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<institution><![CDATA[,Escuela Nacional de Salud Pública Jefe del Departamento de Historia de la Salud Pública ]]></institution>
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</front><body><![CDATA[ <p><img src="/img/revistas/rcsp/v31n2/vi%F1eta%204.jpg" width="252" height="47"></p><h2><font size="4">El  bicentenario de la introducci&oacute;n de la vacuna en Cuba. Discurso conmemorativo</font><a href="#asterisco">*</a><a name="titulo"></a></h2>    
<p><span class="superscript"></span><a href="spu17205.htm#t1">Gregorio  Garc&iacute;a Delgado<span class="superscript">1</span> </a><a name="t2"></a></p>    <p>Compa&ntilde;eras  y compa&ntilde;eros:</p>    <p>Se me ha pedido que, en muy breves palabras, caracterice  el contexto en que se produjo la introducci&oacute;n de la vacuna antivari&oacute;lica  en Cuba, hace 200 a&ntilde;os. A tantos a&ntilde;os vista resulta dif&iacute;cil,  incluso para los historiadores, retrotraer la mente hasta aquella &eacute;poca,  que -como casi todo momento hist&oacute;rico- estaba pre&ntilde;ada de hechos  que hoy nos pueden parecer ins&oacute;litos, de una &eacute;poca de premonitorias  contradicciones y de esperanzas que pod&iacute;an o no realizarse.</p>    <p>Eran  los tiempos -que duraron unos 50 a&ntilde;os- en que predominaba en Cuba, en lo  econ&oacute;mico y en lo pol&iacute;tico, la pujante aristocracia criolla, las  ra&iacute;ces de cuyo poder&iacute;o yac&iacute;an en la plantaci&oacute;n ca&ntilde;era  y en la esclavitud. Eran los tiempos de hacendados provistos de t&iacute;tulos  nobiliarios y de rangos militares, con intereses que no siempre coincid&iacute;an  con los de la metr&oacute;poli, pero nada dispuestos a separarse de la Madre Patria.  </p>    <p>Eran los tiempos de <i>Francisco Arango</i> y <i>Parre&ntilde;o</i>, pero  tambi&eacute;n -desde 1802- de un personaje al cual Jos&eacute; Mart&iacute; llam&oacute;  &quot;aquel obispo espa&ntilde;ol que llevamos en el coraz&oacute;n todos los  cubanos&quot;, <i>Juan Jos&eacute; D&iacute;az de Espada</i> y <i>Fern&aacute;ndez  de Landa</i>, el obispo <i>Espada</i>. Este representante del minoritario y casi  perseguido catolicismo ilustrado espa&ntilde;ol, que se inspiraba en <i>Feij&oacute;o</i>  tanto como en <i>Jovellanos</i>, lleg&oacute; dispuesto a &quot;barrer&quot;,  como &eacute;l mismo dec&iacute;a, con algunos de los males que plagaban al clero  y a la poblaci&oacute;n habanera.</p>    <p>Ante sus empe&ntilde;os ten&iacute;an  que ceder algunos avejentados frailes y fieles que de vez en cuando sal&iacute;an  a flagelarse p&uacute;blicamente, ya sin mucha convicci&oacute;n ni esfuerzo,  es cierto, pues su prop&oacute;sito era recibir las limosnas de otros fieles,  menos dispuestos a tales manifestaciones. El fanatismo hab&iacute;a deca&iacute;do  mucho, pero estas procesiones no dejaban por ello de ser un rasgo medieval a principios  del siglo XIX, algo nada raro en Espa&ntilde;a, pero que s&iacute; resultaba chocante  al ilustrado obispo y a los ya bastantes descre&iacute;dos habaneros de entonces.  </p>    <p>Tambi&eacute;n barri&oacute; <i>Espada</i> con la costumbre de enterrar  en las iglesias y la sustituy&oacute; con el h&aacute;bito de inhumar en los cementerios.  Cre&oacute; el primer cementerio habanero, el que llev&oacute; su nombre. As&iacute;  logr&oacute; despojar a las iglesias de los olores m&oacute;rbidos que generalmente  acompa&ntilde;aban las ceremonias religiosas; pero -de paso- tambi&eacute;n las  despoj&oacute; de los considerables ingresos que percib&iacute;an por estos enterramientos,  y con ello se asegur&oacute; la ferviente enemistad de unos cuantos p&aacute;rrocos.</p>    <p></p>    <p>Todos  estos hechos, unidos a su posterior apoyo a la constituci&oacute;n de 1812, a  las ambiciones de obispos expulsados de Am&eacute;rica del Sur que quer&iacute;an  se les concediese la sede habanera, a las artima&ntilde;as de un arzobispo de  Santiago de Cuba que solicitaba la anulaci&oacute;n de la di&oacute;cesis de La  Habana, y a otros demandantes, provistos de razones tan &quot;espirituales&quot;  como las mencionadas anteriormente, am&eacute;n de algunos dineros que se movieron  en la corte de Madrid y en la de Roma, condujeron a sendos procesos, abiertos  en esas ciudades, donde el obispo <i>Espada</i> era calificado de jansenista,  mas&oacute;n, hereje, heterodoxo y cuanto crimen se pudiera extraer de los dolidos  bolsillos y las vanidosas mentes de sus enemigos. La Corte y el Altar se unieron  en esos infames procedimientos que convirtieron a <i>Espada</i> en el m&aacute;s  digno de los obispos que haya tenido Cuba nunca. Los amigos del ya anciano obispo,  por su parte, entre ellos de manera muy destacada <i>Tom&aacute;s Romay</i>, lograron  impedir que se le obligara a viajar a Madrid. </p>    ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Espada fue quiz&aacute;s  quien con mayor energ&iacute;a respald&oacute; a <i>Tom&aacute;s Romay</i> en  su labor de propagar la vacuna. Recu&eacute;rdese que, adem&aacute;s de obispo,  era desde 1803 el director de la Sociedad Econ&oacute;mica. Pero, &iquest;qui&eacute;nes  pod&iacute;an oponerse en Cuba a la difusi&oacute;n de la vacuna?</p>    <p>En Espa&ntilde;a  se hab&iacute;a aplicado con &eacute;xito en varias zonas del pa&iacute;s. Y en  noviembre de 1803 se inici&oacute; la famosa &quot;expedici&oacute;n de la vacuna&quot;.  Parti&oacute; a bordo de la corbeta <i>Mar&iacute;a Pita</i>, donde la vacuna  se iba trasladando de brazo a brazo entre unos veinte ni&ntilde;os para que as&iacute;  cruzara el Atl&aacute;ntico y llegara a las colonias hispanas de Am&eacute;rica,  extraordinaria cruzada sanitaria dirigida por el m&eacute;dico hispano <i>Francisco  Xavier Balmis</i>.</p>    <p>Si en Espa&ntilde;a se aplicaba la vacuna desde 1800  y adem&aacute;s se hab&iacute;a habilitado una expedici&oacute;n para propagarla  en Am&eacute;rica, resulta obvio que en Cuba no pod&iacute;a tropezar con oposici&oacute;n  oficial alguna, ni del gobierno ni de la iglesia; pero s&iacute; tendr&iacute;a  que enfrentarse a un peque&ntilde;o grupo social, poco estudiado por cierto, el  de los inoculadores, algunos de los cuales eran m&eacute;dicos (el propio <i>Romay</i>  estuvo anteriormente entre ellos), otros cirujanos latinos o simples practicantes.  Los &quot;inoculadores&quot; aplicaban la <i>variolaci&oacute;n</i>, es decir  tomaban el pus de los enfermos de viruela con un hilo o una lanceta, y trataban  de atenuar su virulencia, ya aire&aacute;ndolo, ya d&aacute;ndole algo de calor.  Desde luego, esto pod&iacute;a resultar o no resultar, y si no resultaba la persona  pod&iacute;a padecer un grave ataque de viruelas y hasta fallecer. Era un procedimiento  extraordinariamente riesgoso, pero era el &uacute;nico medio preventivo que existi&oacute;  con anterioridad. La inoculaci&oacute;n basada en la viruela de las vacas era  mucho m&aacute;s efectiva y, cuando m&aacute;s, s&oacute;lo pod&iacute;a causar  una calentura en el inoculado. Pero no todos los partidarios de la variolaci&oacute;n  estaban dispuestos a renunciar a ella en favor de la vacunaci&oacute;n. En esa  reticencia influ&iacute;an concepciones, h&aacute;bitos y razones puramente cremat&iacute;sticas.  </p>    <p>Las demostraciones realizadas por <i>Romay</i> y la presencia de la expedici&oacute;n  de Balmis, que lleg&oacute; a La Habana el 26 de mayo y permaneci&oacute; en la  ciudad hasta el 18 de julio, ayudaron a vencer la oposici&oacute;n de los inoculadores.  Otro factor que ayud&oacute; fue que la vacunaci&oacute;n era gratuita, no as&iacute;  la variolaci&oacute;n que practicaban los inoculadores. De esta manera, la vacuna,  aunque no era ni obligatoria ni se reactivaba, como hubiera querido <i>Romay</i>  con su buena intuici&oacute;n m&eacute;dica, probablemente contribuy&oacute; a  elevar la esperanza de vida de la poblaci&oacute;n cubana de entonces. Pienso  que no ser&iacute;a exagerado suponer que quiz&aacute;s se halle entre los presentes  alguien que descienda de aquellos que se salvaron gracias a esas primeras campa&ntilde;as  de vacunaci&oacute;n, realizadas por <i>Tom&aacute;s Romay</i>, y que -quiz&aacute;s  sin saberlo- haya venido aqu&iacute; a rendir homenaje a ese benefactor ilustre  cuya memoria hoy honramos. As&iacute; sea. Gracias.    <br> </p>    <p align="left"><a href="#titulo">*Presidieron  este acto los doctores Jos&eacute; Ram&oacute;n Balaguer Cabrera, Ministro de  Salud P&uacute;blica, Ismael Clark Arxer, Presidente de la Academia de Ciencias  de Cuba y Jos&eacute; L&oacute;pez S&aacute;nchez, fundador de este Museo, bi&oacute;grafo  de Tom&aacute;s Romay y maestro de todos nosotros. </a><a name="asterisco"></a>  </p>    <p> </p>    <p align="left"> <span class="superscript"><a name="t1"></a><a href="spu17205.htm#t2">1</a></span><a href="spu17205.htm#t2">Historiador  m&eacute;dico del Ministerio de Salud P&uacute;blica, Jefe del Departamento de  Historia de la Salud P&uacute;blica en la Escuela Nacional de Salud P&uacute;blica.</a></p>      ]]></body>
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