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Conrado

versión impresa ISSN 2519-7320versión On-line ISSN 1990-8644

Conrado vol.16 no.75 Cienfuegos jul.-ago. 2020  Epub 02-Ago-2020

 

Artículo Original

La actividad del profesor universitario y su ideal de profesor

The activity of the university teacher and his ideal of teacher

Berta Margarita González Rivero1  * 
http://orcid.org/0000-0003-4035-0905

1 Universidad de La Habana. Cuba

RESUMEN

El artículo trata acerca de una visión de la actividad del profesor universitario donde se presentan un conjunto de transformaciones que son emanadas de los cambios que se han producido en el mundo. Esta visión forma parte de un proyecto de investigación que se realiza por la Institución en la que se tiene como propósito aportar una concepción teórica metodológica de la formación del profesor con una visión integral. En esta parte se han utilizado los métodos teóricos de investigación y se han sistematizado investigaciones precedentes que sirven de preámbulo a la nueva visión. Por otra parte, se analizan diferentes posiciones del ideal de profesor universitario y se valora la necesidad de una reconsideración de esos modelos, por no armonizar con los retos a que está sometido.

Palabras clave: Actividad del profesor universitario; profesor universitario; buen profesor; profesor ideal

ABSTRACT

This article is about university professor activity here various transformations are presented. These transformations are relating with world changes. This view is a part of a research that is going on by this Institution with the proposal of creates a theoretical and methodological view of the professor formation with an integral model. The methods of investigation utilized were theoretical and systematization of others researches that widen this idea. On the other hands, it is analyzed different positions of good university professor models and it is evaluated the necessity of reconceptualized that model because it disagree with today risks.

Keywords: University professor activity; university professor; good professor; ideal professor

Introducción

En la mayoría de los países se hace alusión a cómo los cambios, no sólo en el mundo sino en las universidades, han complejizado el trabajo del profesor universitario y también han incrementado las funciones de las universidades. De ahí la importancia de incursionar en la formación del profesor y en las características de su actividad, ya que es considerado como el factor principal para la calidad de la educación. Lamentablemente los cambios que se materializan en la realidad, aún siguen atados a las mismas normativas universitarias, a tradicionales estructuras, viejas formas de gestionar, formas habituales de formación docente y, además, a retrasos en el desarrollo científico de la base de la enseñanza. No obstante, los obstáculos y limitaciones, no sólo hay un intento de realizar transformaciones en los currículos y en las formas de enseñar, sino que se ha ganado cierta conciencia de la necesidad de los cambios que estimula no desaprovechar cualquier posibilidad de ganar ventaja en este camino. El profesor es clave en ello.

Dada la importancia del profesor universitario, se ha considerado necesario realizar una conceptualización teórica metodológica de la actividad de este profesor y, de qué puede esperarse de cómo debe ser esta persona en las condiciones cambiantes de todos los procesos sociales, económicos, tecnológicos, ecológicos, culturales, etc. Para esta parte se han utilizado los métodos teóricos de investigación y las investigaciones precedentes en la temática de formación de profesores. Las ideas que se aportan intentan desentrañar la complejidad de esa actividad que, aunque se denomina docente, ya dista mucho de ser estrictamente así. Asimismo, se muestra en alguna medida el débil cimiento que brinda la ciencia pedagógica para la educación superior y la lentitud del desarrollo científico pedagógico para este nivel de enseñanza. Los conocimientos didácticos y metodológicos en los que se fundamenta la ciencia en la actualidad resultan insuficientes.

La docencia ha sido objeto de polémica en cuanto a si puede considerarse una profesión o no. Independientemente de los argumentos que se puedan exponer al respecto, es un hecho que la docencia en el caso del profesor universitario difiere del resto de los niveles de enseñanza que le anteceden. Además, este profesor que realiza su profesión en uno de los niveles más altos como lo es la universidad, que es la encargada de formar los profesionales de todas las profesiones, es precisamente quien no ha sido preparado en su profesión.

Desarrollo

El profesional universitario que ingresa como profesor, presenta muchas dificultades en su ejercicio por lo referido anteriormente. Él no fue preparado para el ejercicio profesional que va a realizar. Unos son más conscientes que otros de esta situación porque a veces tienen la noción del modelo del profesor de los inicios en que se pensaba que lo principal era su especialización en la ciencia de la cual estaba graduado y con eso era suficiente. Hoy es evidente que no basta con ello y si los directivos de las instituciones de educación superior no asumen esto, la universidad se queda en desventaja para la formación que se espera de ella. Y, por otra parte, contribuyen a la desprofesionalización de esa profesión. El propio lenguaje utilizado, a veces da idea de que su actividad es vista inadecuadamente, cuando se habla de carga docente. Cada vez más, la complejidad de la actividad y las nuevas demandas sociales imponen una redefinición del trabajo del profesor. El profesor universitario requiere transitar por un camino y convertirse en profesor. Esta necesidad se hace palpable cuando ni siquiera los años de docencia universitaria pueden ser evidencias de profesionalización como profesor, cosa que ya recalcaba Díaz (2006), cuando expresa no confundir antigüedad con experiencia.

Al hablar de profesión es conveniente valorar algunas posiciones al respecto. Para Freidson (2001), el concepto de profesión va cambiando y también es visto de diferentes maneras según la ciencia que lo trate. Por eso, según este autor no existe consenso en su definición desde Flexner en 1915 y es mejor analizar el proceso para llegar a ella, que definirla.

Larrosa (2010), considerando que la docencia es una profesión, valora una serie de cuestiones que la diferencian de otras, tales como: material que trabaja, roles, contexto donde se desarrolla, fines y medios. Como se aprecia el profesor trabaja con personas, pero a diferencia de cualquier otro profesional que se relaciona, él tiene a esa persona como su principal objeto, pero a su vez es un sujeto. Por tanto, la formación de esa personalidad constituye su fin.

Por otra parte, su actividad no se realiza adoptando un rol como pudiera ser en otras profesiones. En ella él asume diferentes roles que están imbricados y que son demandados de la complejidad que tiene su actividad y el objeto de su profesión. Por eso, a veces, al hablar de docencia universitaria no se limita sólo a la función de impartir clases sino a otras funciones que son inherentes a su labor, muy relacionadas con ella.

El propio carácter de esa actividad implica que no basta con tener cualidades de tipo profesional, sino que es esencial el compromiso con ella. La personalidad del profesor es parte de sus recursos para el desempeño, lo que no ocurre en otras profesiones. Por eso, no puede considerarse un trabajo como medio de vida, que percibe un salario y cuya relación interpersonal no necesariamente influye en los resultados. Este autor así lo valora porque para él este profesional se compromete más allá de su contrato laboral.

La incorporación de un profesional a la docencia universitaria constituye una decisión responsable y de complejidad, porque requiere no solo dominar la ciencia de la cual es graduado sino dominar saberes específicos de cómo lograr que otra persona aprenda, pero en condiciones específicas y diversas. El reto que le impone la sociedad es aún mayor porque supera los conocimientos pedagógicos y necesita conocimientos de otras ciencias. Esto no es simple, porque para ello debe penetrar en un campo nuevo: principios y leyes de la formación; características de la edad con la que trabaja; estructura, diseño y realización de la enseñanza según exigencias y logros de la ciencia pedagógica; establecimiento de relaciones y cómo tomar decisiones que implican juzgar a otros y observar adecuadamente los cambios, aprender a trabajar en grupos, aprender a reflexionar sobre su práctica, gestionar diversidad de recursos, etc. Es asumir una doble profesión, una en la que está especializado y otra que es la que ejerce con múltiples roles.

La mayoría de los que se han desempeñado como profesores universitarios y han vivido las experiencias emanadas de ello, los conflictos que se presentan y las situaciones que tienen que enfrentar, están convencidos que esa actividad tiene mucho de ciencias, pero también mucho de arte.

Antecedentes de esta actividad

Al repasar la evolución del que ejerce la docencia, se aprecia cómo se han dado cambios cualitativos que muestran que lo que hoy puede considerarse un profesor dista bastante de lo que en sus inicios era concebido. La docencia en sus inicios estaba concebida como trasmitir conocimientos, por lo que el modelo de profesor era el que dominara bien los saberes de la ciencia en la que era reconocido. Se pretendía que el académico fuera fuente inagotable de conocimientos, solución de todos los males y prácticamente un erudito. Pero esa condición en la actualidad es insuficiente, aunque sea necesaria.

Aun cuando la mayoría de los estudios que hacen referencia a la evolución de la docencia tienen como referente la docencia en niveles precedentes a la universidad, la visión y el reconocimiento se traslada al nivel universitario, aunque siempre con cierto acrecentamiento. El primer momento se caracterizó por la contraposición entre dos paradigmas: vocación y apostolado & oficio aprendido. Esto sucede a mediados del siglo VIII y principios del XIX. El primer paradigma concibe la docencia como consagración y apostolado, sin interés material; y el segundo, como práctica orientada por principios aprendidos.

Ya en los años 70 se transforma en una visión de trabajo por lo que se va acercando al resto de los trabajadores. Esto incide en que se aleje de la consideración de profesión. En la actualidad siguen estando presente estas dos visiones, pero con influencias de las nuevas condiciones en que se desempeña esta actividad. De ahí que en las concepciones teóricas se siguen manifestando dos tendencias: no considerarla una profesión por lo que sería un trabajo y considerarla una profesión. La consideración de la docencia como profesión es bastante reciente y se inserta en un gran número de profesiones que tienen ya una historia. La universidad se queda un poco rezagada ya que al no tener como exigencia la formación pedagógica inicial de sus profesores, sigue arrastrando la concepción de dar importancia al conocimiento y los saberes de las ciencias particulares, por lo que un profesor universitario se conocía como un catedrático en la ciencia.

No obstante, ninguna de las concepciones que se han desarrollado puede explicar la actividad del profesor universitario porque los cambios y las demandas la han complejizado. Son predictivas las ideas de Gros & Romaña (2004), citado por Más (2011), cuando consideran que la profesión docente del siglo XXI poco tendrá que ver con la imagen de un profesor subido a un podio e impartiendo su clase frente a un grupo de alumnos.

En este sentido, García (2010), hace una valoración de los desafíos de la profesión, que son acertados, ya que parte de la evolución de las demandas sociales hacia los sistemas educativos y los cambios en la apropiación del conocimiento. Asimismo, enfatiza como el valor de la sociedad está en el nivel de formación de sus ciudadanos que es la meta de la educación.

Por eso, no es simplemente el dominio de los saberes de una ciencia, de su profesión, lo que requiere un profesor universitario. Requiere el dominio de una segunda profesión, que tampoco se limita a otra ciencia, que es lo que le permitirá realizar la formación integral, aportar los ciudadanos que necesita la sociedad y la humanidad.

La actividad del profesor universitario difiere sustancialmente de la docencia en los niveles precedentes y son cuestiones de las que no se puede prescindir en ningún estudio riguroso.

La docencia universitaria, independientemente del valor que se le debe dar a la maestría pedagógica que debe alcanzar el profesor, tiene una base muy fuerte en la especialización de alto nivel, ya que de lo que se trata es saber poner la ciencia que se domina en términos didácticos y educativos. Sin dominio de la ciencia es imposible encontrar el camino de la mejor forma de organizar el aprendizaje.

El amplio margen y nivel de las decisiones que toma difieren de otros niveles de enseñanza. Este profesor decide lo que debe incluir en su clase, en su bibliografía y otros recursos. No sólo elabora los programas de su asignatura, sino que define la metodología a seguir según considere más efectiva para el aprendizaje. Además, decide sobre los adelantos del estudiante en el camino de hacerse profesional. Y, por último, decide si está o no en condiciones de considerarse un graduado universitario.

En la docencia universitaria están presentes, entre otros roles en la actualidad, dos roles: el de docente y el de investigador. En este nivel de educación toma mayor sentido la investigación que se convierte en consustancial del resto de los roles y es el escenario que le posibilita vincularla mejor con la docencia y además con la extensión, que es un vínculo con la profesión.

Por tanto, la actividad del profesor universitario está en la antesala del ejercicio de la profesión, lo que significa su influencia e incidencia directa en los cambios y las transformaciones sociales. El profesor universitario tiene que estar constantemente actualizado de los problemas y las innovaciones que se suceden en las profesiones. Su responsabilidad social es considerada mucho más elevada y el compromiso también, por esta razón es más valorado.

La cercanía con la vida profesional y social le da un valor inmediato al producto que pone al servicio de la sociedad. Se llega a consideraciones acerca de cuánto ha logrado forjar un ciudadano capaz de transformar y cuánto ha formado un profesional que pueda mantenerse a tono con los rápidos cambios que se suceden.

La actividad del profesor universitario y los cambios que la complejizan

Penetrar en la complejidad de la actividad del profesor universitario es una tarea difícil, mucho más en la actualidad. Ella difiere del resto de las actividades y se vincula con todas las profesiones porque en el caso de la actividad del profesor universitario tiene como misión formar al resto de los profesionales. En sus inicios al valorarse como profesión igual que otras, se le dio lugar principal al conocimiento objetivo de la ciencia, el saber de la disciplina específica de que se trataba. Pero, con el tiempo, las transformaciones tanto económicas, sociales, tecnológicas, etc. van orientando lo trascendental hacia otras cuestiones de esa actividad.

La propia esencia de la educación lleva a considerar que es una actividad cuyos resultados no son ni determinados, ni seguros, ni uniformes, ni completamente predecibles. De ahí que, es imprescindible la profesionalización constante y la actualización y reflexión permanente que se constituye en una obligación moral. Esto en el caso del profesor universitario es de mucha más importancia, por las desventajas que tiene con relación al resto de los docentes y por la situación más compleja en que se desempeña.

Vázquez & Escámez (2010), destacan el carácter relacional de esta actividad y consideran que ahí están los productos más valiosos de la clase. Lo expresado tiene mucho valor para el profesor universitario por la simetría que se debe alcanzar en una enseñanza en la que el estudiante se debe insertar como persona. Deja de ser oyente o seguidor de orientaciones para ser un activo transformador de la realidad y de él mismo. Es una profesión que no queda en el marco del escenario donde se desempeña, sino que tiene un compromiso social y una encomienda que de no ser cabalmente realizada tiene implicaciones inmediatas y mediatas que son objeto de reclamos. No sólo los estudiantes tienen expectativas sobre el desempeño de su profesor, sino los directivos, los padres, la comunidad y la sociedad en general, todo lo que genera un aumento del estrés. En esta actividad el profesor está incorporando todas sus cualidades al proceso, a veces sin darse cuenta y está obligado a interactuar con las personas que enseña. Cuestiones, estas, que no se aprenden en ningún curso. El profesor descubre su personalidad día a día. Aunque no exponga su historia de vida, se muestra tal como es y por eso es difícil no incorporar también sus conflictos, imbricar sus intereses y sentimientos personales. De ahí el contenido ético de esta relación en la que el profesor es una persona que expresa la dignidad humana y con las posibilidades de crear las condiciones educativas para que el estudiante pueda desenvolverse con todas sus potencialidades.

El escenario en que se produce esa relación tiene tal complejidad que exige al profesor si no un dominio, al menos una comprensión de la diversidad de variables que están interviniendo. Carvajal (1993), destacaba el contenido afectivo de la docencia que provoca tanto tensiones como inseguridad en el que la desempeña. Él hacía referencia a ese conjunto de variables, que no todas están visibles en el salón de clases y que exigen un profesor integral.

Los cambios en todas las esferas del mundo impactan directamente la actividad del profesor universitario y se convierten en imperativos para su práctica de manera casi inmediata. El solo hecho de que su actividad descansa en una relación de dos, en la que el estudiante evoluciona con esos cambios y no es posible controlar los efectos en él, ya constituyen exigencias sustanciales para el profesor. Su actividad está en una trama de aprendizajes no controlados ni completamente conocidos que le obligan a ponerse a tono con esa realidad. El estudiante que tiene ante sí es completamente diferente al estudiante tradicional y de no tenerse esto en cuenta, la clase puede convertirse en una confrontación inútil. Hoy más que nunca, se necesita tener en cuenta en la actividad docente universitaria, la perspectiva de interioridad de la formación (González, 2015) en la que el estudiante es autorregulado y decide en gran parte su formación. Se puede añadir, además, que es diverso.

El tratamiento del conocimiento ya no descansa en la especialización del profesor, que siempre es necesaria, sino en cómo lograr que la autonomía y la independencia de que es portador el estudiante sea responsablemente encaminada a lograr el dominio de su profesión. Para ello el profesor universitario necesita conocer no sólo las categorías y contenidos de su ciencia sino, cómo ponerlas en términos de enseñanza, con el objetivo del aprendizaje e influido por muchos factores. Por eso su actividad tiene una múltiple exigencia, dominio de la especialidad de su ciencia y dominio de las ciencias que intervienen en su profesión como profesor. Zabalza (2011), lo refleja de cierta forma, pasar de experto en la disciplina a experto en la didáctica. Se pudiera ampliar la idea añadiendo que en una nueva didáctica.

Son muchos los nuevos conceptos que debe incorporar a su enseñanza, que no sólo constituyen variaciones de tipo metodológicas sino de concepciones y actitudes que debe asumir. Mucho más complejo es el escenario con las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC) que transforman no sólo el proceso sino también las concepciones de formación, gestión y organización. Todos los componentes del proceso tienen que sufrir modificación y requieren una mirada flexible, creadora y diferente, si no, es imposible ser profesor. Está todavía pendiente el desarrollo de esa didáctica universitaria como ciencia, para el buen desempeño del profesor en las condiciones actuales.

A pesar de la diversidad de variables incontroladas que están presentes en la actividad del profesor, ella sigue estando muy regulada y normada, tiene base en diferentes documentos y normas mucho más que cualquier otra profesión. No obstante, los profesores coinciden y reconocen que todo se materializa en el aula donde el profesor está aislado y es independiente.

La independencia y el aislamiento de su desempeño no disminuyen el hecho de que ninguna actividad está tan evaluada y de manera tan rigurosa como la del profesor. Evaluación que descansa principalmente en aquellos que debe formar y que está permeada por las características personales de los mismos y por la cultura de la época. Además, el profesor universitario está impelido por una constante retroalimentación de sus acciones, que en muchas ocasiones le provocan stress e insatisfacciones. Tal como valora García (2010), es la única profesión sometida o expuesta a un mayor período de observación no dirigida de su funcionamiento, con sus estudiantes como testigos.

El escenario en que se desempeña el profesor no está completamente determinado sino ambiguo, con fronteras difusas; ese desempeño es guiado por interpretaciones; se afrontan diversos intereses; las situaciones son únicas al estar originadas por personas y, por tanto, no hay recetas ni soluciones universales sino también únicas. Los saberes profesionales propios de la enseñanza no aportan las soluciones a todo lo variado y complejo de los incidentes que aparecen. Las soluciones no están dadas en los contenidos de la ciencia de la enseñanza y ponen en juego un grado apreciable de valores. Se necesita un profesor diferente.

En la literatura se utilizan diferentes denominaciones para referirse al ideal de profesor universitario. Modelo ideal del docente (Añorga, 1999, citado por Oramas, Jordán & Valcarcel, 2012); profesor universitario efectivo (Saunders, 2002, citado por Yubero, Larrañaga & Navarro, 2004), profesor ideal (Yubero, et al., 2004; Asun, Zúñiga & Ayala, 2013). Estos últimos autores también se refieren como profesor universitario de calidad, docente eficaz. Buen profesor (Cabalín & Navarro, 2008), profesor total y profesor auténtico (Tejedor, 2009) y por último profesor competente (Monereo & Domínguez, 2014). Como puede apreciarse se le dan diferentes términos que no siempre se refieren al mismo significado.

No sólo no hay uniformidad en los términos que se utilizan para hablar de ese nivel de profesorado, sino que se plantea que no existe tampoco consenso sobre lo que sería un buen profesor o cualquiera de esas denominaciones (Yubero, et al., 2004; Martínez, García & Quintanal, 2006; Tejedor, 2009). Es tan compleja su actividad y depende de tantas variables que no es posible uniformar la caracterización de ese ideal. Esto es mucho más acertado si se trata del profesor universitario.

Según Santos (1990), citado por Cabalín & Navarro (2008), ahí es que nace una nueva concepción del profesor universitario donde se considera: conocedor de la disciplina, especializado en un campo del saber, abierto a la investigación y actualizado del conocimiento. Además, debe saber que sucede en el aula, cómo aprenden los estudiantes, la organización del espacio y el tiempo, y estrategias de intervención.

En esta concepción se combinan tanto criterios de personalidad como los saberes, con conductas en el aula. Pero es una concepción insuficiente ya que no ve aún la complejidad de la actividad del docente.

A partir de roles lo definen Nixon (1996); Monereo (2000), citado por Monereo & Domínguez (2014), el de especialista en su temática, el de docente y tutor de sus alumnos, el de investigador de su especialidad, el de profesional en su área de competencia y gestor. Es una concepción más bien centrada, como bien lo expresa, en los roles. Pero todavía no tiene en cuenta roles que se le atribuyen en estos momentos al profesor universitario como el de asesor y otros.

Para Armengol (1998), el profesor universitario es un profesional que brinda por razones de prestigio, en muchos casos, algunas horas de su tiempo para formar las nuevas generaciones y para enseñar, él se vale de los conocimientos teóricos que ha obtenido durante sus estudios profesionales previos y de la experiencia acumulada a través del ejercicio profesional, que ocupa la mayor parte de su tiempo. Según él se empeñan más en la temática científica a la que se dedican que a la profesión que ejercen citado por Cataldi & Lage (2004). En este caso se le da mayor relevancia a la especialización que tiene el profesor en una ciencia determinada y el resto se alcanza por el ejercicio. Es una concepción limitada y algo instrumentalista.

Torres (2004), propone con relación al docente deseado como un sujeto polivalente. Profesor competente, agente de cambio, practicante reflexivo, profesor investigador, intelectual crítico e intelectual transformador. Asimismo, declara que la noción de docente deseado y la escuela deseada es una tarea abierta. La autora lo ve más bien en las tareas que puede cumplir.

Estepa, et al. (2005), plantean que el profesor tiene que hacer programas de asignatura, preparar las técnicas, dar clases, atender a los alumnos en consulta, evaluar, coordinar con otros profesores y ejercer como tutor. Es decir, para estos autores en su perfil entra implicarse en la docencia, en la vida universitaria del departamento y asumir el rol de investigador. Es una visión más abarcadora centrada en las tareas del profesor, pero aún es muy instrumentalista, perdiendo la persona como tal.

Más Torrelló (2011), considera que el profesor universitario tiene el rol de mediador entre el conocimiento y el alumno, facilitador del aprendizaje, tutor, organizador, orientador y supervisor y que esto es así por las demandas sociales y los cambios. Refiere que el profesor está alejado de ser un simple ejecutor de programadas de estudio.

Las definiciones antes expuestas van circunscribiendo el profesor ideal en su relación con los roles que debe realizar y a medida que fue cambiando la misión de la universidad estos se fueron ampliando, pero aún en esas concepciones no se evidencia en qué medida cambia la esencia de su actividad.

Tejedor (2009), da una concepción interesante que va más a la esencia: “para ser eficaces los profesores deberán enfrentarse a los problemas concretos aplicando principios generales y conocimientos derivados de la investigación, adaptándolos a su tarea específica y al tipo de alumnos con los que trabaje”. Evidencia en ella lo difícil que sería hacer un molde del buen profesor, dado los cambios contextuales y de estudiantes que encara.

Para Zabalza (2011), la función del profesor depende casi exclusivamente de él y su sentido se hace día a día. Su tarea de enseñar es conocer a fondo lo que tiene que enseñar, saber estructurarlo y explicarlo, poder mostrar su sentido y utilidad, ser capaz de organizar una situación o proceso de enseñanza y lograr mínima empatía con el alumno.

Un profesor ideal para Asun, et al. (2013), es aquel que asume como su responsabilidad la facilitación de los aprendizajes de los estudiantes y posee conocimiento disciplinares y las competencias pedagógicas para planificar y ejecutar una serie flexible de actividades didácticas diversas, adaptadas y centradas en sus estudiantes, con los cuales mantiene interacciones motivadoras, abiertas y cercanas, conducentes al desarrollo de capacidades de autoaprendizajes y habilidades específicas y generales, las que son evaluadas formativamente utilizando diversos dispositivos que le permiten certificar el dominio de competencias que obtienen sus educandos. Ya este autor se adentra más en las relaciones que se establecen en la actividad.

Imbernon (2018), da una idea del profesor que para Brockbank & Mcgill resulta de interés. Expresa que el profesor universitario actual no puede verse únicamente como un trasmisor científico, sino un profesor que trasmite conocimientos válidos, útiles y pertinentes, pero también un profesor con capacidad de procesar información, hacer análisis, crítica, evaluar procesos y reformular proyectos. Todavía en estas ideas se destaca más el proceso técnico y se pierde un poco de vista la relación entre los actores.

Es necesario tener en cuenta que todo el proceso descansa en una relación que si no es adecuada no deja llegar al resultado. No es el dominio técnico de principios y reglas sino la armonía que se logra cuando en condiciones específicas y actuales se encuentran los dos actores y que deben en ese preciso momento lograr la adaptación de las actividades. Tomar en cuenta las características de la región, el país, el tipo de institución y el aprendizaje.

No es posible dar una concepción precisa del profesor ideal en las circunstancias actuales. No obstante, sí se pueden destacar algunas cuestiones que constituyen demandas de la profesión docente universitaria. Una de ellas es la necesidad de que el profesor sea capaz de comprender las potencialidades y fortalezas que tienen los estudiantes actuales para ponerlas hacia el aprendizaje. El estudiante actual es distinto. Tiene en sus posibilidades lograr la información valiosa o no, que desee; se relaciona en espacios diversos que trascienden lo local; tiene habilidades con recursos que le facilitan y agilizan las operaciones tanto materiales como mentales que debe realizar; se mueve en escenarios de formación diversos, distintos, heterogéneos y todos ejercen influencia en él. La dinámica social hace más independiente al joven y con mayor número de influencias diversas. Esta realidad tiene que tener espacio en la docencia universitaria, tiene que tener cabida de manera creadora y responsable. Ignorarla es levantar un muro invisible en la relación profesor estudiante.

Por todo lo anterior, ese profesor universitario tiene que dar un viraje a la didáctica habitual y modificar todos sus componentes. Ello es complejo porque son tantas las posibilidades de cambios y son tantas las selecciones que debe hacer, que todo ello compromete sus decisiones y solo con una formación integral diferente y sólida puede hacerlo sin crear un caos en la enseñanza. Lo vital es no afectar la esencia que es el aprendizaje, solo que lograrlo de otra forma.

Su actitud de innovación y de actualización científica se convierte en imperativo que debe ser acompañado del dominio de métodos renovados de aprendizaje con los más diversos recursos posibles. Autosuperación que, necesariamente, tiene que ser variada y capaz de ir incorporando no sólo los nuevos roles que vayan apareciendo, sino que le lleven a la participación en las necesarias trasformaciones institucionales.

Ese profesor universitario tiene que asumir la responsabilidad social de su profesión y asumir que trabaja con personas. Su desempeño es eminentemente ético, pero más que ello auténtico y comprender que el clima y las relaciones de respeto mutuo son parte sustancial del aprendizaje.

Conclusiones

Al hablar de docencia se entra en la polémica de si se considera o no una profesión. Realmente esta actividad cumple los requisitos que los autores reclaman para las profesiones.

La evolución de esta profesión ha ido dejando su huella en las concepciones que se tienen del contenido de la actividad. Si se trata de la actividad del profesor universitario es una necesidad hacer un análisis diferente al que se hace en otros niveles de enseñanza.

La actividad del profesor universitario ha ido alcanzando un grado de complejidad que no bastarían cambios en la didáctica y las metodologías tradicionales para realizarla con calidad. Los vertiginosos y cualitativos cambios que han sucedido en el mundo exigen una reflexión en las transformaciones pedagógicas, institucionales y de otras ciencias que requiere la docencia universitaria.

Pero no solo el panorama mundial ha trasformado la actividad, sino que demanda un profesor universitario diferente, del que no puede decirse un modelo diferente, porque hay acuerdo en que es muy difícil en las condiciones actuales llegar a un modelo. Se requiere sí un profesor que tenga una actitud responsable socialmente, innovadora y de actualización constante.

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Recibido: 18 de Abril de 2020; Aprobado: 23 de Mayo de 2020

*Autor para correspondencia. E-mail: berta@cepes.uh.cu

Los autores declaran no tener conflictos de intereses.

Los autores han participado en la redacción del trabajo y análisis de los documentos.

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