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Universidad de La Habana

On-line version ISSN 0253-9276

UH  no.278 La Habana July.-Dec. 2014

 

ARTÍCULO DE OPINIÓN

Entrevista al Dr. Oscar Loyola Vega

 

Interview to Dr. Oscar Loyola Vega

 

 

Reinier Borrego Moreno, Fabio E. Fernández Batista

Facultad de Filosofía, Historia y Sociología, Universidad de La Habana, Cuba.

Una buena parte de su laboreo profesional ha transcurrido en las aulas de la Universidad de La Habana. ¿Cuánto de su formación humana e intelectual debe el Dr. Oscar Loyola al ejercicio docente que por décadas ha desempeñado en tan prestigiosa casa de estudios?

Yo di mi primera clase a los trece años de edad, mientras estaba en octavo grado. No había profesores para séptimo, yo conocía a todo el mundo y descaradamente me atreví a hacerlo. En la primera clase que di descubrí que iba a ser profesor. No sabía de qué iba a dar clases pero sabía que iba a dar clases. Creo que todo lo que yo he logrado en la vida ?estoy satisfecho, dado los problemas de mi generación?, es gracias al hecho de trabajar como profesor de la Universidad de La Habana. Para mí ha sido fundamental estar constantemente al día con los estudiantes, discutir con diferentes generaciones, ver cómo han ido cambiando la manera de pensar y asumir el mundo. Yo no hubiera sido el Oscar Loyola que soy si hubiera estado en otro lugar que no fuera en la Universidad de La Habana.

¿Qué criterios han determinado su trabajo profesoral en la formación de las nuevas generaciones de historiadores?

Bueno, hay un viejo refrán que dice que cada maestro tiene su librito. Yo diría que hay dos cosas necesarias para mantenerse con un mínimo de éxito en este trabajo. En primer lugar, no considerar jamás que uno tiene la verdad en la mano. Considerar que el estudiante, hasta el estudiante más aparentemente pobre en ideas que uno tenga, tiene derecho a tener una perspectiva diferente a la mía, y aceptarlo. Tuve un alumno una vez que en un trabajo de pensamiento cubano pretendió destruir la figura de Félix Varela, que es un mito nacional. El trabajo era terrible en el plano afectivo de todos nosotros con Varela, pero fabuloso en el plano del análisis. Trabajó enormemente y eso creo que es importante. O sea, mis criterios fundamentales han sido dos. El primero, admitir cierta pluralidad general en el alumnado, en el derecho del alumno a expresarse y a pensar distinto a mí. Yo no tengo la verdad en la mano. Y por otro lado, algo que me parece que es elemental: el respeto a toda inquietud que el alumno tenga. El estudiante viene a la universidad para tener inquietudes. No viene, es mi criterio a estas alturas de mi vida, a aprehender la manera en la que el profesor piensa. Entonces usted tiene que respetarles las inquietudes al muchacho y tiene que hacer otra cosa: impulsarlas si no las tiene. Tratar de que el estudiante se vaya de aquí con criterios personales que la vida le puede enmendar o que le puede reafirmar. Sea quien sea el profesor, debe respetar la pluralidad de opiniones. El conocimiento no debe ser aprendido a pie juntillas por el alumno, debe ser reprocesado por el estudiante.

Ello implicaría potenciar la capacidad de análisis en los estudiantes. Teniendo en cuenta nuestras problemáticas, ¿cuánto de provechoso puede ser ello para la sociedad cubana actual?
La historia es, como ustedes saben, la más antigua de las ramas del saber. Es muy densa, es muy sólida y no tiene una tradición, como en otras ramas -digamos la filosofía-, de amplia discusión plural. Hoy por hoy se utilizan mucho las expresiones otredad, pluralidad, que me parecen muy buenas. Yo creo que una buena enseñanza de la Historia a lo que tiene que tender no es a una acumulación del saber que se puede encontrar en el mundo contemporáneo en cualquier base de datos. Eso no es necesario. A lo que tiene que tender es a que el ser humano comprenda su lugar en una sociedad concreta. Nadie vive en abstracto. Vive en una sociedad, en un medio geográfico con características socioeconómicas, de identidad y de tipología nacional distintas a la de otros conglomerados humanos. El historiador lo que tiene que aprender como simple ser social es a ser un habitante de su momento histórico, del lugar en el que vive y responder sus problemas. Sería absolutamente tonto considerar que alguien de nuestra nación se especializara en el Medioevo de la Polinesia, si es que existe esta temática, dándole la espalda a la cantidad de problemas que la nación cubana ha tenido siempre y que para ser mejores habría que responder. Eso no se logra con una acumulación verbalista del conocimiento. Por supuesto, un estudiante de Historia tiene que saber qué pasó en la Antigua Grecia. Pero ya desde la época de José Martí se había detectado muy bien que hace mucho más falta el conocimiento de la "Grecia" en la que uno vive, que el de la Grecia Clásica. A veces en Cuba el estudiante no entiende que un estudiante europeo apenas estudie Historia Antigua o Medieval, pues para ellos esa es historia nacional. O sea, las asunciones son diferentes. Luego las divisiones son diferentes. Las crea el hombre, por lo tanto, es el hombre quien tiene que dinamitar todas esas divisiones. Mientras más se logre que el estudiante de Historia se ubique en lo que pueda ser la sociedad como tal, mejor historiador será, creo yo.

La docencia es una actividad necesaria y extendida a todas las ramas del saber humano. Más allá de los principios metodológicos generales que rigen esta actividad en sus múltiples variantes, ¿cuáles cree usted que sean los elementos fundamentales que deban regir la actividad docente en el campo de la Historia? ¿Usted considera que en este campo son subvalorados los docentes?

Bueno, yo pienso -aquí insisto en que cada cual tiene sus ideas- después de varias décadas en el ejercicio de la profesión, que un docente de Historia no es cualquier docente. Yo no quisiera ofender a nadie, a ninguna otra rama del saber, pero es un poco difícil apasionarse enseñando el subjuntivo en una lengua extranjera y es muy difícil no apasionarse sabiendo que un joven de 23 años llamado Frank País toca el órgano en una Iglesia, se encomienda a su Dios, besa a la novia y se va a dirigir una revolución en toda una provincia cubana de más de dos millones de habitantes. Es difícil no emocionarse con eso. Yo pienso que lo primero que tiene que tener un profesor de Historia es un determinado apasionamiento por lo que enseña. Puede que el profesor de ecuaciones algebraicas no se tenga que apasionar con una ecuación. Pero el profesor de Historia tiene necesariamente que vivir la Historia que enseña. Si usted no la pasa por sus venas y la transmite con toda su fuerza, no podrá usar todos los hierros históricos. Sé que una gran parte de mis compañeros podrían no estar de acuerdo conmigo. Pienso que otra cosa que es fundamental en la actividad docente de la Historia es tratar de evitar el unanimismo. Cada ser humano pasa la Historia por sí y, al pasarla por sí, hay que aceptarle que tenga elementos que se distancien de otras personas. En el gremio de los historiadores, no me atrevo a hablar de otros gremios, la profesión de enseñar Historia no es excesivamente respetada. Es extraordinariamente respetado tener cinco libros, noventa y nueve artículos o setenta y tres ensayos. Pero no el haber contribuido a formar a todos los que escribieron los cinco libros o los ensayos referidos. Poder hacer como profesor una lista de los éxitos de los alumnos de uno, no se puede exhibir como parte del currículo de un profesor de historia. Entonces resulta ser que un historiador que trabaja en un centro de investigación y que en cuarenta años de vida profesional hizo tres libros -cuarenta años tres libros, a trece años y medio por libro, a ocho horas diarias-, puede gozar de más prestigio que un profesor que impartió diez horas de clase a la semana durante cuarenta años y que tiene cincuenta y cinco doctores formados por él, en la calle. Eso es una cosa muy dura que limita el prestigio del profesor, que no es valorado para determinadas corporaciones históricas. O sea, la obra de la formación en el aula no es valorada en la misma dimensión que la obra puesta por escrito. Luego se da el caso de personas que son historiadores de ramas muy particulares
poco leídas y que nadie conoce y que tienen más rango otorgado de manera oficial que las personas que se han pasado la vida formando a otras personas. Esa es una realidad que atravesamos todos los docentes de la historia y que simplemente hay que aceptarla o no aceptarla.

En tal sentido, cuáles -piensa usted- puedan ser las consecuencias de la subvaloración del docente de la historia.

Este fenómeno tiene un impacto en la propia docencia. Usted no anda por la vida diciendo: este año le di clases a cincuenta y nueve personas, sino este año publiqué dos artículos. El joven que empieza a trabajar o la persona que se interesa por la historia trata, por múltiples razones y no solo por esta, de derivar hacia centros de investigación donde logre dejar una producción escrita que le permita obtener cierta notoriedad en el gremio. Esto no es igual en todo el mundo; en otros países es más valorado que en Cuba el acto de enseñar. Nuestro país tiene una cantidad enorme de profesores, miles de profesores que enseñan historia en varios niveles escolares, que son tremendamente necesarios para hacer avanzar la historia, pero que nunca van a escribir libros ni a publicar artículos en las distintas provincias en las que viven. Luego, muchos de los estudiantes formados en universidades pedagógicas tratan rápidamente de derivar hacia una comisión de historia o hacia un museíto local donde puedan empezar a escribir, subvalorando el acto de la enseñanza. Entonces usted se encuentra en muchos casos, que excelentes profesores en función hace unos treinta, veinte o diez años, se encuentran hoy en centros de investigación y ya no continúan su labor docente.

Más que en ninguna otra época, el profesional de la Historia ha tenido y tendrá que desarrollar su profesión en un mundo signado por la acción sistemática y hegemónica de los medios de comunicación; en los cuales la divulgación de información histórica ha sido una actividad constante.

¿Qué retos les ha planteado al profesional de la Historia y en especial al ejercicio docente el nuevo escenario mediático?

Lo primero que se impone es que los historiadores tienen que cambiar su propia mentalidad. Como todo el mundo sabe, al menos en el gremio, la historia es una rama del saber extraordinariamente vieja en comparación con la nanotecnología. Al historiador le cuesta un trabajo enorme cambiar y dejar de hacer el papelito, la anotación, etc. El historiador puede y debe aprovechar en su favor muchas herramientas de las nuevas tecnologías y los medios de comunicación. Asimismo, los programas de divulgación histórica tienen que ser más atractivos. Es un poco difícil trabajar ocho horas al día, vivir no solo las dificultades que se viven en Cuba, sino también las de la contemporaneidad, llegar a tu casa, realizar en ella las labores cotidianas, sentarte a descansar frente a ese habitante fundamental del hogar que es el televisor y ver un programa de historia que sea un enjundioso análisis sobre la problemática de las clases sociales en el capitalismo. Esto, dicho con palabras contemporáneas, no tiene salida de mercado. El historiador tiene que aprender que el mercado existe. Tiene que aprender cómo "vender" mejor su producto. Aunque le parezca que esto es ceder, esto no es nada más que adaptarse a los tiempos que se viven. La literatura dio un gran salto con Honoré de Balzac en Francia, en la primera mitad del siglo XIX, pero Balzac escribía atando las cuartillas en folletines, luego esos folletines se compilaron y ahí están sus novelas. Pero si el hombre hubiera seguido con el método clásico, no hubiera hecho avanzar la literatura como la hizo avanzar. Esto hay que tenerlo en cuenta. Existen los medios de comunicación actuales y el historiador muchas veces no los aprovecha en la medida en que debiera. Cuando los utiliza lo hace en ocasiones de una manera clásica, para dar la misma disertación que daría en un congreso de historiadores. No obstante, vale reconocer el éxito que han tenido en Cuba programas como Fotogramas o Pasaje a lo desconocido, que proyectan documentales realizados fuera de la Isla con un impactante nivel histórico, pero en los cuales las problemáticas fundamentales están en ocasiones trabajadas de una manera completamente diferente a como dentro del patio se analiza. De ahí que lo primero, para resumir, que tendría que hacer un historiador es cambiar un poco su cabeza. Entender que el mundo avanza y utilizar una serie de reglas que le permiten difundir mejor su producto.

La creatividad es una de las capacidades más necesarias y exigidas a los historiadores. En su caso, ha resultado ser una poderosa herramienta de atracción y divulgación histórica. ¿En qué medida la imaginación histórica puede complementar o limitar el trabajo científico del historiador?

Bueno, a riesgo de ser fusilado por la mitad del gremio y expulsado del mismo, si no fusilado por las tres cuartas partes del resto de la mitad, me atrevo a decir que la historia no existe con independencia de los sentidos. El historiador construye la historia. Y si la construye, lo hace de manera subjetiva, y al construirla de manera subjetiva la imagina. La imaginación es fundamental para un historiador. Un gran sociólogo escribió un libro esencial, La imaginación sociológica. Sería imprescindible uno sobre imaginación histórica. El historiador que no eche mano a sus recursos mentales en la creación de un proceso, se puede convertir en un "datólogo", un recuperador de datos, con una enfermedad total para encontrar datos y datos y datos. No obstante, esa persona podría no saber nunca qué pasó realmente en la sociedad que estudia. El historiador tiene que relacionar con su imaginación el pleno conocimiento de la historia, con toda la información dispersa e incluso aparentemente inconexa que existe en el decurso histórico. Si es que existe un decurso histórico -eso sería otra discusión- y no es el historiador el que lo crea.

Su trabajo profesoral no ha estado limitado a la enseñanza superior. Usted ha colaborado, junto a otros importantes historiadores, en la escritura de varios libros y proyectos docentes para la enseñanza preuniversitaria. En este sentido, ¿qué opinión le merece la enseñanza de la Historia en los niveles preuniversitarios? ¿Qué cambios promovería en ella?

De todas las preguntas realizadas hasta ahora, esta es la más difícil para mí. Como profesor universitario recibo el producto del trabajo en la enseñanza anterior. No puedo hacer otra cosa que actuar sobre la base de lo que allí se hizo. Yo no trabajo en preuniversitario, no debería juzgar esto, pero como recibo el producto del trabajo de pre, como maestro, como padre y como ciudadano de este país, puedo tener una opinión desde hace mucho de aquello. Si me lo permitieran, todo el trabajo que yo cambiaría de pre no es de la historia como materia, sino del profesor de historia, simplemente. Con un profesor formado correctamente y con ganas de instruir, a pesar de los escasos recursos, la enseñanza de la historia en los niveles preuniversitarios cambiaría muchísimo. El maestro es una pieza fundamental e irremplazable del sistema de educación. El maestro puede y debe lograr que la historia sea una materia querida. Es inconcebible que lo que nos explica quiénes somos no produzca en nosotros apasionamiento y sí lo provoque un teorema geométrico.


Hablando un poco de las características de su laboreo con la Historia. En varios de sus trabajos y en sus clases, la figura histórica nos parece invocada desde una profunda concepción personal. ¿Cuánto de vida le hace falta al discurso histórico de una nación?

Siempre he pensado que cada figura y proceso histórico es una figura para y un proceso para. Ello quiere decir para un estudioso. O sea, hay un estudioso que se acerca a cada personalidad y proceso histórico y los asimila para sí. Por lo tanto, a toda figura y proceso histórico lo que más le hace falta es la verdadera asunción del estudioso. Es el investigador el que lo crea y luego lo proyecta. Sucede que lo que para alguien es un signo de grandeza, puede que para otra persona no lo sea. Si nos acordamos todos, en determinado momento, a fin de explicarlo y que se comprenda, alguien se ofendió en la manigua porque Carlos Manuel de Céspedes, para comerse un boniato, ponía un mantel con cubiertos arriba de una rústica mesa. Sin embargo, otra persona se conmovió al ver a un hombre tan educado, a pesar de la paupérrima situación de la manigua. Cada cual construye su figura. Desde la vida que cada cual le da, avanza la historia.

Su trabajo está impregnado de no poca substancia teórica. ¿Considera usted que la teoría es una fuente necesaria en el análisis histórico? ¿Cuáles han sido sus principales referentes dentro de la producción teórica contemporánea?

Todo esto es muy complejo y se podría hablar mucho de ello. Trataré de resumir mi opinión. Considero que sin teoría no hay historia. Que me perdonen los seguidores de Leopold von Ranke. El solo hecho de aproximarme a una problemática ya implica una asunción teórica. ¿Por qué ese problema y no otro? Pienso que la historiografía cubana debe trabajar con mayor rigor las maneras de hacer historia, para llegar a comprender mejor la enorme trascendencia de un problema.

Por otra parte, es muy difícil pasarle uno mismo balance a ciertas cosas. Sin ser un teórico, ni blasonar de ello, yo aprendí mucho cuando era joven de Julio Le Riverend. El Dr. Le Riverend tenía una extraordinaria capacidad para el pensamiento abstracto, y tenía una gran capacidad para relacionar, en los marcos cubanos, disciplinas diversas de las ciencias sociales. Tuve la suerte de compartir con él en varias ocasiones fuera de La Habana y aprendí enormemente de él a no analizar los problemas solo desde un enfoque. Me formé además con los textos de dos apasionados historiadores, Marc Bloch y Lucien Fevbre. De las cosas que he leído en la contemporaneidad me han interesado los trabajos sobre filosofía del discurso, tema muy desarrollado en Europa. Ello me ha servido para plantearme los problemas de la discursividad y narración en el campo de la Historia. Me he valido también de los análisis de Pierre Bourdieu para plantearme problemas globales de las ciencias sociales. En fin, podría citar a otros autores útiles para cuestiones particulares.

¿Por qué las Guerras de Independencia como centro de su labor investigativa? ¿Qué otra etapa de nuestra Historia le fascina?

Yo no escogí trabajar las guerras de independencia. Me ubicaron en ese campo. Pertenezco a una generación que tuvo que asumir determinados "vacíos" en la investigación y la enseñanza de la historia. A mí me fascinaba el período de la Historia de Cuba que va desde 1895 hasta la cuarta década del siglo XX. Me parecía que allí estaba la verdadera génesis de lo que nosotros éramos en aquellos momentos. Cuando digo en aquellos momentos, me refiero a los años setenta. Sin embargo, por varias circunstancias no pude asumir esa etapa y me ofrecieron las guerras de independencia. En aquel entonces, con mi personalidad, me dije que a los cuarenta años iba a conocer algo de los mambises. Me puse a estudiar entonces lo que Dios me puso en la mano. No podía imaginar que nunca lograré saber mucho de "mis" mambises, cosa que sé hoy; aunque desde mis treinta y cinco años varias personas consideraban que yo conocía bastante de ellos, y me pedían que hablara y escribiera sobre el tema.

Este período de nuestra historia resulta esencial en la formación de nuestra identidad. A propósito, me gustaría saber sobre qué presupuestos prefiere usted pensar la cubanidad.

¿Qué sería ser cubano? Tengo un trabajo que me agradó mucho publicarlo en un libro que hizo una gran amiga, María del Pilar Díaz Castañón, sobre la construcción de la identidad cubana. Este resulta un tema muy complejo en nuestro caso particular, pero creo que hay tener en cuenta que todos cambiamos en nuestras vidas la manera de ser cubanos y que la cubanidad es, y debe ser, un proceso en transformación continua. La cubanidad debe pensarse además como categoría incluyente. Debemos evitar las falsas imágenes y los estereotipos de exclusión políticos.

En varias ocasiones usted se ha referido a la calidad de los jóvenes profesionales cubanos. En este sentido, quisiéramos conocer su valoración sobre la producción de las nuevas generaciones de historiadores.

Sinceramente, estoy plenamente orgulloso de la producción y el trabajo de los jóvenes en el campo de la Historia. Me parecen excelentes varios trabajos publicados por editoriales de provincia. No participo del criterio de algunos de mis colegas de que se han perdido las grandes historias. Me parece fabuloso que las generaciones actuales se dediquen a relatos más breves pero mucho más verídicos, más sentidos, más próximos a la cotidianidad. Creo que los jóvenes hacen una historia muy buena y han logrado superar defectos graves de mi generación. Los jóvenes historiadores han sabido utilizar herramientas de otras disciplinas y, por tanto, tienen una visión más integradora de las ciencias sociales. He tenido la posibilidad de participar como jurado en varios certámenes, como los premios de la Crítica Científico-Técnica y las becas Dador, en los cuales resulta bien complicado definir los premios por la excelente calidad de los trabajos presentados. Sin duda, muchos de los jóvenes historiadores han logrado madurar con gran rapidez y ello se refleja en la calidad de sus obras. Con solo revisar los catálogos de varias editoriales uno advierte los

resultados. En fin, como profesor e historiador puedo afirmar que estoy muy contento con los jóvenes, creo que la Historia en sus manos goza de extraordinaria salud.

Del período revolucionario, ¿cuál recuerda usted como el momento más feliz y el más amargo? ¿Cómo los vivió como ciudadano y como los pensaría como historiador?

Mi momento más feliz dentro de la Revolución transcurrió a finales de 1961, siendo un niño, cuando acompañé a un negro viejo llamado Juan a que cobrara su pensión. Yo llevaba meses tratando de que aprendiera a leer y a escribir, cosa que no logró. Pero pudo aprender a escribir su nombre. Y al cobrar, ya no le entintaron el pulgar para estamparlo en una hoja y sustituir su firma. Juan, orgulloso, apartó la almohadilla y escribió su nombre y su apellido. Los miró con calma y empezó a llorar, diciendo que ya era una persona y no un animal con pezuñas. Recuerdo que yo lloré, emocionado, sensible, feliz, mucho más que él. No cambio ese momento por nada de lo que me haya pasado después. El instante más amargo fue en 1970, cuando, después de haberle dedicado casi un año a la mítica zafra del setenta, Fidel habló y explicó que no llegaríamos a los diez millones tan cacareados. El tono de su voz y la seriedad de su conversación hicieron que varios amigos, que lo escuchábamos juntos, comenzáramos a llorar en colectivo. Para mí, fue quizás la primera gran frustración nacional. ¿Cómo es posible que "nuestro pueblo" no lograra algo? Allí empecé a comprender como futuro científico social que el discurso oficial puede no ser el del simple ciudadano. No puedo pensar ambos momentos como historiador. Los viví demasiado. Mi subjetividad sería arrolladora. Háganlo ustedes, los analistas jóvenes. Y pídanle a la vida que les de un momento terrible y otro maravilloso. Ya otros jóvenes los interpretarán.

En tiempos convulsos, de cambios y remodelaciones en la realidad nacional, donde el presente y el futuro cobran una centralidad casi absoluta: ¿para qué la Historia?

Me fascina una definición de Johann Huizinga: "La historia es la forma espiritual en que una cultura se rinde cuentas de su pasado". Para eso, debe existir. Debe existir para enriquecerme como ser humano. Debe existir para emocionar, para hacer vibrar, para admirar lo logrado por cada sociedad en tiempos anteriores. Debe existir para entender el ?mi? presente. Debe existir para conversar con jóvenes capaces como ustedes, que me hagan aprender en mi estrenada ancianidad. Y, en mi caso particular, debe existir para poder enseñarla, y deleitarme haciéndolo. Enseñar. Siempre enseñar.

 

Fabio e. Fernández Batist. Facultad de Filosofía, Historia y Sociología, Universidad de La Habana, Cuba. Correo electrónico: fefernandez@ffh.uh.cu


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