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Revista Estudios del Desarrollo Social: Cuba y América Latina

versión On-line ISSN 2308-0132

Estudios del Desarrollo Social vol.7 no.3 La Habana jul.-set. 2019  Epub 21-Oct-2019

 

Artículo Original

La puertorriqueñidad. Nacimiento y desarrollo de una cultura de resistencia

The Puertorriqueñidad: Birth and Development of a Resistance Culture

Gisela Molina Fumero1  * 

Otilia Barros Díaz1 

1Universidad de La Habana, Cuba.

RESUMEN

El presente artículo fundamenta las bases históricas, sociales, étnicas, antropológicas a partir de las cuales se forjó y desarrolló, a más de medio siglo del establecimiento del Estado Libre Asociado (ELA), la identidad nacional puertorriqueña. Los temas como el lenguaje, la hidalguía, la etnia, el mestizaje, la música, la migración, la cinematografía, se presentan como factores esenciales para la comprensión de la puertorriqueñidad como una filosofía de vida y una cultura de resistencia frente a la dominación colonial norteamericana.

Palabras clave: identidad; lenguaje; cultura; mestizaje; hidalguía; migración; Puerto Rico

ABSTRACT

This article bases the historical, social, ethnic, and anthropological bases from which the Puerto Rican national identity was forged and developed. Topics such as language, nobility, ethnicity, miscegenation, music, migration, cinematography, are presented as essential factors for the understanding of Puerto Rican identity as a philosophy of life and a culture of resistance against US colonial domination.

Keywords: identity; language; culture; miscegenation; nobility; migration; Puerto Rico

INTRODUCCIÓN

Cuando se visita a Puerto Rico y se camina por las calles de cualquiera de sus ciudades las personas quedan muy gratamente impresionadas, además de su belleza caribeña, por el calor humano, la hospitalidad, solidaridad, por la facilidad de comunicación con un rico idioma español, pero por sobre todas las cosas por el orgullo que manifiestan los nativos de ser puertorriqueños. De igual forma ocurre en cualquier comunidad en el exterior donde residen inmigrantes puertorriqueños; a pesar de la lejanía del país y de la necesidad que tienen de sumergirse en los respectivos países de destino, no dejan de vivir, luchar y de defender sus derechos como puertorriqueños.

La defensa de la identidad puertorriqueña ha sido y continúa siendo hasta nuestros días una constante en la lucha del pueblo puertorriqueño, frente a la dominación colonial norteamericana por más de medio siglo. Nos sorprende, cómo la falta de independencia económica, política, de los graves problemas sociales y falta de autonomía para resolverlos, no han permitido que el pueblo puertorriqueño se deje arrastrar por la ideología norteamericana y aunque son considerados por las leyes como “ciudadanos norteamericanos”, se sienten y se manifiestan como puertorriqueños.

No siempre la verdadera problemática del pueblo boricua, ha sido analizada bajo un enfoque objetivo ajustado a los impactos económicos, políticos y sociales del proceso de dominación colonial norteamericana. Sin lugar a dudas, Puerto Rico ha vivido en medio de fuertes corrientes contradictorias: libertad vs. dominación colonial, independencia vs. dependencia, caribeños vs. norteamericanos, etc. Bajo estas condicionantes nos preguntamos, ¿Cuáles son los principales pilares a partir de los cuales el pueblo de Puerto Rico, ha logrado defender su identidad nacional frente a la dominación colonial norteamericana por más de medio siglo?

Para dar respuesta a la interrogante anterior, el presente artículo tiene por objetivo fundamentar las bases históricas, sociales, étnicas, antropológicas, a partir de las cuales se forjó y se ha ido desarrollando, a más de medio siglo del establecimiento del Estado Libre Asociado (ELA), la identidad nacional puertorriqueña consolidándose como una cultura de resistencia frente a la dominación colonial norteamericana.

Para abordar el tema objeto de estudio, se parte del análisis teórico-metodológico de la identidad como categoría multidisciplinaria. Posteriormente, utilizando como hilo conductor la evolución histórica de la formación de la nacionalidad boricua, se realiza un análisis de las principales fuerzas motrices a partir de cuales se va conformando una cultura de resistencia en el pueblo puertorriqueño en defensa de la identidad nacional como son: el lenguaje, el mestizaje, la genética, la hidalguía, la música, los valores de la solidaridad. Para todo ello, fue necesario hacer una revisión bibliográfica de un conjunto de obras de carácter histórico correspondientes a diferentes autores nacionales e internacionales en diferentes etapas históricas.

El resultado final del artículo si bien no agota el tema, aporta elementos útiles para una mayor y más integral comprensión de la problemática de Puerto Rico, frente a la defensa de su identidad nacional, así como a la necesidad de integrarse a la región latinoamericana y caribeña.

1. PUERTORRIQUEÑIDAD. NACIMIENTO

Como toda realización material o creación espiritual del hombre, la identidad es un producto cultural y simbólico, resultante de la práctica social; es un término que invita a reflexionar desde el pasado, sobre el yo y el nosotros, que se relaciona de manera directa con el presente y acompaña a los seres humanos en el discursar de su vida. La identidad presupone sentimientos de pertenencia, satisfacción y orgullo de esa pertenencia, compromiso y participación en las prácticas socioculturales propias. Es un proceso complejo de búsqueda y construcción social, que exige una permanente identificación con valores, creencias, actitudes, costumbres y autoimágenes.

En su libro “La Identidad de los Puertorriqueños”, su autor, Algimiro Ruano precisa que “…andarse por las ramas en achaques de identidad, es en Puerto Rico, terreno abonado para falacias o para pasatiempos desviantes y biensonantes”; igualmente señala que “…hay algo en ese sentimiento colectivo de identificación de los unos con los otros, pero esa homogeneidad no existe y sin embargo, sin que sepamos explicárnoslo bien, nos sentimos puertorriqueños”. Y es que no es menos cierto que la identidad de los boricuas, ha sido objeto de gran debate en el pasado y continúa siéndolo en el presente (Ruano, 2001, p. 3).

Acercándonos al concepto identidad, esta se define en cada cosa como igualdad de un objeto en sí mismo. Se contrapone de cierta manera a la variedad, y siempre supone un rasgo de permanencia e invariabilidad.

Es la identidad el más básico de los principios del saber filosófico. Ser, no puede no ser, no ser no puede, ser (Parménides, citado por Ruano, 2001, p. 9). Por otra parte, el ser de las apariencias que tiene su dosis de realidad, intercambia frecuentemente representación con el ser pleno y el juego que se traen entre sí es dinámica de conciencia diaria. El ensayista puertorriqueño Dávila (Dávila, citado por Ruano, 2001, p. 13), la ve cogobernada por tres personalidades: la que es, la que cree que es y la que quisiera ser. Él dice que son las 3-1 exigiéndose entre sí identificación.

Desde otro punto de vista, una idea, un concepto, son inconfundibles. Sólo se confunden si no se saben distinguir. También se define la identidad biológica, como “propiedad de un individuo de mantenerse él mismo en momentos diferentes de su existencia”.

Está claro que personas en serie, en determinada serie, pueden presentar características comunes, similitud de rasgos que las identifican o distinguen, frente a series diferentes, o conjuntos sociales, culturales, étnicos. En este sentido lo anteriormente expuesto, adquiere una marcada connotación ideológica, cuando uno de los más destacados filósofos del sur, el martiniqueño Franz Fanon en sus obras “Piel Negra, Máscaras Blancas” (1952) y “Los Condenados de la Tierra” (1961), desarrolla para la raza negra, en términos de violencia y autodefinición, el elemento clave, de que sin previa autodefinición, no puede aspirarse a reconocimiento (Ruano, 2001, pp.17-18). “La descolonización... es ese proceso histórico de desorden absoluto, en que se encuentran las dos fuerzas congénitamente antagónicas bajo el signo de la violencia”, y al referirse a esta última, afirma que: “esta no es un fin en sí, sino un momento inevitable de desalienación y reencuentro del colonizado consigo mismo” (Valdés, 2016, p. 81).

Resulta evidente que de una manera u otra, el ser humano requiere que su existencia personal y grupal, le sean reconocidas y lo ideal, está en una personalidad definida y auténtica. Ahora bien: igualdad e identidad no son vocablos sinónimos y si hablamos de singularidades colectivas, la singularidad es complejamente desigual; por otra parte, se hace muy difícil demarcar límites, dentro de la conciencia biológica superior (racional) entre la conciencia general y los diferentes estados de conciencia.

La volkerpsychology (sicología de los pueblos), que aparece en 1862 en Suiza, obedece a la evolución entre la Ilustración y el Romanticismo; entre Positivismo y Naturalismo, que parte de los hechos tal y como acontecen, y el Romanticismo, cuyo punto de partida está en las emociones y sentimientos del individuo. Esta ciencia aborda la literatura, la sociología, la historia, la lingüística, la antropología, e incluye el derecho, ya que la legislación de un país, se vincula con determinada manera de ser de cada pueblo. Debe destacarse igualmente, que esta disciplina explica a los seres humanos y su comportamiento, teniendo en cuenta su medio ambiente natural y social; existe entonces una psicología grupal o social y por ende una conciencia colectiva que se refleja en el lenguaje (colectivo) como expresión común (Wundt, 1900, citado por Ruano, 2001, p. 34).

El proceso de socialización es el mecanismo inicial y esencial en la construcción de todas las formas de conciencia humana: la individual, la personal y la social. Significa que a partir de la transformación de lo externo objetivo en interno subjetivo, las ideas, las percepciones, criterios y valoraciones que cada persona tiene sobre sí misma, son un reflejo del carácter de las relaciones que mantienen con su entorno social. La imagen que vamos adquiriendo sobre nosotros mismos, resulta de la forma de cómo nos perciben y valoran los demás. A su vez, cada sujeto se va apropiando en mayor o menor medida de valores, normas, costumbres e ideología vigentes en su entorno. De allí deriva la conciencia colectiva que permite sintonizar lo individual con lo colectivo.

Hacia el último tercio del siglo XX, profundizando en la investigación sobre la singularidad de los seres humanos, surgieron la psicobiología y la psicohistoria. La primera ha de trabajar enfocada hacia el hombre agrupado y el agrupamiento en visibilidad exterior, la historia en el hombre, la que supone estratos fundamentales anteriores en la base de la colonialogía: los genes. La sociobiología, como estudio de la colonia en cuanto a portadora de genes, va más allá de la genética general; sin embargo, la psicohistoria, indudablemente vinculada con la psicología de los pueblos, analiza determinado grupo histórico, a partir de sus fantasías colectivas y de sus grandes representantes, desde la psicología y no exclusivamente desde lo biológico. La psicohistoria se enfoca hacia la imagen del grupo y destaca la incidencia de esta en la producción de títeres de referencia, responsables de códigos de comportamiento, tipos de conducta, que son inspiradores de relevantes ideales que mantener en determinada agrupación étnica (Pinilla, 1984, citado por Ruano, 2001, p. 25). En biología superior colonizada, en el grupo humano, su núcleo dinámico radica en la memoria; en esta, generación tras generación, figura quién es quién, y quién continúa siéndolo; pero además los seres humanos cuentan con el elemento trasmisor: el lenguaje.

Uno de los grandes escritores universales, Miguel de Unamuno, ofrecía estas consideraciones sobre el lenguaje: “La lengua es la base de la continuidad; receptáculo de la experiencia del pueblo, el sedimento de su pensar; en los hondos repliegues de sus metáforas (y lo son la inmensa mayoría de los vocablos) ha ido dejando sus huellas el espíritu colectivo del pueblo (Unamuno; citado por Ruano, 2001, pp. 26-27).

Por su parte el prócer cubano y latinoamericano José Martí expresó: “… para hablar bien nuestra lengua, no hay como conocer otras; el contraste nos enamora de la nuestra; y el conocimiento nos habilita para tomar de las ajenas lo que a la nuestra haga falta, y curarnos de los defectos que ella tenga y en las demás estén curados” (Valdés, 2012, p. 334)

Esta relación entre lo general y lo singular y en innumerables singularidades lingüísticas que expresan valores espirituales, artísticos y morales, podemos definirla como culturas. Estas hablan, escriben, suman y multiplican interpretaciones, porque se trata de la interpretación del ambiente en el que se desenvuelve cada persona y también, de la auto-interpretación que hace su “yo” interno, de ese ambiente.

Según el antropólogo Clyde Kluckohn

… es inconcebible la existencia de una cultura sin un lenguaje. Nada deja de proveer a la expresión y el deleite estético. Todas proporcionan orientaciones estandarizadas hacia los problemas más profundos, como la muerte; todas se proponen perpetuar al grupo y su solidaridad, satisfacer las demandas de los individuos, de un modo de vida ordenado y satisfacer las necesidades biológicas. (Kluckoh, citado por Ruano, 2001, pp. 27-28)

La humanidad se expresa en diversidad de lenguas. Lenguas diferentes para temas generales (comunes). Lenguaje particular, tribal, étnico, nacional, para asuntos universales, interculturales; pero es evidente, que, en el modismo materno, existe una carga mental, emocional, cultural, que no puede transferirse a otra lengua.

José Martí enfatiza esta idea: “La originalidad del lenguaje ha de venir de la originalidad de la idea, y la elegancia está en el ajuste de la palabra a lo que se quiere decir” (Valdés, 2012, p. 334).

Existe el criterio de que los idiomas son frágiles y pueden extinguirse, pueden gradualmente ir perdiendo actualidad, intensidad, hasta su desaparición por causas determinadas; sin embargo, en el caso de la isla boricua, la comunicación en lengua española no manifiesta esta tendencia, a pesar de haber experimentado el cambio de su contexto socio político y “perteneciera pero no hacerse formar parte de los EEUU”, desde que España como metrópoli se la entregó al país norteño, como resultado de la firma del Tratado de París en 1898, y a pesar de la incesante migración de carácter circular que caracteriza la vida de los puertorriqueños.

Resulta necesario destacar, que al producirse la intervención norteamericana en la Isla, no existía heterogeneidad lingüística que favoreciera la imposición de una lengua unificadora; que en este caso sería el inglés, ya que en la hora de la intervención, Puerto Rico era un país sumamente homogéneo en términos lingüísticos. El español, era la lengua tanto de los sectores cultos, como de las clases populares, a pesar de los dialectos que adornasen el habla popular. Por esta razón, constituye un componente esencial el idioma español dentro de la cultura puertorriqueña, ya que se trata de la coexistencia de dos lenguas globales: el español y el inglés.

Es indudable que hombre y sociedad coexistirán siempre; por ello, el individuo no podrá nunca apartar su carácter social, no podrá desprenderse del grupo en que aparece o en el que se desenvuelve; así como el grupo ha de caracterizarse, por la mayor o menor cantidad de individuos especiales que lo consoliden.

Ahora bien, la identidad no constituye una abstracción, es un hecho en sí mismo, existe; es su condición; y al hablar de identidad, resulta imposible no tener en cuenta la historia. La colonización de Hispanoamérica no se llevó a efecto como la del norte; la que tardíamente llegó a esa zona desde Inglaterra y Holanda, resultó en asentamientos de minorías europeas en suelo extraño, aislados de la población indígena, la que no se mezcló con el colonizador, dependiente de su metrópoli europea de origen; mientras que en el proceso de la conquista y colonización española en nuestro hemisferio, la mezcla de los colonizadores con los indios y con los negros, traídos de África como esclavos, da origen al criollo, la raza americana; por ello, la identidad de la región se inscribe a partir del mestizaje.

En el siglo XVI, la sociedad española estaba presidida por una nobleza (hidalgos), la que falsamente o de manera auténtica, sentía el ser hidalgo como filosofía de vida: el concepto del honor llevado a flor de piel, aún a costa de la hacienda y de la vida, primero la verdad, por encima del interés económico o del temor, adecuaba su existencia a un ideal. Se expresaba con total espontaneidad, e incluso, cuando descuidaba su apariencia, debajo siempre había un señor. En resumen, el hidalgo, máximo exponente de la raza, recibe su conciencia de la igualdad esencial y alta dignidad de la especie humana, creada a imagen y semejanza de Dios. Podrían ser diversas sus actividades, podría variar su posición económica, el color de su piel; sin embargo para ellos, en todo hombre existía un contenido sustancial idéntico y un mismo derecho a alcanzar como meta suprema la eterna felicidad. Como el honor, es considerado derecho propio de la naturaleza humana, de él participaban todos: nobles o plebeyos, ricos o pobres. El concepto del honor queda como valor vigoroso e intemporal y como algo sagrado en el alma.

No cabe duda de que aunque en la actualidad lo étnico, se relaciona más bien con la cultura, los valores, las tradiciones, género de vida y comportamiento de determinado grupo humano, no es algo sencillo el desvincular lo étnico, de los conceptos de raza y sangre; a menudo, estos, interactúan con el primero.

La llegada de la ciencia al genoma establece irrefutablemente la existencia de una única raza humana; con diferencias accesorias y menores entre etnias, que las que puede presentar determinado individuo en determinada etnia. Queda definido que no existen genes buenos y malos; el problema está en su multifuncionalidad; por todo ello, el racismo carece de fundamento científico alguno.

“Ni la esclavitud que apagaría al mismo sol, puede apagar completamente el espíritu de una raza” (Valdés, 2012, p. 594).

“Por sobre las razas, que no influyen más que en el carácter, está el espíritu esencial humano que las domina y unifica” (Valdés, 2012, p. 594).

Los criterios martianos anteriormente expuestos, reflejan el extraordinario valor que el prócer cubano, le adjudicaba a la cultura que emana de las raíces de los pueblos; la significación de lo autóctono que pone de manifiesto sus valores, su manera de ser, de pensar y de vivir.

Es interesante observar, cómo estos criterios del prócer José Martí, se identifican con la siguiente referencia a la etnia puertorriqueña, que ofrece el historiador boricua Díaz Soler:

Racial y culturalmente, la pequeña tierra antillana, es un híbrido con profundas raíces indo-africanas, que España se encargó de aglutinar al imponer sobre sus dominios ultramarinos la cultura grecolatina, junto a la experiencia de largos siglos de convivencia con otros pueblos con los que se mestizaron; que en el caso de Puerto Rico, ha sido más bien un largo e ininterrumpido proceso de mulatización. (Díaz Soler, 1994; citado por Ruano, 2001, p.127)

El acercamiento de lo que Europa considera pura sangre, a sangres con las que se fusionarían, nos conduce al origen de la historia de la isla. Plantea Argimiro Ruano que, en pocos países de Hispanoamérica caló de manera tan profunda, el sentido del honor y la hidalguía como en Puerto Rico. En los inicios de la conquista y la colonización, los pioneros de tal empresa, reclamaron de los reyes, que se les concediera rango de nobleza (grandes señores con súbditos y vasallos); por esto solicitaron a la corona de Castilla, títulos de hijosdalgo, de hidalguía. Creían que así deberían ser considerados, quienes llegaran casados, previa residencia de cinco años en el territorio de la isla y naturalmente a sus hijos. Con tal mentalidad, los peninsulares tendrían un estímulo para cruzar el Atlántico.

Se ofrece el dato de que, en el año 1534, el gobernador Francisco Manuel de Lando, se quejaba de que en la Isla “solo hay 387 españoles, para 1048 indios y 1523 esclavos. “Pido mercedes y franquicias a la corona, para una isla ahora tan despoblada que apenas se ve gente española, sino negros” (Vilá, 2001; citado por Ruano, 2001, p. 129).

Así quedó patentizado:

La pequeñez provinciana de la Isla, la dolorosa pobreza de recursos, la constante tensión de “vivir en frontera”, el heroísmo de los arraigados y el caudaloso mestizaje, contribuyeron a agudizar el prurito de hidalguía en los estamentos rectores de la sociedad. (Huerga, 1987; citado por Ruano, 2001, p.130)

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