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Revista Novedades en Población

versión On-line ISSN 1817-4078

Rev Nov Pob vol.18 no.36 La Habana jul.-dic. 2022  Epub 30-Nov-2022

 

ARTÍCULO ORIGINAL

Características sociales y tendencias políticas de la comunidad cubanoamericana en Estados Unidos

Social characteristics and political tendencies of the Cuban-American community in the United States

Jesús Arboleya Cervera1  * 
http://orcid.org/0000-0001-8994-3133

1 Centro de Estudios Demográficos (CEDEM). Universidad de La Habana. Cuba.

Resumen

Este trabajo está centrado en las características sociales y las tendencias políticas de la comunidad de origen cubano que reside en Estados Unidos, donde se concentra el 80% de los emigrados cubanos y sus descendientes, dando forma a una población de más de dos millones de personas. En especial, se destaca la que reside en el condado Miami-Dade, porque es el área donde se asienta el llamado “enclave cubanoamericano de Miami”, referente económico, político y cultural de la comunidad de origen cubano en Estados Unidos.

Palabras clave: cubanoamericano; Miami; política; economía; sociedad

Abstract

This work is centered in the social characteristics and political tendencies of the Cuban origin community in the United States, where it’s located 80% of Cuban immigrants and their descendants, a population around two million people. Especially, it’s stands out the residents of Miami-Dade County, considering that this is where the "Cuban American enclave of Miami” settles, which is the economic, political and cultural referent of the Cuban origin community in this country.

Keywords:  Cuban American; Miami; politics; economy; society

Introducción

El objetivo fundamental de este trabajo es mostrar las características sociales de la comunidad de origen cubano en Estados Unidos y establecer su relación con las tendencias políticas existentes respecto a Cuba, así como determinar su peso en la conformación de la política de Estados Unidos hacia el país.

El trabajo consta de tres acápites, a saber, las características sociales de los inmigrantes de origen cubano en Estados Unidos y sus descendientes, donde se incluye un análisis de enclave cubanoamericano de Miami; la estructura económica de la comunidad cubanoamericana en Estados Unidos, así como las tendencias políticas que hoy día caracterizan sus posiciones hacia Cuba.

Desarrollo

I. Características sociales de la comunidad cubanoamericana

En Estados Unidos viven 2,3 millones de personas de origen cubano. Esto representa el 3,7% de la población hispana y los ubica en el tercer lugar, casi empatado con los salvadoreños, en importancia numérica dentro de este grupo étnico minoritario. Los nacidos en Cuba (inmigrantes) constituyen el 56% de la población. El 43% de estos reside por más de 20 años en Estados Unidos y el 58% son ciudadanos norteamericanos (PEW, 2019).

A los inmigrantes cubanos y sus descendientes usualmente se les denomina “cubanoamericanos”, sin importar su estatus legal o lugar de nacimiento. Ello constituye una derivación del reconocimiento de la categoría de “hispano”, reflejadas por primera vez en el censo de 1970. Más allá de lo cuestionable que pueda resultar este apelativo para otros propósitos, el concepto de cubanoamericano tiene la importancia de reflejar el proceso de integración de los inmigrantes cubanos a la sociedad estadounidense, hasta convertirse en “norteamericanos de origen cubano”, y así ubicar el estudio de sus características en el entorno real en que se desarrollan sus vidas.

El factor político, determinado por la función contrarrevolucionaria asignada por el gobierno de Estados Unidos a la emigración cubana, ha determinado la velocidad del proceso de integración, el éxito relativo de la experiencia y la singularidad de la ideología predominante. No obstante, en su esencia, ha sido bastante similar a lo acontecido al resto de los inmigrantes en la historia de ese país, toda vez que responde a las características de una población culturalmente muy diversa como la estadounidense, donde los individuos solo pueden integrarse mediante la aceptación de su grupo étnico o nacional por parte del resto de la sociedad.

Según estudios realizados a principios de este siglo por los sociólogos Alejando Portes y Rubén G. Rumbaut (2006), los cubanoamericanos muestran un alto grado de filiación con este término, pero ello que no implica la pérdida absoluta de la condición de cubano, toda vez que sigue siendo la matriz cultural cubana la que caracteriza al cubanoamericano dentro de la sociedad norteamericana 1.

Aunque la condición de cubanoamericano no está únicamente determinada por ello, el bilingüismo es el patrón de medida por excelencia para calcular el grado de integración de los cubanos a la sociedad norteamericana. Más del 70% de los cubanoamericanos habla español dentro de sus casas, por lo que ese idioma sigue primando en la mayoría de los hogares cubanoamericanos, pero el 61% maneja el inglés con suficiente fluidez y es el principal idioma de los descendientes nacidos en Estados Unidos (PEW, 2019).

Tal disposición por conservar la lengua materna está relacionada con la fuerza de la cultura cubana y su funcionalidad para la conservación de la identidad cubanoamericana, pero también es una exigencia de la estructura económica de la región, donde el bilingüismo constituye un atributo para insertarse en el mercado laboral. Según estudios de mercado, la renta promedio de los bilingües es un 60% mayor que la de aquellas personas exclusivamente angloparlantes (Plaza, 2008: 14). Mirado desde otro punto de vista, la exigencia al bilingüismo perjudica a los nuevos inmigrantes, los cuales dominan menos el inglés, y ello tiende a reproducir diferencias sociales en el seno de la comunidad cubanoamericana.

Las tendencias demográficas predominantes han sido la disminución, por razones biológicas, del peso del llamado “exilio histórico” -los que arribaron antes de 1980-, en la actualidad apenas un cuarto de la población. En contraposición, se muestra el incremento sostenido de los descendientes nacidos en Estados Unidos, que ya constituyen casi la mitad (PEW, 2019). Por su parte, los llamados “nuevos emigrados”, o sea los nacidos en Cuba que llegaron a ese país después de 1980, también constituyen una cuarta parte de la población, pero con tendencia a crecer, dada la continuidad del flujo de migrantes cubanos hacia ese país.

El enclave cubanoamericano de Miami

El 66% de los cubanoamericanos vive en el estado de la Florida. Esto los convierte en el grupo latino con mayor concentración demográfica en Estados Unidos. Lo que resulta aún más sobresaliente si se tiene en cuenta que el 48% reside en el condado de Miami-Dade2, donde se asienta el llamado “enclave étnico cubanoamericano”.3 (PEW 2019).

La formación de enclaves étnicos constituye una constante en los procesos inmigratorios norteamericanos. Alrededor de un mercado de “preferencia étnica” y redes de apoyo social, se establecen comunidades de inmigrantes que terminan siendo referentes culturales y políticos de estas personas respecto al resto de la sociedad.

La presencia latina ubica a la región metropolitana de Miami como la tercera ciudad de Estados Unidos en cantidad de inmigrantes, después de Los Ángeles y New York, y la única de las grandes ciudades norteamericanas habitada por una mayoría de personas de procedencia latinoamericana (69%). A pesar de que apenas constituyen el 6,5% de la población del estado, los cubanoamericanos representan el 34% de la población del condado de Miami y el 60% de la población latina que radica en el mismo. Por tanto, siguen siendo mayoría dentro del conjunto hispano, aunque su peso relativo ha disminuido, en la medida en inmigrantes de otros países latinoamericanos se han asentado en la ciudad (U.S. Census 2010 y 2020).

La economía de Miami está particularmente vinculada con los servicios externos, en especial los relacionados con el turismo y las finanzas internacionales. Esto ha determinado que el enclave cubanoamericano no pueda ser visto como un “ghetto” aislado del resto, sino que proyecta sus relaciones a escala nacional e internacional, en correspondencia con las características económicas, culturales y políticas de la región en que está asentado.

Ni siquiera Cuba escapa al comercio latinoamericano de Miami. Cientos de empresas, destinadas a satisfacer las demandas del mercado cubano con los más disímiles productos y servicios, conforman un entramado comercial que genera miles de millones de dólares anuales, dando forma a un mercado con características culturales tan peculiares, que ha devenido parte del “paisaje social” en ambos países. La moraleja es que cuando se intenta frenar estos intercambios, no solo se perjudica a la economía cubana, sino también a la miamense.

Como resultado de las ventajas comparativas antes mencionadas, Miami se ha convertido en el centro de las operaciones comerciales de Estados Unidos con América Latina; en una plaza para la difusión de la cultura y la ideología norteamericanas en la región, así como en un importante emporio financiero internacional, especializado en el mercado latinoamericano. Los cubanoamericanos han aportado buena parte del capital humano que ha posibilitado este desarrollo y, gracias a sus características culturales, son los más preparados para aprovecharlo, ya sea como gerentes, profesionales, empleados, incluso como socios de las empresas orientadas a estos fines.

II. Estructura económica de la comunidad cubanoamericana

Si analizamos la pirámide de la población económicamente activa de la comunidad cubanoamericana, encontraremos que los poseedores de capitales relativamente significativos apenas constituyen el uno por ciento del total, mientras que la llamada “clase media” -dígase pequeños propietarios, dirigentes administrativos y profesionales bien remunerados-, abarca un poco más de un tercio (38%) del conjunto. Más abajo estaría un 60% de asalariados, dentro de los cuales un 40% se ubica en la escala de los trabajos peor remunerados (Martin y Middley, 2009).

Los principales indicadores económicos, dígase ingreso per cápita anual (28 000 dólares), propiedad de las viviendas (51%), índice de pobreza (18%) y falta de seguro médico (28%), ubican a los cubanoamericanos en una posición intermedia entre el resto de los latinos y la media norteamericana (PEW, 2019). Donde único este patrón no se cumple es en el índice de encarcelamiento (3,01%), solo superado por los puertorriqueños (5,06 %) entre los latinos, y equivalente a la media nacional (3,04 %), la mayor del mundo (Portes y Rumbaut, 2006: tabla 26). Al parecer, tal indicador negativo está más relacionado con el tiempo promedio de estancia en Estados Unidos, que con las características antes de emigrar.

Según el Survey Business Owner de la Oficina del Censo de Estados Unidos (SOB) del 2010, los cubanoamericanos eran dueños de 251 000 empresas, el 75% de las cuales estaban radicadas en la Florida. Ello representó un crecimiento de casi el doble de las que poseían en 2002; sin embargo, solo 32 329 de estas empresas contrataban fuerza de trabajo -una cantidad casi idéntica a la de 2002-, por lo que básicamente tal incremento se debió al establecimiento de negocios personales independientes, con escasa acumulación de capital .

Aunque los cubanoamericanos ocupan el primer lugar entre los negocios latinos y se ubican solo detrás de chinos, hindúes y coreanos -dentro del conjunto de las minorías nacionales-, también es cierto que se aprecia una profunda diferenciación clasista, no solo entre empleados y empleadores, sino entre los propios propietarios de negocios, muchos de los cuales pudieran haber surgido como alternativa al aumento del desempleo en ciertos momentos.

El censo de 2010 indicaba que 814 000 personas integraban la fuerza laboral cubanoamericana empleada, aproximadamente el 45% de la población adulta; por encima de la media latina, que mostraba un 41% de incorporación al trabajo. Mirado desde el punto de vista de su distribución por sectores, el 63,5% laboraba en asuntos relacionados con la información, las finanzas y otros servicios relacionados con estas actividades; el 22% en el comercio y la transportación; un 7,3% en la manufactura y el 7% en la construcción, la agricultura y la minería (PEW, 2012).

Estos indicadores se correspondían con la estructura laboral norteamericana y también era bastante similar a la de los latinos, aunque aparecen diferencias entre los cubanoamericanos y el resto de estos últimos en cuanto al estatus ocupacional. Mientras el 33,4% de la fuerza laboral cubanoamericana realizaba trabajos como administradores y profesionales -el mayor por ciento ocupacional-, apenas un 21% de la media hispana se ocupaba en tareas de este tipo. Otro 26,5% de los cubanoamericanos trabajaba como vendedores y oficinistas, faenas que solo desempeñaba el 22% de la fuerza laboral latina.

En términos comparativos, la situación económica y social de los cubanoamericanos es mejor que la de la mayoría del resto de los grupos latinos, lo cual se corresponde con el nivel educacional promedio. Mientras que el 27% de los cubanoamericanos alcanza el nivel universitario, solo lo hace el 16% del conjunto latino (PEW, 2019).

Los descendientes nacidos en Estados Unidos muestran los mejores indicadores de los cubanoamericanos dentro del mercado laboral norteamericano. Aunque gracias al capital humano de que son portadores -y las facilidades que les ofrecen las redes establecidas en el enclave cubanoamericano-, los nuevos inmigrantes también han podido insertarse con relativa rapidez en el mercado laboral y muchos de ellos ascender en su estatus ocupacional, su situación contrasta con la de los primeros emigrados y sus descendientes.

III. Estructuras políticas de la comunidad cubanoamericana

En correspondencia con la estructura clasista resultante de los procesos de inserción de los inmigrantes a la sociedad norteamericana, la organización de los enclaves étnicos en Estados Unidos lleva aparejada la aparición de organizaciones, grupos e individuos que, a veces mediante mecanismos delincuenciales y represivos, asumen el control político de estas comunidades y aparecen como sus representantes en las relaciones con el resto de la sociedad. Este es el origen, tanto de las “mafias” que Hollywood se ha encargado de recrear, como también de organizaciones comunitarias y defensoras de los derechos de estas personas.

Con los cubanoamericanos ha ocurrido lo mismo, aunque con particularidades determinadas por el origen social de los primeros inmigrantes, su experiencia política previa en Cuba y sus vínculos históricos con el sistema estadounidense. Los beneficios de la función contrarrevolucionaria también explican que el tema cubano haya mantenido una vigencia inusitada en la agenda cubanoamericana, con destaque recurrente en las campañas políticas locales, aunque no sea la principal prioridad de los votantes.

El neoliberalismo económico, la fuga de capitales y el comercio desigual de Estados Unidos con América Latina han resultado fenómenos beneficiosos para la economía miamense e influido en las posiciones de la comunidad cubanoamericana hacia los problemas de la región, pero también explican los vínculos de ciertos sectores con la oligarquía latinoamericana y los sectores conservadores estadounidenses. La conjunción de estos factores ha implicado que los cubanoamericanos se convirtieran en uno de los grupos minoritarios más conservadores del espectro político norteamericano y Miami sea identificada como la “capital” de la derecha latinoamericana.

A pesar de que los cubanoamericanos apenas representan el 6% del electorado de la Florida, desde 1980 incrementaron su protagonismo en la vida política local y contribuyeron al reforzamiento del Partido Republicano en el condado de Miami. En la importancia relativa de su voto influyó la alta concentración demográfica, su activismo político y el monolitismo de sus posiciones políticas.

A pesar de que Miami-Dade constituye uno de los condados más demócratas de la Florida y el voto hispano favorece a este partido en todo el estado, debido a la presencia de los cubanoamericanos, es el único condado donde los republicanos alcanzan una mayoría de 51% entre los hispanos. Al margen de su importancia numérica, gracias a su activismo político, desde la primera década de este siglo, los cubanoamericanos controlan un tercio de los puestos electivos de Miami-Dade y la administración de las municipalidades donde están concentrados. Incluso ocupan posiciones directivas en áreas de menor concentración, lo que indica su integración con otros grupos de poder de la región (Eckstein, 2009: 94).

Tres de los seis senadores federales hispanos son de origen cubano, dos republicanos y un demócrata. Aunque solo Marco Rubio representa a la Florida, los tres han tenido un alto nivel de protagonismo en la política contra Cuba. Por su parte, en la Cámara de Representantes, de la cual forman parte 38 hispanos, los cubanoamericanos cuentan con una representación de diez congresistas, nueve republicanos y un demócrata. Tres de ellos son de la Florida, donde en las últimas elecciones recuperaron dos escaños que habían perdido en 2018. En todos los casos, sus posiciones se alinean con los sectores anticubanos del Congreso.

A escala estadual, donde el Congreso está compuesto por 40 senadores y 120 representantes a la Cámara, son cubanoamericanos tres de los siete senadores hispanos (dos republicanos y un demócrata), así como 8 de los 18 representantes a la Cámara, de los cuales cinco son republicanos. A pesar de que la representación cubanoamericana es relativamente escasa, llama la atención que puestos tan importantes como el vocero de la Cámara, por lo general han estado en manos de cubanoamericanos en los últimos años.

La maquinaria política local cubanoamericana puede ser descrita como una fuerza política bastante compacta, donde los conflictos entre los políticos, muchas veces escandalosos, no alteran su funcionalidad para los grupos económicos dominantes del enclave, en medio de un entorno político que califica entre los más corruptos e intolerantes del país.

Si bien los anglos continúan siendo los dueños de los grandes capitales de la Florida y ocupan tres cuartos de las directivas de las principales empresas, la burguesía cubanoamericana ha sabido ganar espacios en esta estructura y, sobre todo, acceder a buena parte de los negocios gubernamentales relacionados con la localidad. No se trata de un botín menor, entre 1970 y 2000 el sector público miamense aumentó su tamaño 27 veces y llegó a gastar 25 000 millones de dólares anuales. De hecho, la fuente fundamental de empleo del llamado exilio histórico no han sido las empresas del enclave, como muchas veces se piensa, sino este sector público miamense (Eckstein, 2009: 102).

En 2010, el 73% de la comunidad cubanoamericana tenía la ciudadanía norteamericana, entre ellos un poco más de la mitad de los que habían nacido en Cuba (PEW, 2012). El 90% de los que llegaron antes de 1980 eran ciudadanos, lo que les permitía hacer valer su peso poblacional dentro del electorado cubanoamericano. En comparación, solo eran ciudadanos el 18% de los que habían arribado después de esa fecha, por lo que, aun siendo una cuarta parte de la población, su impacto electoral es escaso. No así el de los descendientes nacidos en Estados Unidos, donde todos en edad de votar pueden hacerlo y se acercan a la mitad de la población.

Un aspecto muy discutido ha sido el relativo a la significación real del voto cubanoamericano. En verdad, su importancia ha sido bastante exagerada, toda vez que apenas representa el 6% del electorado de la Florida. Ni siquiera en los condados floridanos donde se concentra la mayoría, dígase Miami, Broward y Monroe, el voto cubanoamericano ha sido decisivo cuando se trata de elecciones presidenciales, donde siempre han ganado los candidatos demócratas (Sánchez Parodi, 2012: 9). No obstante, el que se haya reducido la diferencia en el apoyo demócrata de 29% en 2016 a 7% en 2020 en Miami-Dade, lo que se achaca al incremento del voto del voto hispano a favor de los republicanos, en particular el de los cubanoamericanos, es considerado como una tendencia que decidió la victoria de Trump en el estado y puede repetirse en las venideras elecciones (Anderson, 2022).

La lógica indica que el voto cubanoamericano importa de la misma manera que cualquier otro sector en un estado tan polarizado como la Florida, pero solo puede resultar decisivo en las elecciones locales, donde se concentra esta población y la participación apenas supera el 20% del electorado.

De todas formas, la influencia alcanzada por los grupos políticos cubanoamericanos en ciertos aspectos de la política norteamericana, nunca ha dependido del peso específico de su electorado. Lo determinante ha sido ser funcionales a determinados grupos de poder, particularmente al gobierno de turno, así como a su capacidad para moverse con pericia dentro de los vericuetos de la compleja política norteamericana, en lo cual ha incidido la existencia de una cultura política que tiene antecedentes en Cuba y se extendió en el propio quehacer de la actividad contrarrevolucionaria. Además, han contado con un nivel de fondos significativo, entre los que se encuentran los destinados por Estados Unidos a la guerra contra la Revolución Cubana. No son, por tanto, los que deciden la política hacia Cuba, pero su activismo ha sido un componente esencial en la construcción de un consenso respecto a la misma y también han contribuido a su diseño e implementación.

La mayoría de los observadores coinciden en que en las elecciones de 2020 Donald Trump puede haber obtenido alrededor del 60% del voto cubanoamericano, lo que significa un incremento apreciable para los republicanos en relación con los últimos años. No obstante, teniendo en cuenta que George W. Bush obtuvo cerca de un 80% en 2000, se confirma la tendencia a una pérdida de un 20% de apoyo a ese partido en lo que va de siglo.

Tal pérdida en el capital político republicano está en buena medida determinada por el impacto de los jóvenes, nacidos o formados en Estados Unidos, dentro del conjunto de votantes. Es precisamente en este grupo donde se observa una mayor afiliación al partido demócrata, así como las posiciones más proclives al mejoramiento de las relaciones con Cuba, aunque en los últimos años se aprecia un debilitamiento de las mismas, lo que altera el patrón de incremento que se observaba hasta entonces.

No existen suficientes estudios para esclarecer las posiciones hacia Cuba de los cubanos que llegaron a Estados Unidos después de 1980. Aunque se tiende a englobarlos dentro de la categoría de “nuevos emigrados” para diferenciarlos del exilio histórico, en realidad constituye un grupo muy heterogéneo, que emigró de Cuba en momentos muy diferentes (Mariel, el período especial o más recientemente), también por vías distintas (legal o de manera indocumentada, antes y después de pie seco/pie mojado), lo que indica grandes diferencias entre los mismos. A ello se suma haber recibido tratamientos muy diversos por parte de los gobiernos norteamericanos, según el momento y la condición de cada cual.

Aunque en sus actitudes ha predominado el interés por los vínculos con Cuba, digamos que en 2016 el 74,7% apoyaba las relaciones diplomáticas y el 60% se manifestaba en contra del bloqueo, activistas y observadores políticos, por su parte, han referido la impresión de que una buena parte de ellos apoyaron a Donald Trump y estaban de acuerdo con su política contra Cuba.

Las incógnitas al respecto son muchas, entre ellas, cuál es el nivel de insatisfacción política real con el que habían emigrado estas personas, poniendo en duda que se trata de una emigración exclusivamente económica, como en ocasiones se afirma. Por otro lado, en qué medida razones de idioma y la dependencia respecto a la vida del enclave, los hace más vulnerables a la influencia contrarrevolucionaria, así como hasta qué punto la política cubana hacia la emigración contribuye a alimentar estas actitudes o puede atenuarlas.

Aunque evidentemente ha aumentado el protagonismo de algunas de estas personas en los coros más estridentes contra Cuba, comparativamente son escasos los que se han sumado a grupos contrarrevolucionarios. En cualquier caso, la singularidad de sus posiciones respecto a la contrarrevolución tradicional radica en que sus pretensiones no son “recuperar” lo perdido en Cuba, aspiración que ha condicionado la ideología y las prioridades políticas del exilio histórico. También lo es su procedencia social, la experiencia de vida y sus vínculos existenciales con la sociedad cubana, por lo que resulta ajeno para la mayoría de ellos el presupuesto de condicionar el contacto con su país de origen al triunfo del proyecto contrarrevolucionario.

A pesar de las restricciones impuestas por el gobierno de Donald Trump, entre 2017 y 2019 un promedio anual de 500.000 cubanoamericanos viajó a Cuba, un mercado solo superado por los canadienses, entre los emisores de turismo a la Isla. Por otra parte, entre 2 000 y 3 000 millones de dólares anuales fue el monto de las remesas en esos años y se calcula que un 30% fue a parar al emprendimiento de negocios privados (Triana, 2020), lo que nos indica que el contacto con Cuba es muy fluido, aunque aún no están creadas las condiciones por la parte cubana para que podamos hablar de niveles de integración que justifiquen calificarla de una migración transnacional.

Toda vez que el mantenimiento de la beligerancia contra Cuba exige el aislamiento, y en ello se sustenta el discurso de la extrema derecha, las relaciones con Cuba se han convertido en el punto de demarcación del espectro político cubanoamericano y, a los efectos de este informe, es lo que determina la clasificación de sus principales corrientes políticas.

La extrema derecha cubanoamericana

La llamada “extrema derecha cubanoamericana” es continuidad del movimiento contrarrevolucionario contra Cuba y, en tal sentido, heredera de una relación especial con los sectores de poder norteamericanos y sus servicios especiales. Ni siquiera durante la administración de Barack Obama, la derecha cubanoamericana vio interrumpido el flujo de recursos gubernamentales aprobados por el Congreso destinados a sus actividades, hasta el punto de constituir un medio de vida para muchas personas.

A escala nacional, el activismo de la derecha cubanoamericana evolucionó hasta convertirse en lo que se ha dado en llamar el “lobby cubanoamericano”. Un conjunto de organizaciones, grupos y personas de extrema derecha que, no por heterogéneo y muchas veces en conflicto, deja de actuar con un alto nivel de coherencia política en los temas relacionados con la política de Estados Unidos hacia Cuba4.

Tal proceso constituyó un cambio trascendente en la propia naturaleza de la contrarrevolución, toda vez que reflejó un cambio de su condición nacional y el desplazamiento del escenario básico de su actuación, para convertirse en una fuerza estadounidense destinada a influir en la política de Estados Unidos hacia Cuba, lo que explica el relativo desinterés por establecer bases sociales dentro de Cuba y la consiguiente falta de influencia dentro de la Isla, aunque esto no excluye la promoción de ciertos grupos domésticos que sirven a sus intereses.

Siguiendo la tradición contrarrevolucionaria, el objetivo esencial del lobby cubanoamericano ha sido propiciar la intervención militar norteamericana en Cuba y, mediante la imposición de Estados Unidos, ocupar el vacío de poder que generaría esta situación. La capacidad para movilizar recursos económicos con fines políticos, ha sido un factor decisivo en la influencia alcanzada por estos grupos. Buena parte del dinero utilizado ni siquiera proviene de sus supuestos donantes, sino del reciclaje de fondos gubernamentales que se desvían para estos fines. No obstante, no solo ha importado el volumen de las contribuciones, sino su oportunidad y conveniente ubicación, con lo que han logrado un nivel de influencia que tampoco ha sido ajeno al grado de temor que infunden en ciertos políticos norteamericanos.

Sus representantes están vinculados a las estructuras locales y nacionales de ambos partidos, aunque con predominio republicano. Desde hace años vienen ubicando a figuras en cargos políticos de importancia, como secretarías del gobierno federal, asesores del presidente y embajadores de Estados Unidos en varios países. Junto a esto, ha ido en aumento su presencia en la burocracia gubernamental, lo que les permite influir de forma permanente en el diseño e implementación de políticas, sin importar cuál sea el gobierno de turno.

Tal presencia se manifiesta de forma particular en la política de Estados Unidos hacia América Latina y especialmente hacia Cuba. Convertidos en “especialistas” de la región, los burócratas cubanoamericanos de la derecha trasladan al gobierno norteamericano su visión respecto a la realidad latinoamericana y muchas veces son los encargados de gestionar la diplomacia y las acciones intervencionistas, por lo que, si bien no son los que deciden la política del país, influyen de manera importante en ella.

La derecha cubanoamericana también cuenta con varias organizaciones denominadas Political Action Committes (PACs), encargadas de contribuir selectivamente a las campañas de los políticos sobre los cuales pretenden influir o contra aquellos que no se pliegan a sus demandas. Además, la derecha cubanoamericana tiene presencia en varios “tanques pensantes”, especialmente de tendencia conservadora; en organizaciones “promotoras de la democracia y los derechos humanos”, las cuales reciben fondos de diversas fuentes, entre ellas el gobierno, para el ejercicio de la política oficial por vías no gubernamentales, así como en importantes bufetes de abogados y en empresas cabilderas privadas, muchas veces integradas por cubanoamericanos que han formado parte del gobierno.

La relativa alta presencia de políticos cubanoamericanos a escala local y nacional ha convertido a la comunidad cubanoamericana en el grupo hispano proporcionalmente mejor representado del país y también en el más conservador, ya que todos forman parte de la extrema derecha, al menos en lo referido a la política externa del país y particularmente al tema cubano. Vale destacar que en la actualidad casi todos los políticos cubanoamericanos electos a nivel federal y estadual son descendientes nacidos en Estados Unidos, lo que indica un claro traspaso generacional en la representación política de la comunidad cubanoamericana, sin menoscabo de la preponderancia de la derecha, toda vez que sus carreras han estado ligadas a esta maquinaria.

Durante la presidencia de Barack Obama, la influencia de estas personas disminuyó en el diseño y aplicación de la política hacia Cuba, pero fueron capaces de bloquear aquellas iniciativas legislativas destinadas en sentido contrario a sus posiciones, dificultar acciones gubernamentales encaminadas a flexibilizar la política hacia Cuba y, sobre todo, a fiscalizar la implementación de las normas establecidas por la ley Helms-Burton, a través de presiones e influencias sobre los organismos encargados de ejecutarlas, como es el caso del Departamento de Estado y la oficina OFAC del Departamento del Tesoro.

Durante el gobierno de Donald Trump, los políticos cubanoamericanos de derecha lograron aumentar su presencia en el Congreso e incrementar su protagonismo a escala nacional. Además de recuperar los escaños perdidos en el sur de la Florida, los senadores Ted Cruz y Marco Rubio han aumentado su peso específico dentro del partido republicano y se repiten como posibles candidatos para la nominación presidencial republicana en 2024 o más adelante. En el caso de los demócratas, haber logrado una estrecha mayoría en el senado implica que Bob Menéndez, desde la presidencia del Comité de Relaciones Exteriores en esa instancia, ha sido un factor de mucha influencia en la política de Biden contra Cuba.

La extrema derecha cubanoamericana funciona integrada a sus similares latinoamericanos y ha sido un factor relevante en los intentos de revitalización de estas fuerzas en la región, destacándose por su participación en golpes de Estado, la creación de coaliciones entre los diversos grupos y países, el financiamiento de sus actividades, la manipulación de la opinión pública y el acceso a diversos sectores de poder norteamericanos, con vista a influir en la política de Estados Unidos al respecto.

Por su impacto en el clima político en que se asienta su práctica, en el debilitamiento de la hegemonía de la extrema derecha puede influir de manera decisiva el incremento de los vínculos de la comunidad cubanoamericana con la sociedad cubana. Otra variable en su contra es el desarrollo de tendencias políticas alternativas, que actúan como contrapartida de la derecha a escala local y nacional. En este caso se encuentran los llamados grupos “moderados”, los coexistencialistas y la izquierda cubanoamericana.

La tendencia moderada

El nombre se lo puso la prensa, para resaltar la supuesta “moderación” de un grupo de políticos de derecha que habían llegado a la conclusión de que la política hacia Cuba había fracasado y se requerían nuevos métodos para el tratamiento del tema cubano, aunque ello no significara renunciar al objetivo estratégico de derrocar a la Revolución.

Algunos analistas han expresado el criterio de que solo se trata de un cambio de retórica respecto a las posiciones de la extrema derecha, pero en la práctica no constituye un cambio menor, toda vez que en los métodos se concreta la política y tal postura conlleva rechazar las acciones más agresivas, así como establecer un estado de convivencia que amplía la capacidad de influencia cubana sobre la conducción del proceso.

En verdad, los moderados están atrapados en la disyuntiva de que su crédito y eficacia -ya sea de cara al sistema norteamericano o a la comunidad cubanoamericana-, depende de que sean aceptados por el gobierno de Cuba y puedan interactuar con la sociedad cubana, lo que, en la mayor parte de los casos, coloca la iniciativa en manos cubanas, cosa muy distinta a lo que ocurre con el enfrentamiento a la extrema derecha.

En la medida en que el gobierno de Obama asumió tesis similares en la conducción de la política hacia Cuba, alrededor de esta corriente se agruparon, de manera más o menos formal, importantes sectores cubanoamericanos, portadores de una considerable capacidad económica y política. En especial, un nutrido grupo de empresarios cubanoamericanos que acompañaron al presidente durante su visita a Cuba, en marzo de 2016.

Una diferencia fundamental de esta corriente respecto a la derecha es que no condicionan las relaciones con Cuba al derrocamiento previo del gobierno revolucionario. Les interesa promover el diálogo y, en tal sentido, por lo general reconocen la autoridad de los gobernantes cubanos para negociar en nombre de la nación. También abogan por influir en el gobierno y el Congreso norteamericanos, con vista a mejorar las relaciones entre los dos países, toda vez que aumentar su capacidad de acceso a Cuba constituye el centro de su proyecto.

Mientras que la estrategia de la extrema derecha ha consistido en fomentar la asfixia económica, el aislamiento internacional, el caos interno y finalmente la intervención militar de Estados Unidos en Cuba, el objetivo expreso de los grupos moderados consiste en que la política norteamericana se oriente a facilitar su influencia sobre la sociedad cubana. Este interés por incidir en la política doméstica cubana con miras a un eventual cambio de régimen, los acerca en sus objetivos a la derecha, a la vez que los distancia de los coexistencialistas y la izquierda, donde esta intención no se manifiesta de manera prioritaria.

Bajo la sombrilla de la “reconciliación nacional” y la “democratización” de Cuba, la mayor parte de los grupos moderados reclaman tanto la aceptación de los llamados disidentes internos, como su propia participación en la vida política nacional. Por otra parte, han tratado de proyectar un trabajo sobre sectores que consideran clave, como el empresariado privado y los jóvenes, así como vincularse con diversos actores de la sociedad cubana, particularmente con la Iglesia Católica, que evidentemente les ha brindado apoyo.

Además de impactar contra el clima de beligerancia que ha servido a las corrientes más hostiles, los moderados aportan “credibilidad étnica” a los sectores estadounidenses que favorecen un mejoramiento de las relaciones con Cuba y contribuyen a la construcción de un consenso nacional favorable a las mismas. Esto explica que, tanto liberales como conservadores, demócratas y republicanos, hayan cultivado la relación con estos grupos, integrándolos de esta manera al conjunto de fuerzas que actúan en este sentido.

Los moderados no se han decidido a actuar de manera organizada y pública como fuerza política en el sur de la Florida, ni a colocar su agenda respecto a Cuba en los debates electorales a nivel local y nacional, como hace la derecha. Ello constituye una de sus principales flaquezas, toda vez que no dan visibilidad a una base electoral que todas las investigaciones definen como mayoritaria, ni se colocan en posición de influir en esta dinámica cualquiera sea el gobierno de turno, lo que les resta valor político, tanto en Estados Unidos como en Cuba.

Tal actitud puede tener que ver con el compromiso histórico de algunos dirigentes moderados con la maquinaria cubanoamericana a nivel local o con el temor de algunos políticos norteamericanos de que el tema de Cuba perjudique sus aspiraciones. En cualquier caso, es probable que esta situación esté en proceso de cambio, ya que es conocido que, en los últimos comicios electorales, activistas moderados contribuyeron de manera discreta a las candidaturas de políticos demócratas, incluso de otro origen nacional, en competencia con la derecha cubanoamericana por la elección del presidente y algunos escaños congresionales.

La tendencia coexistencialista

A falta de otro mejor, por su uso desde hace muchos años, se ha escogido el término “coexistencialista” para definir a una corriente de pensamiento muy amplia y poco estructurada, encaminada a satisfacer intereses sociales, culturales y económicos, implícitos en la relación de la emigración con la sociedad cubana.

El objetivo expreso de estos grupos y personas es el establecimiento de un clima de convivencia entre los dos países, cualquiera sea el régimen político existente en Cuba. Tal definición nos indica que, si bien no son portadores de un proyecto subversivo, tampoco se caracterizan por ser defensores del régimen socialista cubano.

La voluntad de relacionarse con Cuba se expresa de muchas maneras, entre otras, el interés en actualizarse por lo que ocurre en el país y disfrutar de su cultura; la constante comunicación con familiares y amigos; los viajes en ambas direcciones y los envíos de remesas. Incluso la posibilidad de invertir en el país, lo cual ya se concreta de manera informal a través de los pequeños negocios, como resultado de la actualización del modelo económico cubano.

Los coexistencialistas operaron a finales de la década de 1970 y llegaron a convertirse en una expresión bastante masiva de apoyo al llamado “diálogo” con el gobierno cubano. En algunos casos lograron articularse en organizaciones que, a pesar de haber sido blanco recurrente de los grupos terroristas, tuvieron considerable repercusión en la opinión pública de ambos países, hasta desaparecer de manera casi natural, cuando se restablecieron los viajes a Cuba y cambiaron las condiciones que le dieron origen.

La diferencia de estas personas con lo que pudiéramos llamar la “nueva coexistencia”, radica en la composición social de ambos conglomerados y la complejidad de sus intereses respecto a Cuba. En el primer caso, se trató por lo general de personas mayores, en su mayoría mujeres de escasos ingresos que, alimentadas básicamente por la nostalgia, tenían un deseo bastante elemental de reencontrarse con sus familiares y amigos en Cuba. En contraste, en la composición de los actuales coexistencialistas predominan personas relativamente jóvenes, ya sean los denominados nuevos emigrados o descendientes de inmigrantes cubanos nacidos en Estados Unidos, los cuales conforman un grupo social muy heterogéneo, que explica la diversidad de características y manifestaciones presentes en esta corriente.

Contrario a los vociferantes grupos coexistencialistas del pasado, los nuevos emigrados aparecen descritos como “apolíticos”, centrados en su supervivencia y la satisfacción de las expectativas materiales que aparentemente determinaron su decisión de emigrar. Como ya vimos, su peso específico en el electorado cubanoamericano se ve limitado por los años que conlleva obtener la ciudadanía norteamericana y es también el sector peor ubicado en la escala social de la comunidad, lo que limita su protagonismo político.

Por otras razones, explicables a partir del rechazo a la política tradicional del exilio histórico, a la tendencia coexistencialista habría que agregar a una parte significativa de los descendientes de inmigrantes cubanos nacidos en Estados Unidos, el sector poblacional más liberal y el que más respalda un cambio de la política hacia Cuba. Estas personas, por demás, se vinculan a los grupos económicos, norteamericanos y cubanoamericanos, cuyo interés primordial es hacer negocios con Cuba.

La mayor parte del conglomerado cubanoamericano habría que ubicarlo dentro de la corriente coexistencialista, toda vez que está demostrado que apoyan los vínculos con Cuba. Es posible, por tanto, que surjan grupos o políticos interesados en explotar este potencial en las campañas electorales locales. En particular, los moderados no podrán desentenderse de los intereses de este electorado si deciden tener una presencia activa en la vida política del sur de la Florida, lo que condicionaría los límites de sus actividades respecto a Cuba, toda vez que no pueden convertirse en un obstáculo para las relaciones de estas personas con el país.

De todas formas, en el desarrollo de este proceso intervienen múltiples variables, entre las que habría que mencionar el clima político estadounidense y el avance de las tendencias que, dentro del establishment de ese país, abogan por el mejoramiento de las relaciones con Cuba; la concreción de estas posiciones en el comportamiento del voto cubanoamericano, así como las condiciones económicas de Cuba y la política que adopte el gobierno para el tratamiento del fenómeno migratorio y las relaciones con la emigración, especialmente la radicada en Estados Unidos.

La izquierda cubanoamericana

Es una tendencia que tuvo su origen en los emigrados radicados en Estados Unidos que apoyaron a la Revolución Cubana durante el período insurreccional y mantuvieron esta posición después del triunfo. Existió hasta la desaparición física de sus participantes y fue la Casa de las Américas de New York la organización que mejor representó a estos grupos.

Tuvieron su continuidad en las revistas Areíto y Joven Cuba, en la Brigada Antonio Maceo (BAM), el Comité Cubano Americano, el Círculo de la Cultura Cubana y otras organizaciones que alcanzaron un alto nivel de protagonismo en las décadas de 1970 y 1980, caracterizadas por su respaldo a las causas revolucionarias dentro y fuera de Estados Unidos, en particular por su compromiso con la Revolución Cubana.

La principal utilidad de estos grupos es que, al igual que la derecha y los moderados aportan “credibilidad étnica” a las posiciones de sus aliados respecto a Cuba, ellos hacen lo mismo en las campañas de solidaridad con la Revolución Cubana, que se desarrollan en Estados Unidos. Este es el caso de organizaciones como la Alianza Martiana, la Brigada Antonio Maceo y Puentes de Amor, entre otras.

No obstante, el verdadero potencial de la izquierda cubanoamericana ya no radica en sus organizaciones, sino en la inserción de personas de esta tendencia en el acontecer político, cultural y social norteamericano. Son aquellos que están integrados a las campañas de Bernie Sanders y otros políticos progresistas, los que se oponen a la xenofobia y el racismo promovido por los ultraconservadores, los que defienden los derechos de las mujeres y las personas LGBT, los que combaten las desigualdades y abogan por un mejor trato a los más desvalidos, los que defienden el control de armas y se oponen a las guerras imperialistas, para solo citar algunas de las causas más conocidas.

Al igual que ocurre con otros sectores de izquierda en todo el mundo, para los cubanoamericanos resulta particularmente problemático posicionarse en los temas donde la derecha ha logrado establecer matrices de opinión muy extendidas y, en ocasiones, ello conduce a discrepancias con la política oficial cubana, así como a conflictos con ciertos sectores del país, que mantienen posiciones muy rígidas en estos y otros asuntos.

No obstante, dadas sus posiciones de respeto a la soberanía cubana, la no agresión a Cuba y el rechazo a las llamadas políticas de “cambio de régimen”, su posicionamiento en relación con otros temas internacionales, así como su conducta política en el entorno político norteamericano, no parece adecuado situarlos en las filas del “enemigo”, como a veces ha ocurrido, ni excluirlos a priori del debate nacional cubano, asumiendo que sus críticas provienen de la desviación ideológica, la ignorancia o la mala intención.

Por el contrario, en muchos casos estamos en presencia de profesionales usualmente bien informados de la realidad cubana, cuyos criterios reciben la atención del mundo académico, la prensa y otros circuitos de interés para Cuba en Estados Unidos, e incluso tienen un impacto en la sociedad cubana, dadas sus relaciones en el país. Organizaciones como Cuban American for Engagement (CAFÉ) (2014) y medios de prensa como Progreso Semanal y OnCuba reflejan el pensar de esta tendencia.

Al parecer, el dilema para la política cubana respecto a estos casos radica en aprender a lidiar con las diferencias y, mediante el diálogo, potenciar la considerable capacidad de conciliación que existe con estas personas, algunas de las cuales ocupan posiciones de influencia dentro del sistema norteamericano.

Conclusiones

Convertida por la política norteamericana en la base social de la contrarrevolución, la emigración ha sido un factor muy negativo para la sociedad cubana y las relaciones entre los dos países, sobre todo en la medida en que la residente en ese país se ha integrado a la sociedad estadounidense y la extrema derecha asumió su representación política.

Revertir esta condición tiene una importancia estratégica para Cuba y ello responde a un proceso que depende de dos eventualidades: el incremento de las relaciones de los emigrados con Cuba y el desarrollo de tendencias políticas que sirvan de contrapeso a la extrema derecha, en el concierto político cubanoamericano.

Las transformaciones sociales y políticas ocurridas en la emigración y el fracaso de la política norteamericana encaminada a derrocar a la Revolución, constituyen una base objetiva para plantearse este propósito, aunque su devenir dependerá de muchas variables, entre ellas:

  • El mantenimiento de la estabilidad política en Cuba y el éxito de los planes de desarrollo económico.

  • El desarrollo de políticas nacionales encaminadas a incorporar a la emigración a este empeño.

El contacto entre los emigrados y la sociedad cubana constituye el recurso más efectivo de que dispone Cuba para sumar a buena parte de la comunidad cubanoamericana a las corrientes que favorecen un cambio de la política de Estados Unidos hacia el país y significaría un estímulo decisivo para las mismas.

Las reformas a la política migratoria llevadas a cabo en 2013 constituyeron un paso importante en esta dirección, pero aún tiene limitaciones que resulta indispensable superar. De hecho, la política migratoria cubana aún no cuenta con los incentivos requeridos para promover el compromiso de los emigrados con su patria de origen y alimentar un mayor respaldo al pueblo cubano, en el enfrentamiento con Estados Unidos.

Aunque el interés por los contactos con Cuba responde a razones y objetivos diversos, así como en muchas ocasiones ni siquiera es la política o la ideología el aspecto central de las motivaciones que determinan este interés, ello se traduce inevitablemente en política, en la medida en que altera el orden vigente dentro de la comunidad cubanoamericana y pone en crisis el discurso que ha sustentado a la política contra Cuba.

En resumen, por su propia conveniencia, Cuba está abocada en la necesidad de un cambio esencial en la concepción de su política migratoria. Si bien en 1978 transitó del rechazo y el distanciamiento de los primeros años, a cierta aceptación y la disposición al diálogo que rige en la actualidad, ahora se impone transformarla en una política de “aproximación e integración”, para incorporarla orgánicamente a los destinos de la nación.

Una política de este tipo requeriría de un marco legal que establezca con claridad los deberes y derechos de los emigrados en Cuba, que tenga en cuenta sus necesidades e intereses y que posibilite su inserción en aquellos aspectos de la vida nacional donde esto sea posible.

Las políticas que se instrumenten deben estar respaldadas por investigaciones científicas del potencial y la migración cubana, así como de sus vínculos con la sociedad cubana y las sociedades receptoras. Estas investigaciones requieren de un esfuerzo multidisciplinario y un mejor aprovechamiento de las fuentes cubanas, así como del acceso a fuentes extranjeras y la colaboración con centros extranjeros e investigadores residentes fuera del país.

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Recibido: 27 de Agosto de 2022; Aprobado: 24 de Octubre de 2022

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