiar el desarrollo de las funciones. En mayo de 1910 abrió el Salón Norma, (figura 10) promocionado como el único cine con butacas de caoba y piso con desnivel [7 p. 25] para favorecer la visión del público hacia la pantalla. El Nueva Inglaterra, en San Rafael y Consulado, fue inaugurado en abril de 1913 con 150 butacas, muy amplio para su época, e incluía una confitería [7 pp. 25 y 30].

Con vistas a contribuir a la prosperidad de esa esfera, se emplearon diversos recursos, algunos muy pintorescos. El Cinematour, emplazado en Ánimas entre Prado y Zulueta, inaugurado en 1913, simulaba un vagón de ferrocarril en el que se exhibían películas sobre viajes [7 p. 31]. A propósito, escribió Renée Méndez Capote:

Cuando yo era un poco mayorcita vino al Paseo del Prado, a un solar que estaba en esquina, al costado de donde se hizo después el Teatro de la Comedia, un espectáculo cinematográfico por demás interesante. Era un viejo vagón de ferrocarril, de aquellos de asientos de pajilla, en uno de cuyos extremos habían colocado una pantalla. Se proyectaban películas de viajes, vistas de países, mares, montañas, ríos, islas, selvas. No se vendían más entradas que los asientos que tenía el vagón. La función no era muy larga y se repetía constantemente. Con los tickets se repartía un programa con el itinerario del viaje, y al terminarse cada vez la proyección, se encendían las luces y se vaciaba el vagón. Muchas veces compramos dos y tres tickets, porque nos fascinaba. Los empleados vestían de ferrocarril y el conductor pedía el ticket después que uno se sentaba, como en un viaje de verdad. Por el pasillo entre asientos, pasaba un vendedor de caramelos y bombones y agua de chichipó fría... [8].

Algunos teatros dejaron de funcionar como tales y se destinaron solo a cines, lo que en ocasiones implicó remodelaciones de diferente carácter y el cambio del nombre, como ocurrió con el cine Campoamor, que en 1915, después de un incendio precisamente en el local de la compañía cinematográfica que radicaba en ese lugar, reemplazó al antiguo teatro Albisu (figura 11). Sobre esta sala se comentó en 1918:

Por lo que respecta al moderno teatro Campoamor (sustituto del Albisu), milagrosamente salvado del incendio, no obstante sus recomendables condiciones como obra de ingeniería, nadie osará negar que como teatro dadas nuestras peculiares condiciones climatológicas, su ubicación en el centro de un edificio destinado a múltiples usos y su falta de ventilación es uno de los peores teatros de La Habana […] el dejarlo donde está equivale a condenar al nuevo edificio del Centro Asturiano a no tener patio […] teniendo en cuenta las ordenanzas referidas a la construcción de portales para el tránsito público, equivaldría a perpetuar ambas cosas, no quedaría espacio disponible para patio ni el nuevo teatro ganaría en amplitud ni en condiciones higiénicas [9].

Entre 1915 y 1920, la aparición de salas en la calle Prado cobró un notable auge. Se construyeron durante esos años cines de la talla del Fausto3, en Prado y Colón, considerado entonces el más lujoso de la ciudad, próximo al Maxim, en Prado y Virtudes, y al Galatea, en Prado y San José, los dos de más categoría en la capital. También fue famoso el Prado, en Prado y Trocadero [2 pp. 88 y 95], nombrado Margot a partir de 1918. Se edificaron cines, además, en el interior de los hoteles Sevilla y Miramar [10] (figura 12).

Hasta 1925 el área próxima al paseo del Prado y sus inmediaciones concentraba la mayor cantidad de cines en La Habana, seguida en primacía por la calle San Rafael, reconocida también por el auge de su actividad comercial. A propósito del protagonismo de esa zona Alejo Carpentier comentó:

Y entonces empezó el gran auge del cine […]. Y las salas de proyecciones empezaron a multiplicarse en La Habana, en una forma tal que solamente en Prado estaba el Margot, el Fausto, el Prado, el Montecarlo, el Niza y uno más cuyo nombre no recuerdo; en San Rafael estaba el Norma, estaba el Inglaterra. Y en fin, por todos los barrios ya había cine, en todas partes había cine. Unos de estreno, otros de días de moda como el Fausto […] [11].

Los cines al aire libre

En julio de 1909 se inauguró el Miramar Garden, en Prado y Malecón, primera sala al aire libre [12], modalidad que con el tiempo se hizo muy popular, pues como entonces el cine era silente, los ruidos exteriores no entorpecían su disfrute. El mayor inconveniente era que el público debía estar a la intemperie. Próximo a este, en Prado, entre Ánimas y Virtudes se construyó en 1919 el cine Royal, también al aire libre que tuvo aspecto de carpa de circo (figura 13).

En 1915 se inauguró la carpa-cine La Tienda Negra de Santos y Artigas, promovida como espectáculo cinematográfico al estilo americano [7 p. 41], en la calle Belascoaín, cerca de Cuatro Caminos.

La modalidad de cines al aire libre, o de verano, como se les llamó, se expandió con éxito, sobre todo hacia aquellas áreas de la ciudad que se consolidaban en esos años. En el Vedado, que ya empezaba a ser la zona preferida por los sectores de mayores ingresos, se inauguró el Mascota en septiembre de 1915, en 17 y 2, y en 1920 el conocido Trianón, sito en Línea y Paseo, que aunque desde sus inicios fue considerado una sala de lujo, nació como cine al aire libre [13].

En 1921 se inauguró un nuevo cine Maxim, en Prado y Ánimas, con capacidad para 1 500 personas, del que se elogiaba la buena ventilación de su salón [14]. Al respecto comentaría Eduardo Robreño: «Enfrente [en el Prado] había un cine, empezaba la época del cine, el cine Maxim se llamaba, que, por cierto, era al aire libre. En la temporada de lluvia, como era natural, funcionaba poco; porque había veces que las películas de William Harol y de Tom Mix eran interrumpidas por el agua» [15]

En el antiguo municipio de Marianao, al oeste del río Almendares, fueron emplazadas varias salas de este carácter. En 1915 se concibió un «cine de verano» en la calle 5, entre pasaje C y 2 (hoy 27 entre 64 y 64 A, Playa), concebido para 600 espectadores en lunetas y además 20 palcos, uno de ellos para el alcalde [16] (figura 14). Estos cines mostraban un eclecticismo sencillo, generalmente con un frontón al centro, enmarcado por columnas, en lo que, más que una fachada, resultaba un muro delimitador del recinto. Los únicos locales cerrados eran los servicios sanitarios, detrás de la zona de la pantalla, y la cabina de proyección, del lado contrario.

Nacieron asimismo, otras salas que si bien eran techadas, sus laterales estaban delimitados por malletas de madera que a modo de celosías constituían un cierre semitransparente para el paso de la brisa, similares a las usadas en las residencias de las zonas costeras.

En esas áreas en proceso de consolidación también fueron construidos cines muy modestos, en naves sencillas de madera, como el Recreo, en 1915, ubicado en la calzada de Luyanó, remodelado en 1918 para sustituirle la primera crujía por mampostería, según diseño del arquitecto Sergio Ruiz de Lavín [17], quien en 1920 proyectó otro similar en la esquina conformada por las calles 3ra. y A, Buenavista, Marianao, (hoy calle 66 y 29 A, Playa) [18], con una expresión indefinida entre vivienda y comercio convencional. En ambas naves se utilizaron estructuras esqueléticas de madera, del tipo balloon frame, un sistema llegado a Cuba desde Estados Unidos a mediados del siglo XIX.

La deuda con los teatros

Al iniciarse la década de los años veinte en el centro consolidado de La Habana se construyeron nuevos cines que por su elegancia y dimensiones se diferenciaron de la sencillez de las primeras salas. Pero estas edificaciones pervivía la apariencia de los teatros. Entre estos se destacan el Capitolio, actual Campoamor, en Industria y San José y el Neptuno, en la calle homónima (figura 15). De igual forma dos teatros de la calle Consulado se convirtieron en cines, el Majestic y el Verdún.

El cine Majestic fue construido originalmente para Teatro de la Comedia, hecho al que aluden las máscaras que forman parte de su ecléctica decoración (figura 16). La monumentalidad de los dos pares de columnas corintias en los extremos de la fachada, recuerda el tratamiento dado a algunos teatros europeos. Por tal razón, el Majestic no se mimetizaba con las viviendas colindantes como otros cines de la zona, pues su expresión lo señalaba inequívocamente como una sala de espectáculos públicos. Está ubicado en la calle Consulado, muy próximo al cine Verdún, en el eje en el que se concentraron durante las primeras décadas del siglo XX las principales entidades vinculadas con este tipo de negocio en Cuba. Sus interiores se modificaron en 1936 con una nueva decoración basada en motivos Art Decó, a tono con el momento. El Verdún también nació como teatro y, al igual que otros de su género, se convirtió en cine tras el auge adquirido por el negocio cinematográfico y la relevancia que en ese ámbito habría de lograr la calle Consulado, donde se encuentra ubicado (figura 17). A los largo de los años treinta fue remodelado en dos ocasiones y como parte de las acciones realizadas se modificaron su fachada y sus interiores.

De igual forma en zonas distantes de las áreas centrales, aparecieron otros cines vistosos como el Olimpic en el Vedado, (figura 18) Carral en Guanabacoa, el Céspedes en Regla y el Principal en Marianao.

El Carral fue construido en la zona más antigua de la vieja villa de Guanabacoa en 1923, próximo a otros edificios públicos (figura 19). Su ubicación entre medianeras obligó a concentrar la carga decorativa en la fachada, ejemplo de la pluralidad de motivos ornamentales que caracterizó la arquitectura ecléctica habanera. En este caso se fusionaron algunos elementos neoárabes con otros neocoloniales, expresados en la sinuosa curvatura del arco monumental que jerarquiza el acceso al edificio, apoyado en dos pares de columnas dóricas. Resulta significativa la bóveda casetonada con hornacinas que distingue el acceso y la inclusión de motivos ornamentales dentro de cada casetón. El nombre del cine formó parte del diseño del pavimento del portal construido con terrazo integral.

En 1927 se construyó el cine Principal en un privilegiado emplazamiento de la Calzada Real de Marianao, la vía más importante de ese territorio, en el lote en que se encontraba, el teatro del mismo nombre, una de las más destacadas entidades culturales del antiguo municipio Marianao, derrumbado por el paso devastador de un ciclón, en octubre de 1926 (figuras 20 y 21). Al inicio se nombró Berndes por el apellido de su propietario, pero más tarde retomó el nombre del reconocido teatro. La nueva edificación sobrepasó con creces en majestuosidad a su precedente. El arquitecto Ricardo Edelman ideó un elegante edificio con la fachada organizada a partir de una estricta simetría. Aunque se pensó para cinematógrafo, su concepción fue aún deudora de los teatros. La diferenciación de dos volúmenes, uno más bajo que contiene el portal y el vestíbulo, y el otro conformado por la sala de proyección de mayor puntal, perpetúa el esquema empleado en los antiguos teatros, como el Tacón. La bella marquesina de hierro y la ubicación de los servicios sanitarios al frente, a ambos lados de la pantalla, también lo atestiguan. El proyecto original de la fachada concebía un arco carpanel de mayor luz al centro, flanqueado por dos arcos de medio punto sustentados por columnas cilíndricas y pilastras cuadradas. En los extremos y a ambos lados del arco central se dispusieron otras pilastras cuadradas de orden monumental. El frontón al centro del pretil con balaustradas laterales acentuaba el clasicismo de la composición. Sin embargo, se construyó una fachada mucho más parca, que mantuvo la triple arcada, pero con vanos uniformes, más esbeltos, sin alusiones a los órdenes y concentrados hacia el centro, de forma tal que a ambos lados quedaron dos paños continuos que sobresalían con discreción. El pretil es liso y las alusiones decorativas al lenguaje clásico prácticamente se restringieron a la cornisa y las ménsulas que la sustentan. Llama la atención que en el cine Principal, a pesar de su composición académica, la decoración empleada fue mucho menos profusa que la de la mayoría de los edificios públicos construidos en esa época, lo que pudo estar motivado por razones económicas, o tal vez por influencia de algunas ideas que ya empezaban a circular en Cuba a favor de la simplificación formal de la arquitectura.

 

CONCLUSIONES

En 1930 funcionaban en La Habana unas cincuenta salas. El auge del cine como negocio y como actividad recreativa condujo a que los principales teatros capitalinos fuesen utilizados para exhibiciones cinematográficas y además a la adaptación de muchas viviendas para ese fin. Asimismo, nacieron los primeros cines, aún deudores de los teatros en cuanto a su concepción en planta, volumetría y espacialidad, que constituyeron obras destacadas de gran impacto social y urbano. Los llamados cines de verano o al aire libre fueron una modalidad que tuvo auge en las zonas distantes al centro de la ciudad y languideció tras la aparición del cine sonoro. El estudio de estas primeras salas casi centenarias, que en su mayoría no conocimos, permite una mejor comprensión del impacto de esa función en la capital y de la arquitectura que se produjo durante esos años.

A esos primeros cines, objeto de interés de este trabajo, le sucedieron en la década de los años treinta otras salas ya adecuadas a las exigencias de las proyecciones. Nacieron entonces grandes salas, con más de mil capacidades para los espectadores, con una imagen propia que delataba inequívocamente su función, pero esa es otra etapa en la evolución de la tipología de los cines habaneros, posterior a lo que aquí se analiza, mucho más conocida, pues gran parte de ellos sí ha llegado hasta el presente.

Notas

1 Conversación con el Arq. Alejandro Ochoa Vega, coautor del libro Espacios distantes… aún vivos. Las salas cinematográficas de la ciudad de México.

2 Fausto Canel, en su artículo «Breve historia de un cine», cita una investigación de Joaquín Equilior en la que se hace esa afirmación.

3 Anterior al que fue construido en 1939 según proyecto del arquitecto Saturnino Parajón.

 

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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8. MENDEZ CAPOTE, Renée. Memorias de una cubanita que nació con el siglo. Santa Clara: Universidad Central de Las Villas, Dirección de Publicaciones, 1963. p. 174.

9. ARQUITECTURA. "El edificio del Centro Asturiano". Arquitectura. La Habana, Octubre 1918, Vol. 2, No. 4, pp. 35-37.

10. PIÑERA, Walfredo. "Los templos de la fantasía". OPUS Habana. 1998, Vol. 2, No. 4, p. 48-55.

11. CARPENTIER, Alejo. Habla Carpentier…sobre la Habana (1912-1930). [película]. La Habana: ICAIC. Entrevista filmada por el ICAIC.

12. PIÑERA, Walfredo; CUMANÁ, Ma. Caridad. Mirada al cine cubano. La Habana: Ediciones OCIC, 1999. p. 60.

13. RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, Raúl. "Testimonio de Renée Méndez Capote". En: RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, Raúl. El cine silente en Cuba. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1992. p. 105.

14. SOCIAL. "El nuevo cine Maxim". Social. La Habana, Mayo 1921, vol. 6, No.5, p. 73.

15. ROBREÑO, Eduardo. "Yo soy habanero por los cuatro costados". En: La Habana que va conmigo. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 2002. p. 51.

16. ARCHIVO NACIONAL DE CUBA. Expediente 119, Caja 3, Fondo Urbanismo. La Habana: Archivo Nacional de Cuba, 1915.

17. ARCHIVO NACIONAL DE CUBA. Expediente 37559, Legajo 87-L, Fondo Urbanismo. La Habana: Archivo Nacional de Cuba, 1918.

18. ARCHIVO NACIONAL DE CUBA. Expediente 293, Caja 6, Fondo Urbanismo. La Habana: Archivo Nacional de Cuba, 1920.

 

 

Recibido: 1 de febrero de 2014.
Aprobado: 4 de abril de 2014.

 

 

María Victoria Zardoya Loureda. Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría. Facultad de Arquitectura. La Habana, Cuba. Correo electrónico: mvzardoya@arquitectura.cujae.edu.cu