<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1"?><article xmlns:mml="http://www.w3.org/1998/Math/MathML" xmlns:xlink="http://www.w3.org/1999/xlink" xmlns:xsi="http://www.w3.org/2001/XMLSchema-instance">
<front>
<journal-meta>
<journal-id>0045-9178</journal-id>
<journal-title><![CDATA[Cuadernos de Historia de la Salud Pública]]></journal-title>
<abbrev-journal-title><![CDATA[Cuad Hist Salud Pública]]></abbrev-journal-title>
<issn>0045-9178</issn>
<publisher>
<publisher-name><![CDATA[Editorial Ciencias Médicas]]></publisher-name>
</publisher>
</journal-meta>
<article-meta>
<article-id>S0045-91782003000200003</article-id>
<title-group>
<article-title xml:lang="es"><![CDATA[El Granma era invencible como el espíritu de los combatientes]]></article-title>
</title-group>
<contrib-group>
<contrib contrib-type="author">
<name>
<surname><![CDATA[Pérez Hernández]]></surname>
<given-names><![CDATA[Faustino]]></given-names>
</name>
</contrib>
</contrib-group>
<aff id="A">
<institution><![CDATA[,  ]]></institution>
<addr-line><![CDATA[ ]]></addr-line>
</aff>
<pub-date pub-type="pub">
<day>00</day>
<month>12</month>
<year>2003</year>
</pub-date>
<pub-date pub-type="epub">
<day>00</day>
<month>12</month>
<year>2003</year>
</pub-date>
<numero>94</numero>
<fpage>0</fpage>
<lpage>0</lpage>
<copyright-statement/>
<copyright-year/>
<self-uri xlink:href="http://scielo.sld.cu/scielo.php?script=sci_arttext&amp;pid=S0045-91782003000200003&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://scielo.sld.cu/scielo.php?script=sci_abstract&amp;pid=S0045-91782003000200003&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://scielo.sld.cu/scielo.php?script=sci_pdf&amp;pid=S0045-91782003000200003&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri></article-meta>
</front><body><![CDATA[  <h1>El Granma era invencible como el esp&iacute;ritu    <br>   de los combatientes *</h1>     <p align="center"><a href="#cargo">Por el Dr.    <br>   Faustino P&eacute;rez Hern&aacute;ndez. **</a><a name="autor"></a></p>     <p>Desde d&iacute;as antes, ya hab&iacute;a decidido el l&iacute;der del Movimiento    y Jefe de la expedici&oacute;n, la fecha de partida. De diferentes y lejanos    lugares del territorio mexicano, donde se encontraban los campamentos y centros    de entrenamiento, deb&iacute;an salir los grupos de reclutas con suficiente    antelaci&oacute;n. El Distrito Federal, Veracruz, Tamaulipas eran centros de    silenciosa movilizaci&oacute;n. Salvo unos cuantos responsables encargados de    conducir las armas y los hombres, nadie m&aacute;s conoc&iacute;a el destino    de aquel viaje. Hab&iacute;a que trasladarse con extrema discreci&oacute;n.    La vigilancia polic&iacute;aca y el acecho de los exportados agentes de la Tiran&iacute;a    eran un peligro permanente. Importante cargamento y hombres- clave hab&iacute;an    ca&iacute;do recientemente en manos de la polic&iacute;a. La rapidez y la cautela    eran elementos esenciales para no acabar de perder lo que tanto esfuerzo y sacrificio    costara reunir. Por el medio hab&iacute;a una promesa. Y Cuba estaba ungida    de que alguien le cumpliese su palabra. &iexcl;Libres o m&aacute;rtires ser&iacute;amos!.</p>     <p>Y una noche converg&iacute;amos en un punto de la costa del golfo mexicano.    Era la ciudad de Tuxpan, dividida en dos por el r&iacute;o de quien recibe nombre.    La noche era oscura y lluviosa. Muchos tuvimos que cruzar el anchuroso r&iacute;o    utilizando los botes que, calmudos remeros, alquilaban y conduc&iacute;an con    desesperante lentitud. Sorprendidos debieron sentirse ante tan numerosa y extra&ntilde;a    clientela que en repetidos viajes invad&iacute;an sus enclenques embarcaciones.</p>     <p>Pero eran viajeros generosos que con abundantes d&aacute;divas trataban de    neutralizar la remota posibilidad de malsanas intenciones. Unos tras otros,    llegaban los grupos por diferentes y oscuras calles al punto convenido. Todos    estaban convencidos ya de la significaci&oacute;n de aquel encuentro. Nadie    preguntaba, nadie hablaba. Uno y otro abrazo silencioso en la manigua junto    al r&iacute;o, era el saludo emocionado de los que tiempo atr&aacute;s no se    ve&iacute;an. El silencio de la medianoche solo era violado por el mortificante    y persistente ladrido de los perros alarmados de la vecindad. Observamos que    a muy pocos pasos algunas sombras se mov&iacute;an hacia el r&iacute;o y viceversa.    Eran todos compa&ntilde;eros, que, con febril actividad, cargaban las armas    hacia una peque&ntilde;a nave, que el reflejo de las luces dejaba ver a medias    en el agua. &iexcl;Era el &quot;Granma&quot;! Nadie expres&oacute; su pensamiento.    Todos sent&iacute;amos emoci&oacute;n y alegr&iacute;a. Pero estamos seguros    de que a todos asaltaba el mismo temor. Cuando se terminaron de cargar las armas,    el parque y los dem&aacute;s equipos y el escaso alimento, empez&oacute; la    competencia no manifestada por entrar primero, ante el temor de que los &uacute;ltimos    tuvieran que quedarse. Algunos no hab&iacute;an llegado todav&iacute;a. Esperamos.    Era la una de la madrugada del 25 de noviembre de 1956. Hab&iacute;a que partir.    Con el m&iacute;nimo ruido, con la m&iacute;nima fuerza, comenz&oacute; a moverse    el &quot;Granma&quot;. Todas las luces apagadas, un solo motor andando a bajas    revoluciones, todos agachados unos sobre otros. El timonel busca el centro del    amplio canal que forma el Tuxpan hacia su desembocadura. Avanza. A un lado y    otro la ciudad dorm&iacute;a. Como media hora para dejar el r&iacute;o, quiz&aacute;s    otra media hora para cruzar el puerto. Nadie nos hab&iacute;a visto y ya entr&aacute;bamos    en el ansiado golfo. Todos comprendimos que aquel silencio ya no era necesario.    Y se rompi&oacute; de pronto, al un&iacute;sono, como si hubiera estado convenido.    &iexcl;Nunca ha sido m&aacute;s bello el Himno Nacional!.    <br> </p>     <p>Las peripecias del viaje, donde cada minuto era Historia, se contin&uacute;an    en el relato. Luego viene el recuerdo del 30 de noviembre. Faustino lo lee con    emoci&oacute;n:</p>     <p>&quot;Una ma&ntilde;ana nuestro receptor capt&oacute; noticias de gran significaci&oacute;n    para nosotros: &iexcl;Santiago de Cuba!. &iexcl;Atacada la Estaci&oacute;n Naval    y la Jefatura de Polic&iacute;a!. &iexcl;Tiroteo en las calles! &iexcl;Ocupados    morteros y ametralladoras en el Instituto! &iexcl;Paralizaci&oacute;n de Guant&aacute;namo!    &iexcl;Ola de sabotajes en Matanzas, Las Villas, etc., etc.!&quot; Enseguida    comprendimos la magnitud y la causa de todo aquello. Ya hab&iacute;an recibido    el aviso de nuestra partida. Ya deb&iacute;amos estar en el suelo de Cuba.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&iexcl;As&iacute; respond&iacute;an a nuestra llegada!. En Santiago los bravos    y disciplinados combatientes, dirigidos por los inolvidables Frank Pa&iacute;s    y Pepito Tey, dominaban la ciudad. Guant&aacute;namo se paralizaba totalmente.    Pepito, Otto Parellada y Tony Alom&aacute; eran los primeros h&eacute;roes que    ca&iacute;an frente a las fuerzas de la Tiran&iacute;a en la nueva etapa de    lucha que quedaba abierta... &iexcl;Era el 30 de noviembre! . &iexcl;Grabado    quedar&iacute;a en nuestra historia con car&aacute;cter indeleble!</p>     <p>Es imposible dejar de anotar textualmente las palabras con que conclu&iacute;a    aquel hermoso art&iacute;culo de Radio Rebelde:</p>     <p>&quot;Niquero debi&oacute; ser nuestra Playitas. Pero ya en el horizonte asomaban    los primeros albores del nuevo d&iacute;a. Y hab&iacute;a dudas en la ruta.    El mar es bajo. Existe peligro de encallar. Al fin partimos directamente hacia    la costa, que ya se vislumbraba en la penumbra. Nuestra nave avanz&oacute; hasta    que no pudo mas, a menos de cien metros de la orilla. No hab&iacute;a tiempo    que perder. Al agua el bote auxiliar. Lo aborda la vanguardia exploradora.</p>     <p>El capit&aacute;n Smith, al frente. Por exceso de peso hace agua el bote. Hay    que tirarse a pie. El fondo es pantanoso, dif&iacute;cil, pero vamos saliendo.    Y buscamos ansiosamente tierra firme. El mar se prolonga hacia los mangles,    que forman una abigarrada y tupida red dif&iacute;cil de penetrar. Ante nuestra    vista ansiosa, solo se presentaba mas fango, m&aacute;s agua, m&aacute;s manigua.    Seguimos. Un compa&ntilde;ero sube al palo mas alto; observa que el agua se    extiende m&aacute;s all&aacute; de la maleza. Por un momento pensamos que hab&iacute;amos    desembarcado en pleno mar, en alg&uacute;n peque&ntilde;o y cenagoso cayo. Pero    all&iacute; no cab&iacute;a el derecho de la duda. Hab&iacute;a que seguir.    Hacia delante ten&iacute;a que estar Cuba.</p>     <p>Despu&eacute;s de varias e interminables horas debati&eacute;ndonos en la inmensa    ci&eacute;naga de fango, mangle y agua, comenzamos a pisar terreno firme. Algunos    compa&ntilde;eros ten&iacute;an que ser sacados en brazos de otros m&aacute;s    fuertes. Enseguida, a medida que &iacute;bamos llegando, nos tir&aacute;bamos    en la abundante yerba, fatigados, hambrientos, enfangados casi totalmente. Poco    a poco nos hac&iacute;amos conciencia de que est&aacute;bamos en el suelo de    la Patria. Ya se notaba indicio de la existencia humana. El guajiro Crespo,    subido en otra mata, descubre a lo lejos una peque&ntilde;a casa. Se acerca    y encuentra asustado a su due&ntilde;o. Lo trae hacia nosotros. Es un pobre    de nuestra tierra. Y con ellos venimos a echar nuestra suerte. Su nombre: &Aacute;ngel    P&eacute;rez. Le habl&oacute; Fidel, le dijo quienes &eacute;ramos, a qu&eacute;    ven&iacute;amos, cuales eran nuestros ideales.     <br> </p>     <p align="center"><a href="/img/revistas/his/v94/f03his94.jpg"><img src="/img/revistas/his/v94/f03his94.jpg" width="348" height="300" border="0"></a></p>     
<p></p>     <p></p>     <p></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p></p>     <p align="center">Fig. 3. El Comandante Faustino P&eacute;rez Hern&aacute;ndez    con el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz en la Sierra Maestra.</p>     <p>Temeroso, nos invit&oacute; a su choza para brindarnos de su pobre alimento.    Llegados los primeros, tomamos agua, algunos empezaron a sacudir el sacr&iacute;lego    fango de nuestro verde olivo, otros limpiaban el arma; la familia cazaba una    gallina, corr&iacute;a tras un macho. Las perspectivas inmediatas eran buenas.    A&uacute;n faltaban muchos compa&ntilde;eros... De pronto, sentimos m&uacute;ltiples    disparos, r&aacute;fagas y explosiones en direcci&oacute;n al abandonado &quot;Granma&quot;.    No sab&iacute;amos si eran fuerzas de Infanter&iacute;a o de la Marina y nos    retiramos al monte m&aacute;s cercano dando contraorden en lo del cochino. M&aacute;s    tarde, al hacer el recuento, faltaban ocho compa&ntilde;eros todav&iacute;a.    Dos d&iacute;as despu&eacute;s aparec&iacute;an en sitio muy distante.</p>     <p>Declinaba el primer d&iacute;a sin encontrar bocado. Entramos en un espeso    monte. All&iacute; descansar&iacute;amos... &iexcl;Era el 2 de diciembre! Hab&iacute;amos    desembarcado en la playa de Las Coloradas, aunque al decir del compa&ntilde;ero    Juan Manuel M&aacute;rquez, aquello no fue un desembarco, &iexcl;aquello fue    un naufragio!. La columna, ya completada, se iba recuperando. Y avanzaba vibrante    y decidida.</p>     <p>&iquest;Despu&eacute;s?. Preguntamos al comandante Faustino P&eacute;rez. Este    aparta los ojos de sus papeles y recuerda:</p>     <p>_ Despu&eacute;s seguimos caminando... El d&iacute;a 3, a media ma&ntilde;ana    comimos por primera vez: yuca y miel de abejas era el men&uacute;. Los que se    encontraban m&aacute;s d&eacute;biles pudieron comer gallina. Una preocupaci&oacute;n    de Fidel y de todos era la suerte de los ocho compa&ntilde;eros que a&uacute;n    no hab&iacute;an aparecido. El d&iacute;a cuatro llegamos a un limpio donde    hab&iacute;a unos carboneros que salieron huyendo ante nuestra presencia. El    hoy comandante Crespo, por seguirlos ya de noche, no supo regresar a nuestro    encuentro. Al d&iacute;a siguiente apareci&oacute; con una gran noticia: se    hab&iacute;a perdido, efectivamente, y al notar una lucecita en una casa, lleg&oacute;    a la misma. En esa casa se encontraban los ocho compa&ntilde;eros que hab&iacute;an    desaparecido. Entre ellos estaba el querido compa&ntilde;ero Juan Manuel M&aacute;rquez.</p>     <p>Cuando salimos del bosque a los ca&ntilde;averales, de d&iacute;a descans&aacute;bamos    y de noche reanud&aacute;bamos la marcha.</p>     <p>El d&iacute;a 5, despu&eacute;s de caminar toda la noche, acampamos en un montecito.    Almorzamos chorizo con galletas. A eso de las cuatro y media o cinco de la tarde,    cuando ya nos dispon&iacute;amos a reanudar la marcha, me acerqu&eacute; a un    grupo de nuestros compa&ntilde;eros que hablaban y bromeaban en voz alta. Particip&eacute;    de su conversaci&oacute;n. A los pocos minutos, el apacible lugar se convert&iacute;a    en un infierno. Llov&iacute;an balas incesantemente. El fuego devoraba las ca&ntilde;as.    En medio del ruido ensordecedor no se o&iacute;a la voz de mando. Aquello fue    un verdadero desastre ocurrido precisamente en un lugar cuyo nombre contrasta    con el duro momento que atraves&aacute;bamos: &quot;Alegr&iacute;a de P&iacute;o&quot;.</p>     <p>Tras una breve pausa, el comandante Faustino reanuda el relato:</p>     <p>_ El &quot;Che&quot; relat&oacute; ya esto en las p&aacute;ginas de <b>VERDE    OLIVO</b>. Yo lo vi caer a mi lado, con una herida en el cuello. Trat&eacute;    de darle &aacute;nimos, pero pens&eacute; que mor&iacute;a. Continu&eacute;    disparando. Hasta m&iacute; lleg&oacute; Ponce, herido en una axila. Lo mand&eacute;    a retirarse. Luego vi que Arbentosa era herido en el cuello. Raulito Su&aacute;rez    corri&oacute; hasta m&iacute; y me dijo con voz que no olvidar&eacute; nunca:</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>_ &iquest;Qu&eacute; te parece esto?-me mostraba una mu&ntilde;eca sangrante,    casi colgante. Con su pa&ntilde;uelo y el m&iacute;o le improvis&eacute; una    venda. Y tuve casi obligarle a retirarse.</p>     <p>_ Las llamas segu&iacute;an acerc&aacute;ndose. Fui a recoger mi mochila, pero    ya el fuego estaba muy cerca. Me retir&eacute; sin mochila. No ve&iacute;a a    nadie cerca de m&iacute;. Sin Fidel, sin ninguno de los otros compa&ntilde;eros    cerca, pens&eacute; en salvarme. Corr&iacute; en direcci&oacute;n contraria    a la ca&ntilde;a que ard&iacute;a. Pens&eacute; muchas cosas distintas. Para    m&iacute; aquello era en ese momento, el final, el fracaso y el deber de comenzar    de nuevo. Estuve corriendo durante mas de una hora. En aquel dram&aacute;tico    momento vino a m&iacute; el recuerdo de mi familia, que hasta entonces no hab&iacute;a    ocupado mi pensamiento.</p>     <p>Tras larga carrera, sin saber de nadie, me tiraba a descansar. Oscurec&iacute;a    cuando o&iacute; cerca de m&iacute; una voz respetada y querida:</p>     <p>_ M&eacute;dico - me dijo.</p>     <p>Era Fidel Castro. Junto a &eacute;l estaba Universo S&aacute;nchez.</p>     <p>&quot;Fidel me pregunt&oacute; por los dem&aacute;s compa&ntilde;eros. A muchos    de ellos los daba ya por muertos. Fidel advirti&oacute; que el momento era duro,    pero no flaque&oacute; un solo instante. Entonces hab&iacute;a de comenzar el    duro peregrinaje junto al Jefe de la Revoluci&oacute;n por aquellos parajes.    Sigilosamente, para no hacer ruido, reanudamos la marcha. Recuerdo que Universo    S&aacute;nchez que como otros compa&ntilde;eros se hab&iacute;a quitado las    botas en &quot;Alegr&iacute;a de P&iacute;o&quot;, cuando nos sorprendieron    all&iacute; tuvo que abandonarlas. Con mis medias y las suyas aconchadas con    paja de ca&ntilde;a entre ambas, se improvis&oacute; un calzado y echamos a    andar. Esa noche salimos de la ca&ntilde;a a un monte alto. La ma&ntilde;ana    siguiente, tras discutir el rumbo a seguir, nos dimos cuenta de que &iacute;bamos    en direcci&oacute;n a donde se hab&iacute;a iniciado el fuego. Por all&iacute;    nos localizaron los aviones. Fidel se dio cuenta de que nos hab&iacute;an visto.    Corrimos unos pasos y nos lanzamos al suelo. Fue una cosa extraordinaria salir    ilesos. Los pases de avi&oacute;n eran sucesivos. Arrastr&aacute;ndonos pasamos    una guardarraya y nos metimos en otro campo.</p>     <p>&quot;En este &uacute;ltimo campo de ca&ntilde;a permanecimos sin apenas movernos.    Con frecuencia las r&aacute;fagas y disparos cercanos indicaban la presencia    de tropas de la tiran&iacute;a.</p>     <p>&quot;Nos aliment&aacute;bamos del jugo de la ca&ntilde;a. Universo era el    m&aacute;s pr&aacute;ctico en cortarla (sin cuchillo), y lo hac&iacute;a para    los tres. Dec&iacute;a que Fidel y yo hac&iacute;amos mucho ruido cort&aacute;ndola    con los dientes. Cuando nos pregunt&aacute;bamos cuando podr&iacute;amos salir    de all&iacute;, Universo respond&iacute;a bromeando:</p>     <p>_ Aqu&iacute; nos van a encontrar los macheteros...</p>     <p>&quot;All&iacute; estuvimos cinco o seis d&iacute;as, no recuerdo con precisi&oacute;n.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&quot;Al fin reemprendimos la marcha. Nuestra suerte era que los ca&ntilde;averales    se empataban unos con otros. &Iacute;bamos arrastr&aacute;ndonos por las guardarrayas    para no ser advertidos. Tres d&iacute;as, m&aacute;s o menos, estuvimos caminando    en esta forma.</p>     <p>&quot;Una tarde ya oscuro, nos encontramos una mata de pl&aacute;tanos con    racimos tiernos. Nos metimos en un hoyo y los asamos. Esto fue un error porque    despu&eacute;s nos dio mucha sed y no ten&iacute;amos agua. Esa noche continuamos    caminando. O&iacute;mos unos perros. Desde una loma divisamos una casa. Nos    acercamos. O&iacute;amos las conversaciones. Despu&eacute;s de observar la casa    todo el d&iacute;a, Fidel me orden&oacute; bajar hasta ella en busca de alimentos.    La familia campesina me recibi&oacute; alarmada.</p>     <p>_ &iexcl;Pres&eacute;ntense que los van a matar a todos! _ Me mostraron unas    hojas que hab&iacute;a regado la aviaci&oacute;n en la que se relacionaba un    grupo de compa&ntilde;eros muertos y otros que se &quot;hab&iacute;an presentado&quot;.    (En realidad, de estos &uacute;ltimos la mayor parte hab&iacute;an sido hechos    prisioneros). All&iacute; comenzamos a saber concretamente los nombres de los    compa&ntilde;eros ca&iacute;dos, casi todos asesinados despu&eacute;s de prisioneros.    Sent&iacute; por un instante todo el peso de aquel oscurecer sobre m&iacute;    mismo.</p>     <p>_ Aquellas casitas est&aacute;n llenas de guardias _ me se&ntilde;alaron los    campesinos. _ Anoche estuvieron como 40 preguntando por ustedes.</p>     <p>&quot;Los campesinos tem&iacute;an justamente por nuestras vidas. Entre aquellas    casitas, llenas de guardias, hab&iacute;amos pasado nosotros la noche anterior.    Sin embargo, despu&eacute;s que se tranquilizaron, nos prepararon un lech&oacute;n    con arroz. Recuerdo que Universo carg&oacute; con las sobras dentro de una yagua    y fueron nuestro alimento del d&iacute;a siguiente.</p>     <p>&quot;En la marcha nos encontramos otras casas campesinas donde se nos dio    alimento. Una noche llegamos a un lugar donde nos encontramos a un jovencito.    &Eacute;ste pregunt&oacute; a Universo por su gorra para identificarlo.    <br>   _ La he perdido.</p>     <p>Luego le palp&oacute; los pies:_ &iquest;Y tus botas?</p>     <p>Universo explic&oacute;, pero el muchacho desconfi&oacute; hasta que me vio    a m&iacute; y al palpar mis botas exclam&oacute;:</p>     <p>_ Ustedes son de los nuestros. &iexcl;Ustedes son de los de Fidel Castro!</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&quot;Enseguida nos prepararon alimento, nos informaron que otros compa&ntilde;eros    ya hab&iacute;an pasado por all&iacute;, que ellos pertenec&iacute;an a un grupo    organizado por un tal Guillermo Garc&iacute;a. Eran los hermanos Tejeda, que    m&aacute;s tarde se incorporaron tambi&eacute;n.</p>     <p>&quot;A partir de all&iacute;, ya no nos faltar&iacute;an alimentos ni gu&iacute;a.    Esa misma noche nos hicieron cenar de nuevo en otra casa y esta vez, gallina    y pl&aacute;tano frito. Continuamos hasta la finca de Eutiquio Naranjo y al    d&iacute;a siguiente vimos a alguien que buscaba jadeante en el bosque con un    cubo en las manos. Al fin nos decidimos a acercarnos a &eacute;l. Nos buscaba    a nosotros. Era el padre del hoy comandante Guillermo Garc&iacute;a que nos    tra&iacute;a alimentos.</p>     <p>&quot;El padre de Guillermo miraba a Fidel (a quien llam&aacute;bamos Alejandro)    con inter&eacute;s. El viejo dijo no saber leer, pero que guardaba los art&iacute;culos    de Fidel que sus hijos le&iacute;an.</p>     <p>_ Usted sabe -dec&iacute;a_ que cuando muri&oacute; Maceo, un soldado espa&ntilde;ol    que no lo conoc&iacute;a, al ver la estrella grit&oacute;: &quot;Aqu&iacute;    cay&oacute; uno grande&quot;. Y a m&iacute; me parece que usted es de los grandes.</p>     <p>&quot;Fidel dijo que pertenec&iacute;amos al Estado Mayor.</p>     <p>&quot;Esa misma tarde ser&iacute;a nuestro primer encuentro con Guillermo Garc&iacute;a.</p>     <p>&quot;Ya de noche, Eutiquio nos sac&oacute; hacia un arroyuelo donde nos esperaba    la comida y como una veintena de j&oacute;venes campesinos de la zona que se    reunieron a pesar nuestro deseo de pasar inadvertidos, mostrando mucho su deseo    de unirse a nosotros. No era posible aceptarlos en aquellos momentos.</p>     <p>&quot;Despu&eacute;s de uno o dos d&iacute;as m&aacute;s por aquella zona emprendimos    una larga caminata que dur&oacute; una noche entera, acompa&ntilde;ados por    Guillermo Garc&iacute;a e Ignacio P&eacute;rez (hijo de Crescencio, que cayera    luego, en el combate de Jiguan&iacute;, con el grado de capit&aacute;n). Cruzamos    el camino que une a Pil&oacute;n y Media Luna, donde hab&iacute;a sido tendido    el cerco de guardianes y llegamos a la finca de Mongo P&eacute;rez, hermano    de Crescencio, en Purial de Vicana. All&iacute; estuvimos acampados varios d&iacute;as.    Una ma&ntilde;ana Mongo lleg&oacute; hasta nosotros con una gran noticia y dos    cervezas para celebrarla: A unos 2 kil&oacute;metros del lugar, en la finca    de Cardero, se encontraba Ra&uacute;l con un grupo de compa&ntilde;eros. El    encuentro con Ra&uacute;l fue inolvidable. Con &eacute;l ven&iacute;an Ciro,    Efigenio, Ren&eacute;...</p>     <p>&quot;Uno o dos d&iacute;as despu&eacute;s llegar&iacute;an tambi&eacute;n    Camilo, el &quot;Che&quot;, Almeida, Calixto y otros. As&iacute; casi uno a    uno, fueron reuni&eacute;ndose de nuevo los compa&ntilde;eros y form&aacute;ndose    el grupo. Aquel fue el germen del Ej&eacute;rcito Rebelde. &quot;</p>     <p>Terminado su relato, el comandante Faustino P&eacute;rez, concluye:    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> </p>     <p>_ Aquel inicio es lo que avala nuestra confianza absoluta en que esta Revoluci&oacute;n    es invencible, porque si aquel peque&ntilde;o grupo no se sinti&oacute; jam&aacute;s    derrotado ni en las peores circunstancias, c&oacute;mo podr&aacute; serlo un    pueblo como el nuestro, que cuenta con un l&iacute;der como Fidel y con la solidaridad    de todos los pueblos del mundo. </p>     <p></p>     <p><a href="#autor">* D&Iacute;AS DE COMBATE. Colecci&oacute;n Uvero. La Habana.    Instituto Cubano del Libro. 1970: 3-14.    <br>   ** Comandante del Ej&eacute;rcito Rebelde.</a><a name="cargo"></a>    <br> </p>     <p>&nbsp; </p>      ]]></body>
</article>
