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</front><body><![CDATA[ <h3>  Rese&ntilde;a hist&oacute;rica</h3>  Universidad de Los Andes. Facultad de Medicina. Departamento de Pediatr&iacute;a.  Laboratorio de Investigaciones Pedi&aacute;tricas, M&eacute;rida-Venezuela  <h2>  Yo, Antonio B&eacute;guez C&eacute;sar, m&eacute;dico cubano</h2>  <i><a href="#*">Dr. Adelis Le&oacute;n Guevara<sup>1</sup> y Dr. Jos&eacute;  Goyo Rivas<sup>2</sup></a></i>  <dir>  <dir>  <dir>&nbsp;</dir>  </dir>  </dir>  El 25 de marzo de 1895, <i>Jos&eacute; Mart&iacute;</i>, nuestro poeta  y revolucionario, firma con <i>M&aacute;ximo G&oacute;mez </i>el famoso  Manifiesto de Montecristi en el que se concretan la naturaleza y las proyecciones  de la revoluci&oacute;n que el h&eacute;roe cubano organiz&oacute; por  la libertad de mi patria. El 11 de abril desembarca<i> Mart&iacute; </i>en  Cuba y se integra, como un soldado m&aacute;s, a las tropas insurgentes.  El 19 de mayo un disparo espa&ntilde;ol acaba con su vida en Dos R&iacute;os,  un paraje del oriente de Cuba. Ese mismo a&ntilde;o, pocos d&iacute;as  antes de la firma del documento de Montecristi, el 12 de marzo, y en Santiago  de Cuba, nac&iacute; yo, <i>Antonio B&eacute;guez C&eacute;sar</i>, sexto  hijo de don <i>Antonio B&eacute;guez</i> y <i>B&eacute;guez</i><u> </u>y  do&ntilde;a <i>Antonia C&eacute;sar y de Le&oacute;n</i>. Mi vida de joven  provinciano se desarroll&oacute; en la mara&ntilde;a desencadenada por  la invasi&oacute;n que en 1898, someti&oacute; a la isla a la m&aacute;s  cruenta humillaci&oacute;n, mas no a la rendici&oacute;n de un pueblo que  desde sus ancestros ha luchado contra los invasores y anhelado con ardor  su independencia. Luego vinieron los a&ntilde;os de dictaduras hasta que,  finalmente, la luz de la libertad ilumin&oacute; mi bella isla, la misma  que mi gran compatriota, el poeta <i>Nicol&aacute;s Guill&eacute;n</i>,  7 a&ntilde;os menor que yo, cantara con la frescura de sus versos:  <dir>&nbsp;</dir>  Por el Mar de las Antillas      <p>(que tambi&eacute;n Caribe llaman)      <p>batidas por olas dura      <p>y ornadas de espumas blandas,      <p>bajo el sol que la persigue      <p>y el viento que la rechaza,      <p>cantando a l&aacute;grima viva,      <p>navega Cuba en su mapa:      <p>un largo lagarto verde,      <p>con ojos de piedra y agua.      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En 1910, con apenas 15 a&ntilde;os de edad, me inscrib&iacute; en el  Instituto de Segunda Ense&ntilde;anza de mi ciudad natal y 4 a&ntilde;os  despu&eacute;s, me gradu&eacute; de bachiller y march&eacute; a La Habana  para seguir la carrera de medicina. De la Universidad de La Habana egres&eacute;  como m&eacute;dico en 1919 y fui de vuelta a Santiago de Cuba con la aspiraci&oacute;n  de obtener una plaza en el Hospital "Saturnino Lora", aspiraci&oacute;n  que result&oacute; frustrada no s&oacute;lo en aquel hospital, sino tambi&eacute;n  en el Centro Gallego y la Cl&iacute;nica Espa&ntilde;ola, adonde acud&iacute;  en busca de trabajo. Sin embargo, llevado por mi pasi&oacute;n m&eacute;dica  march&eacute; a la ciudad de C&aacute;rdenas, en cuyas calles onde&oacute;  por primera vez la bandera de mi patria y encendi&oacute; mi coraz&oacute;n  el ardiente y honesto mirar de la que fue mi esposa. All&iacute; me hab&iacute;an  ofrecido una plaza con un sueldo mensual de 50 pesos, que mi situaci&oacute;n  econ&oacute;mica no pod&iacute;a desaprovechar. En aquella ciudad industrial  y comercial matancera permanec&iacute; hasta 1921 en que hube de volver  a Santiago de Cuba para atender de la enfermedad de mi madre. Inn&uacute;meras  dificultades tuve que pasar, entre abnegado y obligado por las circunstancias,  pues trabaj&eacute; sin sueldo alguno hasta 1936 en que se me designa como  m&eacute;dico en el Hospital "Saturnino Lora", con una remuneraci&oacute;n  mensual de 115 pesos, gracias a los cuales pude mitigar en parte mis penurias.  Antes, en 1922, hab&iacute;a trabajado en un peque&ntilde;o hospital de  Comas y hac&iacute;a consultas privadas para mi manutenci&oacute;n y la  de mi familia.      <p>En 1929, parece que encontr&eacute; el rumbo que me ten&iacute;a reservado  la br&uacute;jula de la historia, pues mediante contribuci&oacute;n econ&oacute;mica  del se&ntilde;or <i>Desiderio Parre&ntilde;o</i>, instalamos en el Hospital  "Saturnino Lora" una sala para la atenci&oacute;n especial de los ni&ntilde;os.  Hablo en plural porque conmigo estuvo tambi&eacute;n la doctora <i>Susana  Texid&oacute; Vaillant</i> y aunque trabajamos sin sueldo, jam&aacute;s  lo hicimos sin la m&iacute;stica y el fervor de nuestra profesi&oacute;n.  Una instituci&oacute;n caritativa, las Damas Isabelinas, nos don&oacute;  30 camas, mesas de curaci&oacute;n y algunas sillas. Naci&oacute; as&iacute;  la sala "Alberto Parre&ntilde;o", embri&oacute;n de la medicina pedi&aacute;trica  en Santiago y lugar de mi "reclusi&oacute;n" apost&oacute;lica, ya que  mi infatigable labor, casi convierten aquella sala de ni&ntilde;os como  mi propia casa y, si no, que lo digan las visitas que atend&iacute;a diariamente,  las consultas de 15 a 20 casos y las curaciones que hac&iacute;a. No me  sonrojo al decir que fui perseverante y empe&ntilde;oso en mi trabajo,  lo cual puede testimoniarse por los archivos que llevaba en mi sala de  todos los pacientes que llegaban de la consulta externa, as&iacute; como  el que haya instituido y materializado todas las semanas los <i>staff-meetings</i>  para presentar y estudiar con los dem&aacute;s galenos de mi sala y los  invitados de otras, los casos especiales que deb&iacute;an ser llevados  a discusi&oacute;n. Esto me permiti&oacute;, por lo dem&aacute;s, rodearme  de un buen n&uacute;mero de compa&ntilde;eros que, como yo, buscaban en  la sala de ni&ntilde;os la excelencia del conocimiento cient&iacute;fico,  al extremo de constituir un verdadero grupo de trabajo.      <p>Una expresi&oacute;n popular sentencia que la necesidad obliga y, en  verdad, as&iacute; lo fue en mi caso, pues forzado por las condiciones  del hospital, que carec&iacute;a de un servicio de anatom&iacute;a patol&oacute;gica,  tuve que realizar autopsias a los fallecidos para indagar las causas de  sus muertes. Felicito a mi patria por haberme brindado la fortuna de haber  nacido en ella y hacer de m&iacute; un incansable estudioso, haber logrado  una densa formaci&oacute;n pedi&aacute;trica y un buen ganado prestigio  entre mis pacientes santiagueros y de la provincia de Oriente.      <p>Rese&ntilde;o, no para regocijo de mi ego, sino para gloria de mi patria,  uno de los momentos m&aacute;s emocionantes de mi vida profesional. Corr&iacute;a  el a&ntilde;o de 1933; lo recuerdo como si fuese el instante en que escribo  esto; a&uacute;n me desempe&ntilde;aba como m&eacute;dico <i>ad honorem</i>  en el Hospital "Saturnino Lora" y atend&iacute;a a un paciente que ven&iacute;a  de una consulta privada. Al momento de verlo, el caso me pareci&oacute;  interesante, aunque, con la absoluta honradez, digo que en mi vida de m&eacute;dico  todos los casos los fueron. &Eacute;ste, sin embargo, sembr&oacute; en  m&iacute; una extra&ntilde;a curiosidad y una sensaci&oacute;n de no s&eacute;  qu&eacute; incertidumbre por lo que vendr&iacute;a m&aacute;s tarde. La  suerte me fue adversa esta vez y mi paciente, para acrecentamiento de mi  nostalgia, falleci&oacute; a los pocos d&iacute;as de tratamiento. Muchos  insomnios perturbaron mi &aacute;nimo, pues no pude precisar, en aquel  entonces, las causas de su muerte. En la hoja cl&iacute;nica de mis pacientes  dej&eacute; registrada la historia de su caso. Mi memoria, que no est&aacute;  tan fresca ni lozana, sino un tanto marchita por la lluvia de los a&ntilde;os,  no alcanza a recordar su nombre, si bien, en los archivos del "Saturnino  Lora" cualquier interesado puede encontrar el hecho. Posteriormente atend&iacute;  a 2 pacientes con s&iacute;ntomas similares y, para asombro de mi curiosidad  cient&iacute;fica, hermanos del fallecido. Para mi sorpresa, los 2 pacientes  tambi&eacute;n murieron. Algo raro estaba ocurriendo y me dediqu&eacute;  con ah&iacute;nco y tes&oacute;n a indagar las causas de estas muertes  extra&ntilde;as. Revis&eacute; y estudi&eacute; exhaustivamente las historias  cl&iacute;nicas de aquellos pacientes; analic&eacute; y valor&eacute; de  manera apropiada la sintomatolog&iacute;a de la rara enfermedad, mediante  investigaciones acuciosas y obtuve, ciertamente, hallazgos sorprendentes.  Muchos a&ntilde;os de estudio me llevaron al repaso de toda una literatura  m&eacute;dica, en distintos idiomas hasta que, al fin, y luego de una completa  evaluaci&oacute;n de la cl&iacute;nica de aquellos casos, determin&eacute;,  de manera precisa e inconfundible, que estaba en presencia de una misma  enfermedad, desconocida hasta el momento, causante de las muertes de mis  peque&ntilde;os pacientes. Lo que hab&iacute;a ocasionado mis largos desvelos  e intranquilizado mi sosiego, de repente, como suele ocurrir en el misterio  de la ciencia, se transform&oacute; en la m&aacute;s l&iacute;mpida emoci&oacute;n  de mi vida. Sin temor a equivocarme escrib&iacute; en mis apuntes que hab&iacute;a  tropezado con una nueva entidad en medicina, que defin&iacute; como la  <i>neutropenia cr&oacute;nica maligna familiar </i>y de la que estaba absolutamente  seguro que nadie hab&iacute;a descrito hasta el momento memorable de mi  descubrimiento. Para que mi hallazgo no se perdiera en los laberintos de  la anomal&iacute;a y la iniquidad no se apropiara de mi &eacute;xito, publiqu&eacute;  mis investigaciones en el Bolet&iacute;n de la Sociedad Cubana de Pediatr&iacute;a  15: 900, 1943. Posteriormente, el mundo reconoci&oacute; que la neutropenia  cr&oacute;nica maligna familiar constitu&iacute;a un nuevo descubrimiento  en medicina. Yo, pese a toda la humildad que me caracteriza, no pude impedir  que la felicidad tejiera sobre mis sienes una diadema de orgullo.      <p>Antes, en 1934, sin tregua para el reposo, fund&eacute; simult&aacute;neamente  con un grupo de compa&ntilde;eros m&eacute;dicos de Santiago de Cuba, la  Sociedad Cubana de Pediatr&iacute;a de Oriente y por la un&aacute;nime  decisi&oacute;n de mis colegas fui su primer presidente. Como tal, fui  delegado a la Primera Jornada Nacional de Pediatr&iacute;a, en 1935, que  celebramos en Camag&uuml;ey, c&eacute;lebre por la dulzura de sus ca&ntilde;averales  y la intrepidez de sus gentes. Mis compa&ntilde;eros de la Sociedad de  La Habana me encomendaron, en 1936, la organizaci&oacute;n de la Segunda  Jornada Nacional de Pediatr&iacute;a a realizarse en mi entra&ntilde;able  Santiago de Cuba; fue all&iacute;, ahora recuerdo, donde present&eacute;  mi trabajo titulado: <i>Eritromolalgia o Enfermedad de Weir-Mitchell </i>que,  si mi fatigada memoria no me es desleal, fue la primera observaci&oacute;n  que se hizo en Cuba de esta enfermedad. Ese mismo a&ntilde;o, por cierto,  y luego de 14 de trabajo sin remuneraci&oacute;n alguna, fue cuando se  me asigna un sueldo como Jefe de Servicio de la Sala de Ni&ntilde;os del  Hospital "Saturnino Lora". En adelante, segu&iacute; asistiendo a todas  las Jornadas de Pediatr&iacute;a y, si mal no recuerdo, en la de 1939,  que creo se celebr&oacute; en Matanzas, present&eacute; mi investigaci&oacute;n  sobre <i>Tumor Cr&aacute;neo-Faringeoma</i> que, si tiene alg&uacute;n  m&eacute;rito, es el del ser la primera observaci&oacute;n de este tumor  que se hizo en Cuba, lamentablemente el primero de esos trabajos no fue  publicado <i>in extenso</i> y no est&aacute; recogido en la bibliograf&iacute;a  m&eacute;dica cubana.      <p>Las elecciones, supuestamente democr&aacute;ticas, de 1940 llevaron  a la presidencia de la naci&oacute;n a <i>Fulgencio Batista</i> y como  quiera que nunca he sido partidario de la adulaci&oacute;n ni de la lisonja,  en las primeras de cambio, como se dice, qued&eacute; cesante en mi cargo  de m&eacute;dico del "Saturnino Lora", aunque fui "reenganchado", gracias  a mis amigos de la Sociedad Cubana de Pediatr&iacute;a de La Habana. Sin  embargo, el procedimiento de las suspensiones en mi trabajo se hizo consuetudinario  en los gobiernos sucesivos de <i>Ram&oacute;n Grau San Mart&iacute;n</i>  y <i>Jos&eacute; Pr&iacute;o</i><u> </u><i>Socarr&aacute;s</i> y a&uacute;n  m&aacute;s en el apogeo de la segunda dictadura de <i>Batista</i>. Todo  porque jam&aacute;s me doblegu&eacute;, ni lo har&eacute; nunca, ante la  ignominia; por el contrario, combat&iacute; abiertamente la dictadura batistiana  y me negu&eacute;, rotundamente, a aceptar donativos ofrecidos por la llamada  "primera dama", por lo cual fui catalogado como "persona desafecta al r&eacute;gimen".  Quienes me adjetivaron de esa forma pensaron con seguridad, que el ep&iacute;teto  me avergonzaba, y era que me llenaba de orgullo y encend&iacute;a a&uacute;n  m&aacute;s de limpidez mi dignidad. Debo admitir, s&iacute;, que lo que  no hizo mi agotamiento f&iacute;sico ni la debilidad de mis 60 a&ntilde;os,  lo consigui&oacute; el tiranuelo, pues desde entonces entr&eacute; en una  especie de hibernaci&oacute;n intelectual de la que no pude salir hasta  despu&eacute;s del triunfo de la revoluci&oacute;n socialista.      <p>Me inhibo de mencionar algunos episodios de mi vida para que no se piense  que, de hacerlo, estoy erigiendo un pedestal a la arrogancia. Si lo hago  es, como dir&iacute;a <i>Herodoto</i>, para que "no se desvanezcan con  el tiempo los hechos de los hombres". Rese&ntilde;o, pues ser&iacute;a  injusto no hacerlo, la emoci&oacute;n que me produjo la llegada, "junto  a la orilla del mar" para decirlo otra vez con un verso de mi admirado<i>  Nicol&aacute;s Guill&eacute;n</i>, del Granma, el 2 de diciembre de 1956  y en cuyo tim&oacute;n ven&iacute;a nuestro h&eacute;roe del Moncada y  hoy Comandante y conductor <i>Fidel Castro</i>, pues ello significa una  claraboya para que penetrara en nuestra patria la luz de la esperanza y  erradicar para siempre la oscuridad de las dictaduras. Como el insigne  <i>Mancode Lepanto</i>, cuya lectura goc&eacute; en el florecer de mis  reto&ntilde;os, no pude irme, como hubiese querido, tras los pasos de los  combatientes de la Sierra. Delegu&eacute; mi deseo en la intrepidez de  mi hijo menor, Tony, que para la &eacute;poca cursaba el 4to. a&ntilde;o  de derecho en la Universidad de Oriente y obtuve de mis otros hijos el  compromiso de apoyar la Revoluci&oacute;n hasta el momento de ver huir  al tirano. Dios y la Revoluci&oacute;n, ahora lo escribo, me dieron, como  se dice, ese inmenso placer. Desde la sencillez de mi consultorio m&eacute;dico  y la humildad de mi hogar me jugu&eacute; el todo por el todo a favor de  la Revoluci&oacute;n, ya fuese escondiendo en mi casa de Sagarra a 107  perseguidos por los esbirros de <i>Batista,</i> atendiendo a los hijos  de los combatientes o vendiendo bonos del Movimiento 26 de julio (M-26-7).  El compa&ntilde;ero <i>Rosendo Ojeda</i>, celulado del M-26-7, puede dar  testimonio de lo que digo. En estos avatares estaba cuando el 1ro. de enero  de 1959 los combatientes de la Sierra llegan a La Habana. Ten&iacute;a  yo 64 a&ntilde;os de edad y c&oacute;mo anhelaba tener menos para dedic&aacute;rselos  a la Revoluci&oacute;n.      <p>La Revoluci&oacute;n trajo para m&iacute;, no s&oacute;lo la ansiada  libertad, sino la oportunidad de realizar a plenitud mis conocimientos  cient&iacute;ficos y, desde luego, trasmit&iacute;rselos a mis compa&ntilde;eros.  Luego de la llegada al poder de los revolucionarios pas&eacute; a conducir  la sala de ni&ntilde;os del Hospital Provincial que se hab&iacute;a inaugurado  recientemente. All&iacute; estuve hasta julio de 1960, en que me asignaron  al Hospital de la ONDI, a dirigir la sala de ni&ntilde;os que hoy, por  dadivosidad de la Revoluci&oacute;n, lleva mi nombre. No puedo ocultar  la satisfacci&oacute;n que me produjo el reencuentro all&iacute; con mis  antiguos compa&ntilde;eros del "Saturnino Lora", entre otros, los doctores  <i>Alfonso Ara&uacute;jo Ruiz, Ernesto F&aacute;brega Gir&oacute;, Lilian  Jeanjaques, Peter Natia, Elia Noa</i> y, especialmente, con mi hijo, el  doctor <i>Efr&eacute;n B&eacute;guez L&oacute;pez</i>, quien era el director  del hospital. Muchos de mis amigos, lo supe a&ntilde;os despu&eacute;s,  alternaban conmigo no s&oacute;lo porque yo pudiera transmitirles mis experiencias,  sino porque mis conversaciones, dicen ellos, estaban barnizadas de jocosidad,  con expresiones dialectales muy propias de mi gentilicio santiaguero y,  sobre todo, por la agudeza subida de mi adjetivaci&oacute;n, que no puedo  adjudicarme como propiedad, sino que lo es de todos los cubanos.      <p>Cuando cumpl&iacute; 45 a&ntilde;os de ejercicio profesional en el campo  de la pediatr&iacute;a, fui galardonado con Diploma de M&eacute;rito de  la Sociedad Cubana de Pediatr&iacute;a y Diploma de Honor conferido por  el Ministerio de Salud P&uacute;blica. M&aacute;s tarde, en 1973, y esto  si lo refiero con orgullo, porque siempre he estado contra los usurpadores  de toda &iacute;ndole, a prop&oacute;sito de celebrarse en La Habana la  primera jornada Latinoamericana de Estudios Cooperativos en Hematolog&iacute;a,  fui reconocido oficialmente por el Ministerio de Salud P&uacute;blica y  por todos los delegados de los distintos pa&iacute;ses latinoamericanos  asistentes al evento, como descubridor de la mal llamada <i>enfermedad  de Chediak-Higashi. </i>Digo mal llamada, porque quienes detentaban el  honor de haberla descubierto no hicieron m&aacute;s que plagiar, por no  decir robar, mi trabajo original que, por fortuna, yo hab&iacute;a publicado  con el t&iacute;tulo de neutropenia cr&oacute;nica maligna familiar,* en  el volumen 15, p&aacute;gina 900, a&ntilde;o 1943, del Bolet&iacute;n de  la Sociedad Cubana de Pediatr&iacute;a. Confieso que al momento de la clausura,  en que se me reconoci&oacute; la autor&iacute;a como descubridor de aquella  enfermedad, no pude m&aacute;s que recordar a mi hijo <i>Tony</i>, al haber  escuchado algunas de sus lecciones de derecho, antes de marcharse a la  Sierra, que la justicia, seg&uacute;n Justiniano, era la firme y perpetua  voluntad de dar a cada uno su derecho. A mi me dieron el m&iacute;o y yo  lo cedo ahora a mis 3 peque&ntilde;os pacientes que hicieron posible el  hallazgo y a todos los ni&ntilde;os de Cuba y del mundo, que siempre tendr&aacute;n  un alero de ternura en mi ya cansado coraz&oacute;n.      <p>Llevo ya m&aacute;s de 50 a&ntilde;os ejerciendo mi profesi&oacute;n  de m&eacute;dico, sino con el dinamismo y agilidad de los primeros reto&ntilde;os,  s&iacute; con el fervor y la vehemencia que me permite mi orgullosa ancianidad.  Creo que he dado algo a mi patria y a la medicina del futuro. Si as&iacute;  se reconoce, espero que se diga que lo he hecho s&oacute;lo en beneficio  de la humanidad y no por vanagloria. Nunca antes hab&iacute;a sentido este  dolor que siento ahora en el t&oacute;rax. Mi salud se est&aacute; resintiendo  y presiento algo grave; sin embargo, creo que uno debe esperar la muerte  con severidad, por eso no me amilano ante ella. No s&eacute; por qu&eacute;  me rondan a cada momento las palabras de Cervantes en la dedicatoria de<i>  Los trabajos de Persiles y Sigismunda: </i>"El tiempo es breve, las ansias  crecen, las esperanzas menguan". Hoy es 11 de febrero de 1975; deben ser  las 3 de la ma&ntilde;ana. Faltan pocos d&iacute;as para que cumpla 80  a&ntilde;os de edad. Siempre he o&iacute;do decir, aunque esto no pertenece  al dominio de la ciencia, que los d&iacute;as antes del cumplea&ntilde;os  son de mal ag&uuml;ero. Pienso en mis ni&ntilde;os del hospital y tengo  la seguridad de que la Revoluci&oacute;n los har&aacute; hombres sanos  y libres. Si esto es un delirio ante mi muerte pr&oacute;xima, marcho tranquilo  hacia la otra frontera que, de existir, me llevar&iacute;a una gran sorpresa....      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>* Con granulaciones at&iacute;picas de los leucocitos.      <br>&nbsp;      <br>&nbsp;  <dir><a NAME="*"></a><sup>1 </sup>Profesor Titular jubilado de la Universidad    de Los Andes.     <br>   <sup>2</sup> Profesor Titular. Jefe de la Unidad de Investigaciones Pedi&aacute;tricas.    Universidad de Los Andes, M&eacute;rida, Venezuela.     <br>   (Nota del editor: Los autores del art&iacute;culo utilizaron a trav&eacute;s    de todo el texto un tiempo verbal personal, caracter&iacute;stico de su propio    estilo).     <br>   &nbsp;   </dir>         ]]></body>
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