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Revista Estudios del Desarrollo Social: Cuba y América Latina

On-line version ISSN 2308-0132

Estudios del Desarrollo Social vol.4 no.1 La Habana Jan.-Apr. 2016

 

ARTÍCULO ORIGINAL

 

Los paralogismos de la vejez

 

The paralogisms of old age

 

 

Dr. Luis Robledo Díaz

 

 

 

 


RESUMEN: En este artículo se propone una reflexión en torno al tema del envejecimiento, centrándose en las dificultades metodológicas en cuanto a su definición por grupo etario; las distintas teorías sobre vejez desarrolladas en las ciencias sociales; los ejes simbólicos en torno a los cuales giran los discursos sobre la vejez; y las paradojas en la cuales se ven inmersos aquellos individuos socialmente clasificados como tales y la sociedad misma, nominada ya con el calificativo de envejecida.

PALABRAS CLAVE: vejez, representaciones sociales.


ABSTRACT: This article intends to reflect on the subject of aging, focusing on the methodological difficulties in their definition by age group; the various theories on aging developed in the social sciences; symbolic axis around which revolve speeches on aging; and paradoxes in which individuals find themselves socially classified as such and society itself, as nominated by the term of aging.

KEYWORDS: aging, socials representations. .


 

 

(...) he llegado a la edad en que la vida, para cualquier hombre, es una derrota aceptada. (...)
Marguerite Yourcenar.

Memorias de Adriano

Hans Ruesch, en su novela El país de las sombras largas, a través de la narración de una serie de aventuras en torno a una familia de esquimales, nos describe, no sin asombro, las formas de vida de estos habitantes tan cercanos al polo norte y las contradicciones que van a apareciendo cuando éstos "tropiezan" con el hombre blanco a los que ven con extrañas costumbres, la rareza de adoración a un solo Dios y fascinantes instrumentos de caza. La novela, que transcurre en una apartada región de Siberia, tiene varios personajes de los cuales destaca Papik, de edad desconocida, pero ya mayor e incapaz de masticar las pieles, labor imprescindible para mantener a su familia. Sus dientes estaban consumidos hasta las encías y sus manos, endurecidas, ya no podían coser. Resultaba una carga para su familia y su destino era el de ser abandonada en el congelado océano para morir de frío o devorada por un oso polar. En ese mismo instante, su hija Asiak, da a luz un niño varón, pero al verlo se percatan de que no tiene dientes, y por lo cual no les queda otra alternativa que matarlo. Ante la disyuntiva, deciden consultar a la anciana madre y ésta les asegura tener el poder de convocar a los cuatro vientos y lograr hacer crecer los dientes al recién nacido. Con cierto escepticismo, la pareja confía en la palabra de la abuela y la rescata del sitio en el que había sido abandonada. Pasado el tiempo, observan con sorpresa, la aparición de los apreciados dientes. Cumplida su misión, es la propia Papik la que decide suicidarse, saliendo a la intemperie y transpirando lo suficiente como para congelarse y dejar de ser una carga para su familia.

La edad de la vejez

La sociedad ve a la vejez - al viejo - no como una fase sino como calificativo inmutable. Se es viejo igual que se es alto, moreno o zurdo: se es así y siempre se ha sido así. La vejez es sustantiva. Pero al estado de vejez se llega por una cronología de sucesos biológicos cuya manifestación más visible y experiencial es el desgaste funcional. Esta cronología se define por el avance en el tiempo, medido en años, y supone un consumo de expectativa de vida.

Es abundante la literatura en torno al tema de la construcción social de la vejez. Ello es sintomático de una de las, probablemente, características más singulares que la definen: su visibilidad. Si a nivel de conciencia cotidiana no queda muy claro la manera en que se "llega a viejo", lo cierto es que es relativamente fácil identificar cuando ya se es, lo cual la hace mucho más fácil de objetivizar o naturalizar y generar por tanto un núcleo figurativo estable1 y con elementos distinguibles y compartidos socialmente.

La vejez es un síndrome en el que el conjunto de una serie de síntomas anuncian la llegada a un ciclo y estilo de vida cuya base sociológica se asocia a la estructura de edades y a la teoría de la subcultura. Tradicionalmente el principio de inicio de la vejez se ha establecido entre los 60 y los 65 años (Conde & Marinas, 1997), otorgándole unos a los 75 y otros a los 80 como inicio del estado de muy viejos o muy mayores. La discusión de un punto de inicio asociado a un número o cantidad de años vividos puede convertirse en una discusión al estilo de definir qué es lo alto, lo bajo, y lo de en medio, al que interpela Sócrates en la República, en su disertación sobre la difusa línea que separa el placer del dolor2. Del mismo modo que en Platón las virtudes quedan definidas en su relación con la persona, la vejez, en tanto concepto, estará delimitada por un ¿cuándo? - eje temporal - un ¿dónde? - eje espacial - un ¿para qué? - eje práctico - y un ¿para quién? - eje referencial -. (Figura 1)

La representación social de la vejez pasa necesariamente por la construcción cultural de las edades. Todas las sociedades tienen como uno de sus elementos estructuradores el curso natural del tiempo que transcurre desde el nacimiento de un individuo hasta su muerte y como resultado ordenan éste en distintas etapas según su edad y le otorgan una serie de características y pautas de comportamiento a las cuales deberá ajustarse. Las personas a lo largo de toda su vida experimentan una serie de modificaciones biológicas - más o menos perceptibles - que le van indicando tanto a sí mismo como al resto de los individuos el momento biográfico en el cual se encuentra, lo que se espera de sí - muy diferenciado en función de su sexo - y se presumen los conflictos psico-sociales a los cuáles ha de enfrentarse ofreciendo además herramientas para su resolución y sobre todo para su adecuación a los patrones conductuales previstos para su edad biológica.

Pero la edad en tanto estado natural no tiene una relación causal, lineal y universal con la edad en tanto estrato social. El ejemplo más significativo que demuestra esta separación lo encontramos precisamente en la disparidad para distinguir la mayoría de edad y la condición de anciano según el momento histórico en el cual nos encontremos y el sistema socio-cultural al cual nos refiramos. En el primer caso -la determinación de la mayoría de edad - la variabilidad es altamente significativa: en la actualidad la mayoría de edad puede estar entre los 13 y los 21 años, según el país en el que nos encontremos. Lo es igualmente el ¿para qué? en tanto la mayoría de edad también se define a partir de los derechos que se obtienen. Así, por ejemplo puede existir una edad mínima para votar, trabajar, mantener relaciones sexuales, contraer matrimonio, beber alcohol, tener derechos de propiedad, extinción de la patria potestad, conducir vehículos, ir a la guerra, ser juzgado como adulto, etc. Como tercer punto el ¿cómo?, determinado, ya sea sólo por la llegada a determinada edad o el paso de pruebas fijadas dentro de ciertos ritos de paso.

En el segundo caso - la determinación de la edad para ser considerado mayor - sucede de forma parecida. El corte en muchos países está determinado por la edad legal de jubilación, por la capacidad real de poder realizar determinadas actividades productivas, la condición de abuelos, etc. En todos los casos el ciclo vital está fuertemente relacionado con los ciclos productivos y la esperanza de vida. Carles Feixa (1996) advierte sobre la proliferación de diversas formas terminológicas para hacer referencia a procesos o fenómenos distintos y que en algunos casos pueden llevar a confusión. Tal es el caso del propio término de edad, ciclo vital, generación, edad psicológica, edad estructural, etc.3 Esta variada terminología viene también a demostrar la dificultad de establecer la fases en las cuales se divide la vida del ser humano, de tal manera que incluso estas podrían comenzar antes o después del momento del nacimiento y concluir antes o después de la muerte.

La disparidad en torno a la definición de vejez, restringido a un perímetro etario, sobre todo en cuanto al punto de inicio, demuestra la inconsistencia de otorgarle a este atributo un carácter axiomático en la conceptualización de vejez. Asimismo, los distintos modelos en los cuales se coloca una edad determinada como inicio de la vejez están fuertemente determinados por los objetivos y el área dentro del campo del conocimiento científico del cual se trate (económico, psicológico, biológico, sociológico, etc.).

Una característica esencial de la interpretación de la estructura social a partir de su segmentación por edades, es que los miembros de los grupos que de tal segmentación se generan, no eligen su pertenencia al mismo. No somos adolescentes, jóvenes o adultos porque así lo queremos o elegimos, sino que inevitablemente pasamos de un estado a otro como un proceso de superación del estado anterior, en una línea continua y ascendente a través del tiempo, en la que la sociedad y sus instituciones marcan la línea del paso de una a otra. Pero si la definición y los límites de las distintas cohortes etarias, son profundamente borrosas, aún lo son más los contenidos simbólicos y pautas de comportamiento asignados a cada una de ellas.

Teorías sobre el envejecimiento

En torno a la vejez se han desarrollado una serie de teorías más o menos diferenciadas que buscan definir un conjunto de indicadores en torno a los cuales poder describir el carácter específico de aquello que nominamos como vejez:

  • Teoría de la desvinculación: Uno de los desarrollos más populares y polémicos es la teoría conocida como "disengagement" propuesta por Cumming y Henry, en la que envejecer se define como un "inevitable desentendimiento mutuo, por cuya causa disminuye la interacción entre quien envejece y el resto de integrantes del sistema social al que pertenezca"4. Según estos autores, a partir del rebasamiento de determinada edad las personas van disminuyendo paulatinamente la participación en aquellas actividades sociales con mayor nivel de intensidad, reduciendo con ello la frecuencia y continuidad de las interacciones sociales en relación con los que podrían tener cuando eran jóvenes. La consecuencia inmediata es una "desvinculación" con el mundo más mediato y un gradual retorno a sí mismo, hacia un mundo cada vez más reducido a la inmediatez de su vida interior. La conexión hacia el espacio público - vinculado a lo productivo con grados más o menos elevados de competitividad - va cediendo terreno a actividades más relacionadas con el espacio privado, con un carácter social más reproductivo y hacia roles más centrados en lo familiar y en las relaciones extrafamiliares más cercanas, como el entorno vecinal o comunitario. Este proceso es bidireccional, en tanto la desvinculación no sólo se produce desde el sujeto hacia el resto de la sociedad, sino que ésta misma se desvincula de quien "envejece". Tiene asimismo dicho proceso, un marcado carácter adaptativo, y por tanto positivo tanto para la autodefinición del sujeto - imagen más positiva de sí - como para el conjunto de la sociedad. De ello se deriva que la "desvinculación" es una condición necesaria para el equilibrio psicológico de la persona lo cual hace de esta teoría no sólo una muestra empírico-descriptiva de lo que sucede - lo que es - sino, además, un axioma normativo del deber ser, como condicionante de un fin beneficioso y positivo tanto para el sujeto individual como para el sistema social en su conjunto. Dicho en otros términos, el presupuesto epistemológico sobre el que se basa la teoría de la desvinculación, es manifiestamente funcionalista y normativista, desde la cual se da como válidos - y positivos para el equilibrio social - las conductas más repetitivas, y dan como "inválidas" aquellas cuya singularidad suponen una anomia social. Ello trae consigo la tesis de ver una supuesta transgresión de las conductas "normalizadas" o "normales" por una minoría, denotando éstas no sólo una incapacidad de adaptación social - con su correspondiente carga de "infelicidad" para el sujeto mismo - sino un peligro para la armonía de todo el sistema. El ajuste o desajuste a estos parámetros enmarca al individuo en una relación salud/enfermedad y/o adaptación/inadaptación donde el desvío de la media es una muestra de anormalidad susceptible de ser corregido por el bien mismo del sujeto y de la sociedad. Si bien es cierto que los padres de la teoría de la desvinculación pueden haber encontrado empíricamente una condición de norma social en la desvinculación del mayor al resto del sistema social, olvidan que tal norma está histórica y culturalmente determinada y por tanto no hay ninguna razón "natural" que la haga generalizable, eterna e inmutable, ni mucho menos positiva para el bienestar del mayor y su entorno.
  • Teoría de los roles: Bajo esta denominación se engloban dos formas teóricas radicalmente opuestas, pero convergentes a la hora de interpretar el envejecimiento como una evolución progresiva hacia la "pérdida de roles" (Rodríguez, 1979, p. 88). El primer enfoque coincide con la base epistemológica del funcionalismo y afirma que tal pérdida de roles se produce por la inexistencia de un referente normativo capaz de reubicar al individuo en su nueva condición dentro del sistema social. Este punto de vista, también conocido como de la discontinuidad une los cambios producidos por el avance de la edad con la función que la sociedad le va otorgando al individuo. Cada momento en la historia del sujeto va asociado a una evolución hacia estados funcionales distintos y siempre en correlación con la edad y condicionado por un imperativo asociado al sostenimiento del equilibrio y a sortear la anomia. Ese desarrollo es continuo y progresivo, hasta que, llegado a determinada edad, se rompe. La vejez se define no sólo en torno a nociones de pérdida de roles - el paso de una etapa a otra definida desde las edades también supone una condición de pérdida - sino de inexistencia de normas sustitutas - vacío normativo - y sistema de valores que funjan como guía de autoafirmación y modelos identitarios. El segundo enfoque, provine del prisma interaccionista desde el cual se concede al sujeto la cualidad de construcción simbólica de su entorno a partir de los procesos interactivos comunicacionales entre sí. La vejez es interpretada en términos de pérdida de elementos frente a los cuales el individuo puede actuar, y su propia anulación como instrumento de interacción para otras personas. El sujeto que envejece, lo hace en la misma medida en que observa una pérdida de "audiencia" y una situación de invisibilidad de sus "gestos" y acciones en favor de la del diseño arquitectónico del desarrollo social. Su "papel" activo en los procesos de interacción social dan paso a un modelo pasivo construido además desde los "otros" como relentí del progreso social y necesitado de sustitución. En ambos casos, para el logro de un sentido de bienestar personal ha de ofrecerse al individuo roles nuevos capaces de atenuar la ruptura producida por la pérdida de su condición anterior. El favorecer la actividad, hacer que se sientan activos, útiles, resultaría una herramienta consecuente con la intencionalidad de lograr mitigar la impresión de pérdida de roles.
  • Teoría de la continuidad: La propuesta de este postulado basa su modelo en el supuesto de la unidad del sujeto a lo largo de su biografía en la cual el paso de una etapa a otra no supone rupturas, sino continuidades de los ejes vertebradores de la identidad del individuo. En el transcurso del tiempo, el individuo va construyendo, a partir de su experiencia individual y colectiva, así como desde su interacción con el entorno natural y social, una imagen de sí mismo que podrá ir moldeándose en la misma medida en que vayan apareciendo necesidades de adaptación a las propias modificaciones del entorno, pero que, en cualquier caso, busca un sentido de continuidad o coherencia interna. Es por ello que al llegar a la vejez, los posibles cambios percibidos constituyen una acentuación o atenuación de los valores mantenidos a lo largo de su vida y en ningún caso una transformación radical de los rasgos y características centrales de su personalidad. El individuo será lo que siempre ha sido y su "estilo de vida" al llegar a la vejez será una continuidad de la forma de integrar las prácticas cotidianas y patrones adaptativos a las nuevas circunstancias personales y contextuales. De todo ello se deriva que no todas las personas van a entender de la misma manera el concepto de "buena vejez" o condición excelsa al llegar a esta etapa de la vida por lo que no es procedente suponer la existencia de una norma única e ideal de comportamiento óptimo como garantía de éxito y felicidad. A diferencia de las teorías anteriores, no se da por hecho la necesidad de incrementar la actividad del sujeto o favorecer su "re-vinculación" como arma axiomática para aumentar su percepción de bienestar. Contrario a ello, afirma que favorecer uno u otro extremo dependerá de la historia individual de cada uno, y es el individuo mismo quien a través de la narración de su biografía, dará las pistas para comprender lo más conveniente en su caso o las preferencias de realización o no de determinadas prácticas. Lo pregunta no ha de ser si es necesario favorecer una situación de "más o menos actividad" sino cuál es la preferente para un individuo en concreto. De hecho, en ciertas investigaciones desarrolladas en España sobre ocio y tiempo libre en mayores (Fernández, s/f) se ha demostrado la existencia de una continuidad en las formas y estilos de vida e incluso una intensificación de las actividades de ocio que venían realizándose antes, por ejemplo, de la jubilación. Lo que cambia son las condiciones en que dicha actividad se realiza.
  • Teoría de la subcultura: Este modelo sitúa a los mayores como un grupo social específico basándose en la tesis que estructura la sociedad a partir de la división por estratos o grupos etarios y considerando que el hecho de pertenecer a uno u otro grupo condiciona las características y comportamientos de sus miembros. El término subcultura es utilizado para definir patrones de comportamiento, sistema de valores, códigos o sistemas de símbolos, imagen del mundo, etcétera, compartidos por un grupo y que lo diferencian de los modelos sociales hegemónicos. Si combinamos estructura por edades y subcultura se pude sostener la idea de que si varias personas con edades similares interactúan más entre sí que con otras de edades diferentes, éstas pueden ser susceptibles de convertirse en una subcultura distinguible y condicionada por el hecho mismo de pertenecer a una categoría etaria. En efecto, según estas teorías, las personas mayores tienden a interactuar más entre sí en detrimento de otros grupos, fundamentalmente por el hecho de haber tomado parte de situaciones históricas y sociales afines y por compartir, en el presente, estados similares de exclusión/inclusión social y referentes comunes de construcción de la identidad. Coincidir en espacios físicos y socio-institucionales - clubes, residencias, centros de salud etc. - los convierte en referentes mutuos de validación de sus condiciones actuales de existencia, reafirmación de sus formas y estilo de vida cotidiana y su imagen del "otro social" constituido por las generaciones más jóvenes coexistentes en su entorno5.

Los paralogismos de la vejez

Siguiendo nuestro esquema de análisis, podemos distinguir entre vejez como estado (momento de la vida humana en la que confluyen una serie de fenómenos de tipo bio-anatómico, psicológicos y sociales)6, y la vejez como proceso que distingue un recorrido vital. Tal como ocurre con la salud, en torno a la vejez existe un tejido institucional sobre el cual se canalizan todos los discursos y prácticas que, ya sea directa o indirectamente, conectan a los mayores con el sistema social.

Establecer una edad para la vejez constituye ya en sí mismo una construcción social, un elemento simbólico de su representación. Como tal se identifica con características definidas por nociones biomédicas y/o psicológicas. Este está asociado al deterioro físico, como condensación representacional de un cambio en la estética corporal más visible (aparición de signos que indican el arribo a dicho estado cuyo caso más significativo son las arrugas en la piel7); a la aparición de enfermedades típicas cuyos efectos son atenuados, aunque se asocian a cierta irreversibilidad; a la disminución de la capacidad de realizar ciertas actividades físicas y la necesidad de valerse de medios externos para su consecución; y a la pérdida de habilidades mentales, memoria, reflejos etc. El acto de envejecer siempre está asociado al paso del tiempo. En la noción del cuerpo-máquina o biomecánico del modelo cartesiano el paso del tiempo se condensa en las nociones de "uso" tras el cual se produce un desgaste que paulatinamente va mermando la capacidad o el "valor de uso" del cuerpo.

Desde el punto de vista biológico destacan la visibilidad de un deterioro corporal, el detrimento de las funciones sensoriales reflejo de cambios en el sistema orgánico en general y del sistema nervioso central en particular - disminución de la agudeza visual y auditiva- así como alteraciones bioquímicas y funcionales de los sistemas respiratorio, cardiovascular, digestivo, endocrino, muscoesquelético, conjuntivo e inmunológico, entre otros.

Desde lo social - institucional, el punto más claro de inflexión es el paso a la jubilación que en algunos casos va acompañado de una disminución de ingresos económicos. Pero el impacto más significativo de este cambio es la transformación radical de los roles e identidad social que pasan de un valor positivo, reconocido socialmente en el ámbito público, a un valor subordinado de dichos nuevos roles enmarcado en el trabajo reproductivo del espacio privado. Paulatinamente comienza una rotura de la red social y grupal, como consecuencia de la salida del espacio laboral - red socio-laboral - y de la pérdida de seres queridos - fallecimiento de familiares y amigos -8. Otros indicadores asociados al paso a la vejez son los que ocurren al interior de la estructura familiar con, en unos casos, el abandono del hogar por parte de los hijos - síndrome del nido vacío -, y en otros, con la incorporación de nuevos miembros al mismo9.

La fusión de todas estas circunstancias supone el encapsulamiento del sujeto en estado de soledad y aislamiento favorecido por un sistema que deja al margen y excluye al mayor de su dinámica positiva. No obstante, la vejez en sí misma no es la que lleva aparejada dichas formas de exclusión, sino que es la proyección hacia lo social de una supuesta incapacidad para el desempeño de las tareas que la sociedad exige. De hecho, en otras investigaciones10 hemos indicado que la construcción social de la salud se basa en un modelo anclado en su negación, en el miedo a la exclusión social provocada por la incapacidad de realización de aquellas prácticas con valor positivo y de éxito dentro del marco de las relaciones sociales. Cualquier individuo ya sea con un deterioro de su aspecto físico - fuera por causas endógenas o exógenas - o con una disminución de capacidades motrices o sensoriales, independientemente de su edad, entra dentro de dicho marco de exclusión, y es construido desde lo social "como un viejo".

Por otro lado, el aislamiento o el estado "marginal" dentro del sistema social no se manifiesta sólo a nivel físico y/o social, sino - y ello probablemente sea lo más común - a nivel simbólico. En efecto, la situación de deterioro del mayor, sobre todo en el momento en el que comienza el proceso de cambio de sus condiciones bio-sociales, no es debido tanto a la limitación de sus capacidades físicas, mentales o a la ausencia de una actividad específica, sino a una situación de paso a un estado de subordinación social.

Un de las fuentes más importante desde donde se obtiene información que se esculpe en nuestra representación de la vejez lo encontramos en los medios masivos de comunicación, fundamentalmente el que procede de la televisión. En varias investigaciones (Brandolín, 2006) se destacan dos característica fundamentales de dicha imagen: la primera es la mayor importancia de lo que se excluye que de lo que se incluye; la segunda la ausencia de voz propia, la existencia siempre de un vocero desde el cual se dice lo que se supone que forma parte de su forma de ver la vida, sus expectativas y necesidades.

En estudios realizados en Estados Unidos y en América Latina, se destaca la sub-representación de la población mayor en la televisión si consideramos su proporción en la estructura demográfica real11 y la sobre-representación de los adultos entre 25 y 45 años (Brandolín, 2006, p. 9). El valor de este dato, no va más allá de una descripción de un modelo estético televisivo que se vale y necesita de estereotipos para hacer vendibles sus producciones. Ello se corrobora además, y siguiendo las investigaciones citadas, a observar una tendencia a ocultar aquellos aspectos visibles de indicadores del estado de vejez de los que tienen la posibilidad de aparecer en los espacios televisivos (personajes de destacado renombre como actores, políticos, empresarios etc.) a través de la cosmética o la cirugía, reforzada con una imagen juvenil de éxito, actividad y consumo como asegurador de un modelo de calidad de vida. De esta forma la exclusión no es de las personas mayores sino de un tipo o modelo, aquel de la gente corriente cuya aparición en los medios se reduce a enfocarlos como un problema social, víctimas, curiosidad o rareza, y con toques de comicidad o burla (Brandolín, 2006).
Lo destacable en esos estudios es la diferencia tan significativa de la imagen ofrecida del mayor según su sexo. En efecto, los valores positivos suelen estar encarnado fundamentalmente en los representantes del sexo masculino (seguridad, poseedores del saber, activos y económicamente independientes); en contraste con la mujer, que suele aparecer como débil, insegura, dependiente, emocionalmente inestables, posesivas, estrictas con las reglas morales, obsesivas con el orden familiar y de cohabitación, etc.

Se ha destacado el valor sagrado con que son tratados los ancianos en sociedades más tradicionales o "poco complejas", por ser poseedores de la sabiduría y por ser ésta la condición primaria de la autoridad. En contra, y a partir de los procesos de industrialización el valor de la experiencia12 deja paso al de la productividad y todo aquello que no es útil dentro de ese marco, es marginado y excluido. Esta imagen que otorga al pasado tradicional un valor positivo en cuanto a su relación de armonía con las personas mayores y un presente que desbasta cualquier euritmia entre las generaciones más actuales y las mayores, se reproduce a niveles de pensamiento cotidiano aunque no es del todo exacto.

La imagen de prestigio de los ancianos en las sociedades preindustriales viene reforzada también por la profusión de muchas obras13 que indicaban la existencia de un trato muy favorable a su condición. Ello ha contribuido a reforzar la idea del trato respetado con el que eran tratados y la acumulación de habilidades, sabiduría y experiencia como fuentes de prestigio, poder y legitimidad. En cualquier caso, tanto el prestigio como el respeto han estado siempre condicionados a la realización de actividades valoradas como necesarias o útiles para el mantenimiento y sobrevivencia de la comunidad.

Hay ejemplos que demuestran que la imagen del trato más adecuado y de respeto hacia "los viejos" en sociedades primitivas o preindustriales es una visión romántica de ese pasado. La situación de la persona mayor siempre ha estado balanceándose entre un epítome que dignificaba el valor de la sabiduría y la experiencia de la cual era portador el anciano y una noción en la que el valor productivo estaba por encima de cualquier otro cuyo destino final no fuera el progreso económico y la maximización de la ganancia dentro del sistema productivo, dentro del cual la personas con baja capacidad de producción, entre los cuales se incluyen los mayores, son excluidos, ocultados y/o eliminados y se les caracteriza como carga social.

La teoría de la modernización derivada de la obra de Cowgill y Holmes (1972) relaciona modernidad con proceso de pérdida de prestigio de los mayores en relación a lo que poseerían en sociedades premodernas. El grado o nivel de industrialización o modernización sería inversa-mente proporcional a la autoridad, influencia y reputación que pudieran tener las personas mayores. La condición de "guardianes de la tradición" deja de tener un valor de alto rango frente a otros de carácter emergente como las capacidades de rápida adaptación a nuevas tecnología, que hace precisamente de lo tradicional una herramienta de escasa utilidad y es vista como reminiscencia de un pasado que pone freno al avance tecnológico. Como resultado los mayores son relegados y marginados del espacio productivo y también del familiar como consecuencia de otra de las características de los procesos de modernización: la concentración urbana y el paso de la forma tradicionales de familia extendida a la nuclear.

Sin embargo, como vimos en el pasaje de la novela El país de las sombras largas, la noción de utilidad como elemento segregador, no es exclusiva de las sociedades industriales. El respeto y admiración por las personas mayores tampoco es patrimonio exclusivo de las sociedades más alejadas en el tiempo y de estructura más comunal. Diariamente se nos ofrecen ejemplos de reconocimiento por parte de las instituciones a personas cuya edad les ha permitido aportar y aportan toda capacidad física o intelectual y que agrandan en la actualidad con el valor de la experiencia. La noción de vejez no puede reducirse a la división entre sociedades tradicionales e industriales, a modelos positivos y benevolentes de un pasado y a modelos de agresividad, competencia y exclusión del presente. En definitiva el advenimiento de la modernidad no sólo ha sido desfavorecedor para el estatus otorgado a los mayores sino también para el atribuido a los jóvenes. Lo que es escaso en uno lo es en exceso en el otro: o se es demasiado joven, o se es demasiado viejo.

Este es un ejemplo claro de cómo la cuestión de la edad se superpone al discurso y a la idea misma que se quiere trasmitir. No importa lo que se dice sino quien lo dice, o para ser más exactos la edad de quien lo dice. La capacidad para realizar una actividad se reduce a una cuestión de tiempo vivido. El mayor debe retirarse, debe irse para dar paso a la menor o más joven, y su función más positiva o de utilidad es la de aportar la experiencia acumulada, pero siempre desde atrás, desde un lugar oculto. Y es éste el problema de la representación del mayor, su valoración positiva en cuanto a un ser dotado de saberes, pero que debe entregarlo a la sociedad siempre a través de un tercero, más joven - pero nunca muy joven - y legitimado para desarrollar las actividades que el sistema productivo demanda, y quedarse oculto, invisible, sin molestar o poner trabas al continuo desarrollo ascendente que - y esto forma también parte de la representación - necesita la sociedad para su subsistencia.

La sociedad envejecida

Cuando la sociedad industrializada habla de sí, suele incluir en su discurso como valor identitario y fetiche de su condición, el hecho de estar estructural y demográficamente envejecida. Pero, es nuestra sociedad una sociedad demográficamente envejecida14 o sería más pertinente definirlo como "envejecimiento social". ¿Cuál ha sido el proceso seguido hasta llegar a una situación de "envejecimiento social"?

Los modelos estratégicos desarrollados a nivel social en el último siglo entorno a la salud condicionan también el impacto que éstos han tenido en el aumento de la esperanza de vida y en el crecimiento absoluto de la población de edades superiores a las establecidas como inicio de la condición de mayor. Estas estrategias que, como ya vimos, forman parte y son resultado también de los discursos institucionales de promoción de la salud, sirven igualmente de argumento a éstas para, por una parte, explicar la modificación de la estructura etaria de las poblaciones, y por otra, validar y legitimar el propio modelo estratégico institucional.

No es objetivo de este artículo analizar en profundidad la tan asumida idea del "abismo" al cual nos vemos abocados por el envejecimiento de la población. Pero es importante tenerlo en cuenta toda vez que esta idea es cada vez más repetida por los medios de comunicación y por las fuerzas políticas, por lo que constituye un elemento que cada vez se está enraizando más en los modelos representacionales sobre la vejez y que ya se asumen como verdad objetiva e irrefutable.

El discurso institucional se modela alrededor del miedo a la insostenibilidad, arguyendo la incapacidad del sistema para asumir con una población activa cada vez más disminuida, el mantenimiento de la otra parte considerada improductiva e inútil, generadora de grandes gastos y consumidora monstruosa de los limitados recursos15. Paralelamente las estrategias de adaptación a esta nueva estructura dominada por el envejecimiento aparece otro discurso que también supone un envejecimiento, una caducidad del sistema social mismo, de las instituciones que los componen y de las estrategias de mantenimiento del equilibrio social y su sostenimiento.

Sin embargo, algunos autores no están de acuerdo con esta manera de abordar el problema y ven como invención que no define la realidad de la situación actual, el concepto de envejecimiento demográfico. Según Julio Pérez (2010) las poblaciones no envejecen, porque no tienen edad y las teorías que anunciaban ya desde principios del siglo XX, una decadencia de la civilización debido a este fenómeno, se han quedado en meras especulaciones.

El cambio de la pirámide poblacional es reflejo de la transformación que también se produce en términos estructurales y de la que dicho autor (2010) destaca al menos tres consecuencias: la feminización, el sobreenvejecimiento y el aumento de la dependencia. La feminización es provocada por la diferencia de las esperanza de vida existente entre ambos sexos. El sobreenvejecimiento es producto de la cada vez mayor prevalencia de personas de edad muy avanzada producto de la generalización de la sobrevivencia de la población hasta edades habitualmente consideradas como de inicio de la vejez. La dependencia se asocia al aumento de los problemas relacionados con la salud que aumentan en la misma medida en que lo hace la edad.

Esta modificación de la pirámide poblacional, augura situaciones a las cuales deberá enfrentarse la sociedad en las próximas décadas. En su mayoría estarán vinculados a la atención sanitaria, aunque también tendrá consecuencia en la estructura del mercado laboral, la competitividad y el sostenimiento del estado del bienestar sobre todo en cuanto al sistema de pensiones.

Sin embargo algunos estudiosos del tema consideran una falacia la argumentación sobre la sobrecarga del sistema sanitario producto del envejecimiento poblacional. La relación entre ambos se parece más a un proceso de retroalimentación constante que a una relación lineal de causa y efecto: el envejecimiento, en tanto que manifestación de un aumento de la población mayor como consecuencia del aumento de la esperanza de vida, es resultado de, entre otros factores, los avances en la tecnología sanitaria y la medicina general. Sin embargo estos avances están asimismo dinamizados por la existencia de una población cada vez más demandante de dicho sistema. El "colapso" del sistema está más vinculado a una gestión inadecuada de los recursos que un supuesto abuso por parte de la población, fundamentalmente mayor, del sistema.

Conclusiones

El imaginario social estructura las nociones de vejez alrededor de axiomas de "nulidad" por una parte, y "carga social" por la otra. Los mayores, son vistos como sujetos en los que la capacidad de aprendizaje, las habilidades sociales, la sexualidad es nula, y esta nulidad es reflejada además en la "no-necesidad" y "no-utilidad" - no es útil ni necesario que aprendan nuevos conocimiento o habilidades, que se invierta en su educación o que desarrollen su sexualidad. En frases como "las personas mayores necesitan saberse necesitadas...", se denota una noción de la vejez o de las personas mayores como un estado indistinto y desligado totalmente del resto de la sociedad, como "fenómenos" existentes de por sí, sin una historia o biografía personal. Si repasamos ésta y otras frases comúnmente asociadas con la vejez nos damos cuenta de la evidencia de que tales afirmaciones son axiomas no sólo válidas para ese ente que llamamos viejo, sino para la persona como tal, independientemente del momento biográfico en el cual se encuentre. Lo diferente no está en las necesidades del sujeto mismo, sino en la percepción que el conjunto de la sociedad tiene de esas necesidades, algunas veces ocultándolas, otras sobredimensionándolas y otras convirtiéndolas en disfraces de un discurso apologético de necesidades creadas por el interés del mercado - consumo - y que se injertan en las mentalidades como formas vitales de existencia.

El problema al que se enfrentan los mayores - y no sólo éstos - es que la sociedad le otorga aquello que cree necesitan; y aunque se establezcan observatorios para la recogida y el análisis de información relacionada con los mayores, el tiempo trascurrido entre la apropiación de la información y la acción correspondiente es inevitablemente demasiado largo, de tal manera que cuando éstas entran en acción, la generación a la que le toca "sufrir" ya es otra, y con otras necesidades. Los resultados hablan de un aquí y ahora, de una generación que vive este tiempo, interpretaciones sociológicas, que extrapolan y dan como estático determinadas formas y contenidos que encuentran en el comportamiento de un grupo social y lo convierten en un regularidad teórica, sin considerar que ésta casi con toda probabilidad se desmorone frente a la caprichosa realidad.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:

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RECIBIDO: 30/10/2015
ACEPTADO: 24/11/2015


 

 

Dr. Luis Robledo Díaz. Correo electrónico: robledodiaz@yahoo.es

 

NOTAS ACLARATORIAS:

1 Según la Teoría de las Representaciones Sociales el núcleo figurativo corresponde al sistema de imágenes mentales refractoras del esquema conceptual. La información seleccionada y descontextualizada, es estructurada en un orden jerárquico y circunscrita en una red que se presenta ante el sujeto como una imagen o conjunto de éstas - podríamos decir también metáforas. Dichas imágenes o figuraciones hacen inteligible al individuo la estructura categorial del objeto de la representación. (Robledo, 2014)
2 "- ¿Crees - dije - que existen en la naturaleza lo alto, lo bajo y lo de en medio?
- Lo creo.
- ¿Y crees que una persona llevada de lo bajo a lo de en medio puede pensar otra cosa sino que se la lleva a lo alto? Y, cuando esté en medio, contemplando el punto de donde ha sido traída, ¿supondrá que está en otro sitio sino en la altura no habiendo visto la altura verdadera?" (Platón, Rep., 584d)
3 Sáez, et. al. (1993, p. 131), definen también varias formas terminológicas: edad cronológica, biológica, funcional, psicológica, social, tiempo social, etc.
4 Cumming, E. & Henry, W.E.: Gowing old, Nueva York, Basic Books, 1961. Citado por Rodríguez, 1979. En castellano la teoría es conocida como de la "desvinculación" o "teoría del desapego".
5 En la literatura consultada se especifican otros modelos teóricos descriptivos sobre la vejez: teoría del contexto social, teoría de la estratificación social (Sáez, et. al. 1993), teoría de la dependencia estructurada, teoría del etiquetaje (Brandolín, 2006). En Carbajo, 2008, se desarrolla un interesante tesis sobre la evolución en el estudio del envejecimiento y sus disciplina. Véase además Hidalgo, 2001 y Moñivas, 1998.
6 En este punto discrepamos de algunos autores que la definen como período de la vida humana que antecede a la muerte, en tanto la muerte es un hecho con causas no reductibles al acto de envejecer y en tanto un suceso a posteriori no puede ser tomado como determinante definitoria de la vejez. Aunque existe una fuerte correlación entre ambas, no todo el que muere es anteriormente a ello, y por el hecho de morir, viejo o anciano; y se puede entrar dentro de un estado socialmente considerado como anciano, mayor o viejo sin que ello suponga una muerte inminente. El aumento de la esperanza de vida ha hecho que incluso aparezcan subdivisiones dentro del cohorte etario considerado como ancianidad o mayores.
7 En una investigación realizada en Mar del Plata sobre la representación social de la vejez en niños con edades entre 11 y 14 años, resultaron ser las arrugas la palabra más mencionada a la hora de definir a una persona vieja. (Monchietti & Sánchez, 2008). Véase además Delgado, 2003, Kehl. & Fernández, 2001, Lehr, 2002, Nieto et. al., 2006.
8 La creación de los clubes de jubilados por ejemplo amortiza dicha fractura, al constituir en sí mismo una nueva forma de estructurar y canalizar los vacíos afectivos que la misma provoca.
9 Parejas de los hijos, nietos, etc.
10 Véase Robledo, 2014
11 No es lo que encuentra Laura Bosque, Licenciada en Psicología, Master en Gerontología Social de la Universidad Autónoma de Madrid en su tesis de maestría titulada "Imagen de Vejez en la Televisión Abierta Argentina": "Lo primero que observé - utilizando el método cuantitativo - es cuántos viejos había".(…)."Lejos de lo que yo presuponía, la televisión abierta argentina muestra muchos cuerpos viejos, muchos, cantidades. Si uno compara la cantidad de cuerpos viejos en relación a las personas de otras categorías, es bastante similar (...)". V. http://www.comminit.com/es/node/265274.
12 En la investigación sobre las representaciones sociales de la vejez en niños (Monchietti & Sánchez, 2008), se destaca el hecho de no haberse hecho mención - únicamente en un caso - a ser poseedor de sabiduría y experiencia o a su posibilidad de ser consejeros, en la definición de anciano.
13 Tal es el caso de Simmons, 1945.
14 El envejecimiento demográfico hace referencia al aumento en términos relativos de la población habitualmente considerada como "mayor" con respecto al resto. Sus causas pueden encontrarse fundamentalmente en la disminución paulatina de la natalidad y la fecundidad, y en factores contingentes como la disminución de la mortalidad o los flujos migratorios.
15 Algunos investigadores ponen en cuestión tales afirmaciones y ven en ellas una clara manipulación de la opinión pública a través del miedo cuyo único objetivo es la de poder crear áreas de negocio altamente rentables como es el caso de las pensiones. Tal es el caso, por ejemplo, del profesor Juan Torres López, Catedrático de Economía Política y Hacienda Pública de la Universidad de Sevilla (Torres, s/f).

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