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Universidad de La Habana

On-line version ISSN 0253-9276

UH  no.293 La Habana Jan.-June 2022  Epub Mar 03, 2022

 

Artículo original

La crítica de la economía política como columna de la disciplina económica: un ejemplo de normalización del marxismo. México, 1976-1994

The Critique of Political Economy as a Column of the Economic Discipline: An Example of Normalization of Marxism. Mexico, 1976-1994

María Elena Rojas Herrera1 
http://orcid.org/0000-0003-2947-7462

Jaime Ortega2  * 
http://orcid.org/0000-0002-8582-1216

1 Universidad Autónoma Chapingo, México.

2 Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, México.

RESUMEN

El marxismo entre la intelectualidad mexicana ha sido una constante. A partir de un repaso de algunas relaciones entre el mundo de la cultura y esta concepción se aborda una experiencia de normalización en el espacio académico. Se trata de la incorporación plena de la obra de Karl Marx como crítica de la economía política en el currículo de la Licenciatura en Economía de la Facultad de Economía en la Universidad Nacional Autónoma de México, tras un proceso de politización de los estudiantes universitarios. Se hace una evaluación del tipo de marxismo que se leía y se asumía como crítica de la economía política a partir de sus principales expositores.

Palabras clave: académico; currículo; universidad

ABSTRACT

Marxism among the Mexican intelligentsia has been a constant. From a review of some relations between the world of culture and this conception, an experience of normalization in the academic space is approached. It is about the full incorporation of Karl Marx's work as critique of political economy in the curriculum of the Bachelor's Degree in Economics of the Faculty of Economics at the National Autonomous University of Mexico, after a process of politicization of university students. An evaluation is made of the type of Marxism that was read and assumed as critique of political economy based on its main expositors.

Keywords: academic; curriculum; university

INTRODUCCIÓN

El siglo xx constató la emergencia del marxismo como una teoría con amplia resonancia entre la intelectualidad, tanto la que se desarrolló en el espacio público como la que se encontró en el ámbito universitario. A lo largo y ancho del mundo las diversas manifestaciones del pensamiento -la sociología, la economía, la psicología, el psicoanálisis, la medicina social, la pedagogía, etc.- y la cultura dialogaron con esta corriente, cuyo origen se encontró en las elaboraciones conceptuales realizadas por Karl Marx y Friedrich Engels. El tránsito de las ideas, concepciones e interpretaciones que ambos realizaron puede rastrearse a partir de los grupos de seguidores, las organizaciones políticas que formaron o en las que intervinieron, para dar un salto a los grandes espacios sindicales y partidarios en cuyo corazón se encontró el Partido Socialdemócrata Alemán a finales del siglo xix. Más tarde, tales ideas se asociaron tanto a los Partidos Comunistas que nacieron en muchos países, como el Estado soviético, en permanente proceso de expansión y fortalecimiento, durante buena parte del siglo xx.

Ahora bien, como lo han demostrado cuantiosas investigaciones, el registro de la recepción y apropiación de estas ideas en América Latina ha tenido numerosos encuentros y desencuentros (Aricó, 1982). La región estuvo marcada a sangre y fuego por las experiencias posteriores al año 1917, en las que se conjugaron con los formatos organizativos -partidos, ligas, sindicatos- en contextos de represión y dictadura, así como con los grandes momentos de irrupción de las masas en la política. Los trayectos que siguieron en sus estudios Michael Löwy, Sheldon B. List, Raúl Fornet Betancourt, Horacio Tarcus, Ricardo Megal, Bruno Bosteels -por mencionar solo a los investigadores cuyas obras son clásicas para pensar el estatuto de la relación entre la región latinoamericana y las ideas marxistas- expresan con claridad los múltiples senderos por los cuales atravesó la obra de Marx y Engels.

Este trabajo muestra una de las veredas en las que impactó la obra de ambos pensadores: el mundo académico, en específico su centralidad en la disciplina económica. El caso a desarrollar es el que atañe a un proceso de expansión de la influencia del marxismo en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde se fusionó con la radicalización de sectores importantes de la juventud y los estudiantes durante las décadas de 1970 y 1980. Es utilizado para ello, de forma análoga al campo del estudio de la historia de la filosofía latinoamericana, el concepto de «normalización».

Como hipótesis se sostiene que el transcurso de normalización del marxismo fue producto de una intensa radicalización al seno de la universidad mexicana, al tiempo que configuró una forma muy particular -en muchos sentidos única- de comprender la disciplina económica. Se trata de un proceso de implementación de un plan de estudios que contempló el supuesto de que la denominada crítica de la economía política (CEP) era la base fundamental para el estudio de la toda la disciplina económica. Sin embargo, en tanto que normalización académica, ello supuso su incorporación y una centralidad aparente, pues en el fondo los presupuestos de la disciplina no se transformaron con radicalidad debido a que en la práctica formativa continuaron siendo privilegiadas las versiones neoclásicas, como lo demostró el trabajo de Rojas (1989). En un movimiento contradictorio el espacio de la disciplina económica se colmó de referencias al marxismo, producto de la militancia estudiantil y de los efectos de la radicalización, sin embargo, no hubo una transformación del paradigma económico. El interés es mostrar el proceso de la normalización del marxismo y presentar qué fue lo que se incorporó y en qué claves operó.

El desarrollo de la corriente marxista en este ámbito no puede explicarse únicamente por el proceso endógeno que se gestó al interior del recinto universitario, sino que convoca las sinergias de sucesos que acontecieron fuera de la ciudad letrada, es decir, en el mundo extrauniversitario. Este mundo incluye desde la expansión de las distintas variantes de la izquierda como respuesta de la militancia juvenil a los oscuros años de represión posteriores a 1968 hasta el crecimiento de las izquierdas durante las décadas del setenta y el ochenta. Por tanto, no solo se expone el proceso que llevó a la implementación de este plan de estudios y la evaluación de su significado, sino que, además, se enmarca este hecho en la coyuntura de expansión del marxismo en la universidad.

DESARROLLO

El marxismo en México: entre la Revolución mexicana y la Revolución soviética

La persistencia en México del marxismo en altos círculos de la cultura, la academia y la política no fue una novedad asociada al impulso de la nueva izquierda en las décadas de 1960 y 1970. El impulso de la Revolución soviética de 1917, que auguraba para las izquierdas un discurso de emancipación humana, tendió, a su manera, puentes con las expresiones más radicales de la denominada ideología de la Revolución mexicana.

Personajes de la talla intelectual y política de Jesús Silva Herzog, Narciso Bassols García o Vicente Lombardo Toledano son clara muestra de cómo individuos comprometidos con los ideales del proceso político mexicano podían conciliar el espíritu modernizador de la revolución nacional con la grandilocuencia universalista del horizonte soviético. Para ellos el caso de la Revolución mexicana era un acontecimiento más cercano a la experiencia rusa que a las formas del capitalismo liberal del resto de Occidente. Lombardo, afamado líder sindical regional y mundial (Spencer, 2018), por ejemplo, fundó la Universidad Obrera, en cuyas aulas estuvieron teóricos alemanes de la talla de Hermann Duncker (1935), Alfons Goldschmidt y Karl August Wittfogel, quienes, durante la presidencia de Lázaro Cárdenas, dieron cursos de economía política -durante 1935-a los cuadros sindicales de la época (Acle-Kreysing, 2018). Goldschmidt permaneció en México, donde investigó sobre un tema central para la nación: la tierra (Goldschmidt, 1940).

Lombardo, en su época de gloria como dirigente sindical nacional, y Manuel Villaseñor -otro hombre ligado a la burocracia estatal, con militancia socialista y creencias marxistas- protagonizaron una trifulca intelectual trasmitida por la radio, en cuyo ejercicio de moderación se encontró el insigne intelectual y fundador del Fondo de Cultura Económica Daniel Cosío Villegas, actividad que después se convirtió en el volumen Marxismo y antimarxismo (Lombardo, 1934). Esto sucedió en la Primavera de la Izquierda Mexicana, es decir, durante el cardenismo. Por su parte, Bassols, quien profesó el marxismo y el socialismo, no solo fue un intelectual de gran tesitura, sino que también ocupó distintos cargos en las más altas esferas del Estado, como la Secretaría de Educación y la de Gobernación. A modo de figura señera fue el más refinado intelectual de la primera mitad del siglo xx, en cuya práctica se alternó tanto la interpretación de la coyuntura como la actividad del funcionario público sin renunciar nunca a su independencia política.

Este proceso se nutrió de las experiencias y conocimientos que circularon en el país por aportaciones de algunos intelectuales provenientes de otras latitudes. A México arribaron en la década de 1920 figuras de la talla intelectual de Julio Antonio Mella (Pulido y Benítez, 2018), Raúl Roa (1964) y Juan Marinello (2000). Todos dejaron una huella intelectual importante. Más tarde, huyendo de la barbarie que se agitaba en el viejo continente, personajes como Adolfo Sánchez Vázquez, Ramón Ramírez y Wenceslao Roces echaron raíces en México, uno de los pocos países que funcionó como sostén de los derrotados en la República española. Y si bien a su llegada aún no eran los excelsos profesores, tiempo después se consagraron como referencias ineludibles, su impacto en la vida cultural y académica fue indudable desde épocas tempranas. Su incorporación a la vida académica reforzó una tenue, pero persistente presencia del marxismo durante la década del cincuenta.

El periodo comprendido entre 1934 y 1940 representa quizá el máximo grado de influencia de las ideas marxistas en el seno de la sociedad, particularmente de su clase trabajadora. Por un lado, debido a la simpatía que generó en el Partido Comunista Mexicano (PCM) la figura de Lázaro Cárdenas, a quien pasaron primero de hacerle la crítica a expresar un apoyo matizado, hasta finalmente convertirse en activos partícipes de su gobierno. El periodo del llamado frente popular dejó en la izquierda mexicana marcas imborrables con las que seguiría cargando en las décadas siguientes. Si bien en este nivel el tono académico del marxismo es nulo, su presencia como fuerza cultural es significativa. Otro tanto se puede identificar a partir de la eclosión de publicaciones bajo el sello de diversas editoriales que, como lo ha demostrado una investigación reciente (Rivera Mir, 2020), colmó los espacios de la actividad editorial. Las obras de Marx y Engels junto a las de Lenin y numerosos teóricos soviéticos inundaron las librerías como resultado de nutridos esfuerzos editoriales de todo tipo y de todo tamaño.

Durante este periodo en el campo universitario el marxismo era cosa extraña. Debe recordarse que se trataba de una universidad muy pequeña, ideada sobre todo para la formación de élites y que había sostenido conflictos con el régimen revolucionario con motivo de la «libertad de cátedra» y la educación socialista. Un memorable debate entre Antonio Caso y Vicente Lombardo (2008) quedó como huella de la pretensión de un sector de marcar el socialismo como seña de identidad de la educación pública, así como de las resistencias que eso supuso. No es de extrañar que en la universidad en este periodo existieran dificultades para dar cabida significativa al marxismo como teoría social. No sucedió lo mismo con la perspectiva científica del marxismo que impulsó Elí de Gortari (1970), que en las décadas del cuarenta y del cincuenta se convirtió en el marxista académico más reconocido. Lo mismo ocurrió con Enrique Beltrán (1945) en la biología, donde impulsó un programa engelsiano del estudio de esta materia. Elí de Gortari se colocó como un referente incuestionable al interior del mundo universitario debido a su alto nivel intelectual, a su reconocimiento mundial como físico y a su compromiso político, que lo llevó a la cárcel durante su época como rector en una universidad local (Chávez, 2017).

A partir de estas pinceladas históricas se muestra la persistencia del marxismo en un mundo intelectual que poco a poco tendió a ser más plural en correspondencia con la modernización implementada por la Revolución, la cual le cambió el rostro a la nación mexicana. Después del gobierno de Lázaro Cárdenas el conjunto de ideologías asociadas a la izquierda -el marxismo y el socialismo- fueron excluidas de las altas esferas gubernamentales, refugiándose en pequeños reductos militantes. Esta situación continuó hasta encontrar en la década del sesenta una mayor capacidad de convocatoria al alcanzar un estatuto de amplio reconocimiento en el mundo universitario.

La coyuntura 58-68 y el impacto en el marxismo mexicano

Como pocas corrientes teóricas, el marxismo está ligado -de una u otra forma- a los cambios de la sociedad y sus procesos de modernización. La intensidad del vínculo entre una realidad sociopolítica y el desarrollo de la perspectiva marxista varía en cada espacio nacional o regional. En el caso de México es claro que el desarrollo del marxismo como entramado teórico vino de la mano con el renacer de la izquierda. Es en el periodo 1958-1968 donde se configuraron las grandes matrices por las cuales el marxismo como tradición intelectual atravesó su cenit y ello no fue casual.

En el lapsus de tiempo 1958-1959 se dio la insubordinación más grande de la clase trabajadora frente al Estado a través de la acción gremial del sindicato ferrocarrilero, suceso que rompió el inmovilismo social establecido desde 1940. Ahora bien, las demandas de los trabajadores del riel eran exclusivamente gremiales, es decir, limitadas al aspecto salarial y de la libertad sindical. Este último punto resultó intramitable para el Estado corporativo, cuyo eje de acción se afianzaba en el control de los sectores subalternos a partir de organizaciones sindicales o campesinas sin vida independiente y sin capacidad de decisión. La derrota del sindicato ferrocarrilero y el encarcelamiento de sus líderes más importantes -los comunistas Valentín Campa y Demetrio Vallejo- selló un largo silencio en el movimiento obrero, que, sin embargo, planteó de manera clara lo peligroso que era para el régimen político una acción autónoma, por más limitada que esta fuera.

La década del sesenta está enmarcada por dos eventos: la Revolución cubana y la rehabilitación de la capacidad de movilización de importantes sectores de la sociedad. Sobre el primer punto es preciso señalar que la influencia de la revolución en la mayor de las Antillas fue clave para la renovación de la izquierda mexicana. Al llamado de solidaridad acudieron los viejos socialistas -Lombardo Toledano-, la recién inaugurada dirección del PCM -Arnoldo Martínez Verdugo- y el liderazgo de la izquierda nacionalista en la persona de Lázaro Cárdenas. Este último impulsó la Conferencia Latinoamericana por la Emancipación Económica y la Soberanía Nacional en 1961 (Servín, 2021).

En el otro flanco se asistía a la movilización de sectores medios de la sociedad -como los médicos-, que mostraban los primeros signos de resistencia a la modalidad asumida por la intensa modernización que la sociedad vivía. De igual forma, se detectaron los dos primeros focos guerrilleros en una clave parecida a la Revolución cubana. Por un lado, en la figura de Rubén Jaramillo (Padilla, 2014) -bisagra entre el viejo zapatismo y las nuevas luchas de liberación nacional- y, por otro lado, en los jóvenes que asaltaron el Cuartel Madera en 1965 (Vargas, 2015), imitando a los atacantes cubanos del Moncada. En términos políticos el PCM se sacudía de una larga crisis y reconectaba con los sectores movilizados del campo al impulsar tanto la Central Campesina Independiente como el Frente Electoral del Pueblo en 1964 (De la Fuente, 2016).

Este agitado periodo en el que confluyeron tanto los ánimos de renovación teórica como la movilización de sectores parciales de la sociedad eclosionó en 1968. Como es bien conocido, aquel año supuso la apertura de una gran grieta dentro del sistema político mexicano, que no pudo contener la movilización estudiantil con sus mecanismos tradicionales de control y negociación. En un entorno complicado y que tiene numerosas aristas de carácter global, regional y local (Rodríguez Kuri, 2019), la evaluación posterior de aquel año concuerda en marcarlo como un hito significativo en la medida en que la protesta estuvo articulada a partir de un sector cuya creciente influencia social era producto de la modernización desarrollista.

Uno de los cambios que se comenzó a gestar fue el de la inclusión del marxismo en el currículo universitario. Dicha discusión llegó a las altas esferas de la élite universitaria cuando en el seno del Consejo Universitario de la UNAM, máximo espacio de decisión de esa universidad, se debatió sobre la posibilidad o no de la incorporación del marxismo. Según Álvarez Garín (1988):

Debido a ciertos cambios de índole académica, las universidades se transformaron en poco tiempo. Se demandaba desarrollar la enseñanza de las ciencias exactas, modificar la apreciación de la biología y la química y la incorporación del marxismo en los planes de estudio. Esto lo impulsaron Elí de Gortari en Morelia, José Alvarado en Monterrey y Luis Rivera Terrazas -quien muchos años después sería rector de la Universidad Autónoma de Puebla (UAP)-. Las ideas directrices de su actuación tendían a modificar los planes de estudio. Una verdadera revolución. Hubo una famosa sesión del Consejo Universitario de la UNAM donde se empató una votación acerca del marxismo. Eliezer Morales recordó al rector Ignacio Chávez que él tenía voto de calidad, lo cual ponía en sus manos decidir si se impartía o no el marxismo, Chávez dijo: «Voto por la libertad», lo que quería decir que se pronunciaba por su enseñanza. Las transformaciones eran evidentes.

El movimiento de 1968 irrumpió fulgurante en el verano. Su proceso se desarrolló en unos tres meses de intensa movilización. Inició el 26 de julio cuando una manifestación a favor de Cuba fue salvajemente reprimida, hecho que precipitó una serie de actos que ya no se pudieron controlar. Los dirigentes del PCM fueron encarcelados, las instalaciones universitarias en el centro de la ciudad agredidas y la respuesta fue una huelga que paralizó a la universidad por los siguientes meses. Entrampado en una atmósfera anticomunista, acrecentada por la realización de las Olimpiadas, el gobierno mexicano reprimió duramente esos meses, hasta llegar a la represión en la Plaza de Tlatelolco el 2 de octubre de 1968.

Los años posteriores al 68 son muy oscuros en cuanto a las formas organizativas de los estudiantes radicalizados. No existe mucha información sobre el regreso a clases, ni las formas en que la vida académica se reorganizó en los momentos posteriores a la irrupción del movimiento estudiantil. Lo que sí se sabe es que paulatinamente los núcleos organizativos ganaron fuerza después de 1971, afincados en gran medida en el proceso que culminó con la salida de la cárcel de cuadros que mantenían un vínculo importante con el mundo universitario (Oikión, 2018).

Es en ese momento en que se da un fenómeno de normalización del marxismo en la UNAM. Los grupos de izquierda lograron tener una gran presencia en algunas instituciones locales, como fue el caso de la Universidad de Sinaloa, la Universidad Pueblo, como se conocía a la Universidad Autónoma de Guerrero, y la Universidad Autónoma de Puebla, donde el PCM local logró obtener el rectorado. En el caso que a continuación se desarrolla se trata de la carrera Economía de la Facultad de Economía de la UNAM, institución que estuvo lejos de recibir la influencia de las izquierdas a nivel de sus administraciones, pero que vio la emergencia de una gran cantidad de estudiantes y profesores alineados con las distintas izquierdas y que, a pesar de sus diferencias políticas, convivían en la defensa del estudio del marxismo en formatos académicos.

El Foro Académico y el plan de estudios de 1976

La etapa entre 1968 y 1971 fue la de la reorganización de la izquierda mexicana. Esta tomó vías democráticas -por el PCM- y armadas con el surgimiento o permanencia de grupos urbanos y rurales (Glockner, 2019). En ambos casos la universidad fue lugar de formación de cuadros y reclutamiento. En el caso de la Escuela Nacional de Economía, después Facultad de Economía, se vivió un proceso de normalización del marxismo. Este concepto se volvió importante en el momento de historiar la filosofía, cuyas reglas provenían de la forma en que se cultivaba esta materia en Europa y encontraba un campo operacional distinto en la región latinoamericana, más afín al ensayo que al tratado.

A diferencia de los primeros ensayos de reflexión, lo que hoy denominamos filosofía pasó por un proceso de establecimiento de sus propios parámetros: técnicas de escritura, bibliografías básicas, referencias compartidas; es decir, un conjunto de reglas y normas que demarcaban el trabajo filosófico de otros géneros. En el caso de la filosofía, la normalización se suele entender como el periodo de su independencia frente a otras regiones del pensamiento. Con ello ganó autonomía frente al derecho, la literatura, la sociología y otras, al establecer sus propios parámetros de evaluación. Este concepto es útil para pensar cómo una teoría con las características del marxismo, que atravesaba distintas disciplinas como la economía, la ciencia política, la sociología, la filosofía, entre otras, fue incorporada en los currículos académicos y se fue amoldando a las formas de desarrollo disciplinar. Es interesante cómo ese proceso generó un conjunto de reglas, un lenguaje, unas determinadas referencias y el surgimiento de libros especializados, entre otros insumos.

A pesar de que el concepto de normalización refiere a la forma en que una disciplina toma forma, aquí nos permite pensar cómo una teoría es adaptada a los cánones curriculares, manteniendo su propia autonomía en el lenguaje y en la operatividad de su desarrollo. Es decir, sirve para entender cómo una corriente de pensamiento que circulaba fuera del mundo académico fue adoptada por este. Con normalización referimos, entonces, a una cierta institucionalización de una teoría-ideología política, cuya integración se da a partir de uno de sus saberes (Palti, 2003), en este caso el que refiere a la economía. Con ese camino de institucionalización surgieron procesos que se pueden ubicar en los trayectos de la normalización: técnicas de estudio, lenguaje especializado, conjunto de autores de referencia y bibliografía especializadas.

¿Cómo se dio este proceso y qué forma tomó? En primer lugar, fue facilitado por medio de las aspiraciones de jóvenes profesores y estudiantes de democratizar la Escuela Nacional de Economía, que devino en un proceso de organización alterna de la gestión universitaria y que la colocó en crisis, para finalmente lograr el recambio de la dirección. En segundo lugar, el ingreso del destacado economista José Luis Ceceña respondió a la crisis que se vivió entre 1971 y 1972 cuando los estudiantes «autogestionaron» la vida de la que ya era la Facultad de Economía. De esta forma, las pretensiones juveniles se vieron atendidas en un proceso de reforma del plan de estudios, manzana de la discordia de las numerosas corrientes que se disputaban la hegemonía, pues se traducía en un mayor número de asignaturas que podían ser encargadas a profesores jóvenes o de recién ingreso.

El Foro Académico de 1974 fue el espacio en el que sucedieron los acuerdos para lograr cambios en esta dirección. De ahí devinieron tres áreas fundamentales como forma organizativa del currículo del estudio de la economía: la CEP como eje vertical de toda carrera y en la que aquí nos enfocamos; la Teoría Económica como aquella que proporcionaba el instrumental para enfrentarse al mercado de trabajo y la llamada Coordinación de Investigación Económica y Social (CIES), que expresaría la vocación de investigación.

Se establecieron contenidos de los cursos de CEP del primero al séptimo semestre con un total de nueve. En el primer curso se estableció como eje el estudio de la «Teoría del valor y la plusvalía»; en el segundo la «Teoría de la plusvalía y la acumulación»; en el tercero la opción entre el estudio de «El proceso de circulación del capital» o la «Teoría marxista de la distribución»; en el cuarto las opciones variaban entre la «Transformación de la plusvalía en ganancia» o la «Distribución y circulación del capital»; en el quinto entre la «Teoría de la renta del suelo y del ciclo económico» o los «Ciclos y crisis económicas»; en el sexto semestre «El imperialismo» y el séptimo finalizaba con «Economía del socialismo». Además de esta estructura curricular, se agregó el espacio conocido como el «Seminario de El Capital» que es el centro de esta explicación. Se trata de una visión muy común, estándar, de la compresión de la economía.

El primer semestre permitía a los estudiantes conectar la discusión con los así llamados autores clásicos. No es casual que el tema inicial fuera justamente el problema de la teoría del valor. A partir del dinero -último segmento de ese primer curso- se pasaba a la conceptualización del plusvalor, tanto relativo como absoluto. Una vez revisado esto, la acumulación permitía el salto a la distribución o circulación, ya fuera en su modalidad de distribución de la ganancia o en el entendido del plusvalor como una totalidad. En el quinto semestre se presentaba una desconexión con los cursos previos, en tanto que permitía la opción entre el estudio de la teoría de la renta o la teoría de la crisis. En los subsiguientes cursos se alejaban de la obra El Capital (Marx, 2006) en cuanto tal, pues problematizaban temáticas cuyos autores de referencia se encontraban en V.I. Lenin, para el caso del imperialismo y otros tantos en la teoría de la transición, discusión vigente tras las revoluciones en China y Cuba.

Respecto a la opinión de los profesores se recogen testimonios de figuras ligadas a la reforma. Por ejemplo, David Moreno señalaba, en entrevista, los problemas a los que se enfrentó el cambio del plan de estudios debido a la escasez de profesores que conocieran El Capital: «en la principal materia del plan de estudios, la Crítica de la economía política, eran profesores improvisados, eran profesores que no habían leído El Capital (Marx, 2006) o que lo habían leído recientemente» (Rojas, 1989, p. 101), pero matiza cuando dice: «Sin embargo, en aquel tiempo eran jóvenes muy entusiastas, recién formados en el movimiento estudiantil, entrenados políticamente y entusiasmados» (Rojas, 1989, p. 101).

El cambio del currículo generó problemas y dificultades. Un sector de la comunidad estudiantil vio positivamente estos cambios, en tanto que otros se mostraron críticos. Por ejemplo, un profesor indicó lo siguiente:

creo que es un error fatal de los economistas pensar que hay un ideal del cambio, y no lo sostienen todos los economistas, lo que pasa es que los grupos políticos que en 74 irrumpieron en el movimiento impusieron esa concepción, pero está mal. Yo pienso que Marx jamás pensó que la ciencia económica era una cosa aislada, ni a partir de todo su desarrollo teórico él pensó que era lo único y que lo de más atrás se quedaba para el basurero. (citado en Rojas, 1989, p. 104)

La aplicación de un nuevo plan de estudios requirió una gran movilización de personas e instrumentos: profesores capacitados, secuencia de contenidos y obtención de bibliografía. Todo ello generó, como es normal, resistencias y alegrías. Los complacidos por un currículo con alto contenido de marxismo fueron aquellos vinculados a la radicalización de la década del setenta que, entre tanto golpe por parte del poder político al movimiento estudiantil, veían cristalizada al fin una victoria. Del lado de los críticos se encontraron aquellos que miraron con recelo lo que podríamos definir como un alto grado de ideologización.

¿Qué era la CEP y quiénes fueron sus impulsores?

El ejercicio institucional de formulación de un plan de estudios requiere de un periodo largo de tiempo. Dichos instrumentos suelen estar asociados a nociones de reforma y adaptación de tendencias contemporáneas en las disciplinas. Responden tardíamente a las transformaciones de la sociedad. De una u otra forma son el punto de cruce entre las tendencias renovadoras y las inercias burocráticas e institucionales y no siempre se logran de la manera como se proyectan en los dispositivos de gestión. Su punto de llegada es también un acuerdo político entre corrientes, grupos y élites. En el caso del plan de estudios de 1974, la impronta de la movilización estudiantil del sexenio previo convivió con la transformación del aparato educativo, que se encontraba ya en pleno desarrollo de su masificación.

Una modificación de esta naturaleza generó una inclusión del marxismo como corriente, pero ello no significó una transformación radical del currículo. Es decir, la concepción general de la economía, su función y sus métodos continuaron sin variaciones. Aunque relegada, la noción de la teoría neoclásica o teoría económica se convirtió en toda la ciencia económica. La instrumentación del nuevo plan de estudios presentó problemas serios expresados en la desarticulación de los contenidos, la ausencia de capacidades para trasmitirlos y la autonomía en el aula, estos desafíos se conjugaron para ofrecer un currículo aparentemente impregnado de marxismo, pero solo formalmente.

No obstante, más allá de la evaluación en el terreno del «currículum oculto» es importante atender lo que interesa aquí: la normalización del discurso marxista. Los dados, sin embargo, se encontraban cargados. El nuevo plan de estudios fue señalado por su sobrada ideologización. Un efecto concomitante a su propuesta y puesta en funcionamiento fue la búsqueda de la renovación de la planta académica que pudiera impartir los nuevos contenidos. Pero, ¿qué era lo que se asociaba a este plan de estudios impulsado desde la base radical del estudiantado y cuadros de profesores?

La denominada CEP, tal como se interpretó en México, diferenciaba el discurso de Marx entendido como una tentativa de desarmar los principales conceptos de la economía clásica con respecto a las versiones que se construían en países socialistas. Mientras en estos últimos el marxismo se utilizaba para construir una economía marxista -eludiendo la crítica- con la finalidad de pensar los procesos de planificación, para la versión normalizada en México, el trabajo consistía en realizar la crítica de toda forma de teoría económica. De un lado quedaba la CEP y del otro todo intento de economía positiva, ambas tipologías expresadas en clave como economía marxista y teoría económica tradicional. A la postre esta especificidad se convertirá en uno de los límites de su desarrollo al encontrarse dispuesta en un plan de estudios de una carrera en la que los estudiantes esperaban prepararse para enfrentar un mercado de trabajo.

Su eje de articulación se encontraba a partir de los tres tomos de El Capital (Marx, 2006) y otros manuscritos como los Grundrisse (Marx, 2000). Aunque en general se rechazaba la acepción proporcionada por Louis Althusser (1974) de una ruptura al interior del campo marxista, no se colocaba un énfasis en textos juveniles como los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 (Marx, 2015). Así, Marx era el que propiciaba una crítica puntual de la totalidad del orden social y no solo de un aspecto -la economía- por sobre otros.

Estas referencias aparecieron en figuras cuyos nombres y obras se asociaron al Seminario de El Capital. El primero y más importante fue Bolívar Echeverría, llegado de Alemania en 1968. El filósofo ecuatoriano-mexicano pronto logró insertar su original punto de vista desde el que consideraba que El Capital, más que un libro de economía, era una perspectiva que permitía realizar una crítica de la totalidad. Sus trabajos aparecieron en la revista Investigación Económica, en donde, por un par de números, impulsó la serie «Para lectores de El Capital». Además de presentar él mismo su lectura, promovió la traducción de trabajos que ayudaban a los estudiantes a la comprensión global de la obra. Echeverría ofreció un «Esquema de El Capital», en el cual dispuso una lectura de los tres tomos para después concentrarse, específicamente, en temas como el punto de partida, la producción de valor y plusvalor, la clasificación del plusvalor y finalmente la teoría de la crisis.

Todos estos textos, aunque publicados durante las décadas del setenta y del ochenta, fueron compilados en El discurso crítico de Marx (Echeverría, 2017), publicado originalmente en 1984 y con una nueva edición en 2017. Echeverría extrajo de la enseñanza en el Seminario de El Capital una serie de conclusiones que pueden ser pensadas como una reflexión sobre la forma natural de la reproducción social o la teoría del valor de uso / proceso de trabajo, reflexión en la que reafirma la prioridad del trabajo concreto sobre el abstracto. Estas conclusiones fueron expuestas tanto en su lectura específica de Marx (Echeverría, 1999) como en la formulación de una definición de la cultura (Echeverría, 2001).

Además de Echeverría, otro de los profesores que se hizo cargo de Seminario de El Capital fue Jorge Juanes. El hoy reconocido crítico de arte inició su carrera responsabilizándose de una exposición de los tres tomos de El Capital (Marx, 2006). De su labor de enseñanza en aquel periodo -antes de su ruptura con el marxismo- es la publicación de Marx o la crítica de la economía política como fundamento (Juanes, 1982). Se trata de un comentario lineal y puntual de las distintas secciones de El Capital (Marx, 2006). Su origen se encuentra en la consideración de una diferencia entre la economía y la CEP. Esta divergencia se fundamenta en el hecho de que la primera hace parte del orden social dominante a partir de una visión fetichizada, cuantitativa y racionalista de la vida, en tanto que la segunda busca la formulación de nuevas relaciones sociales (Juanes, 1982).

El último participante de relevancia para este argumento es Armando Bartra (1979), filósofo de formación. Desarrolló una línea particular, la del acompañamiento del trabajo campesino y sus luchas. Realizó una teorización sobre la renta de la tierra, que se vio alentada por el impulso a la revista Cuadernos Agrarios, en donde una pléyade de intelectuales de la época siguió las luchas campesinas de la década del setenta. Bartra rastreó la diversidad de formas del trabajo en el campo, desde aquellas que se encontraban fuera de la dominación del capital hasta la subsunción del trabajo campesino.

Además de estos intelectuales, que en décadas posteriores se convirtieron en referentes de la filosofía -en el caso de Echeverría-, de la crítica del arte -en el caso de Juanes- y del entendimiento de las formas de organización alternativa -en el caso de Bartra-, existieron algunos teóricos sobresalientes egresados del Seminario de El Capital. Dos de los más destacados fueron Jorge Veraza, que en esa época realizó una crítica de la teoría del imperialismo de Lenin, y Carlos Aguirre, quien desarrolló el concepto de fetichismo.

Esta visión global nos puede dar idea de la especificidad que asumió la inclusión del marxismo. No se trató de una transformación de toda la visión de la economía, como lo demostró el trabajo citado de Rojas (1989), pero los pequeños espacios que se abrieron para su estudio permitieron una fuerte presencia de esta corriente. Su normalización permitió que el marxismo fuera parte de las discusiones transversalmente adjudicadas no solo a la economía, sino también a las ciencias sociales y la filosofía, espacios en donde se imitó, hasta cierto punto, la experiencia de la Facultad de Economía, replicándose seminarios sobre El Capital, aunque con otras preocupaciones

CONCLUSIONES

El proceso de normalización ocasionó -como lo señaló un testimonio- una rutina de la teoría marxista, en la que esta se convierte en el deber ser, como un tiempo rutinizado y saber burocratizado. Ello colocó a algunos profesores, particularmente de áreas disminuidas durante aquel periodo, como críticos de la falta de preparación frente a un mercado de trabajo que aumentaba su demanda y la formación deficiente de un plan «populista». Más allá de las críticas estrictamente académicas, debe ser reconocido como un ejemplo relevante de la historia del marxismo en México, historia que apenas comienza a contarse.

No se trató solo de incluir al marxismo sin más en la academia, sino que se preparó el terreno a la formación de una escuela de pensamiento que alternó la economía, la filosofía y la sociología: la CEP. Los cruces son claros en las obras de los principales exponentes: Echeverría, Juanes y Bartra. Demuestran que, a pesar de todo, la riqueza del pensamiento marxista en México, que era de larga data, siguió cultivándose, producto de la intensificación del conflicto social.

En concreto, el tipo de marxismo normalizado en la estructura académica se diferenciaba de otros. Para empezar, tenía poco o nada que ver con lo que se entendía por economía marxista en la clave otorgada por la irradiación de la influencia soviética. Existía una distancia abismal, insuperable, con respecto a textos como los manuales de economía política. En segundo término, se diferenciaba de vertientes marxistas que, aunque con presencia en el mundo universitario, ocupaban otros espacios. Es el caso de la teoría del capital monopolista de Estado, que conjugaba aportes de economistas soviéticos, franceses y latinoamericanos. Específicamente, la CEP se diferenciaba de estas opciones en el entendido de la función del discurso marxista: la tarea que se le asignaba era la de ejercer la crítica de las categorías de la economía.

Por supuesto que la incorporación de un tipo de marxismo de esta naturaleza generó ámbitos productivos, pero también tuvo serias limitaciones. Por un lado, era ambivalente en términos de la investigación práctica. Si bien en Bartra hay un énfasis por enlazar el discurso marxista con las luchas campesinas, esto resulta más complejo en la alta abstracción en la que se movían Echeverría o Juanes. Se dio la paradoja de que la normalización del marxismo producto de la radicalización política cortó vínculos con las experiencias políticas prácticas. Otra limitante tenía que ver con que la regularización de esa perspectiva chocaba con las perspectivas de los estudiantes no radicalizados ni politizados que acudían a la universidad con la intención de prepararse para afrontar una vida laboral que se complejizaba conforme la crisis del modelo económico se profundizaba.

Lo que se ha denominado normalización refiere a un proceso que va de las orillas hacia los centros, es decir, pasa del conflicto sociopolítico a su cristalización institucional. En este caso, de la demanda de un politizado movimiento estudiantil que logró dejar su impronta en los procesos de reforma de los planes de estudio y generó con ello un andamiaje obligatorio de materias a las cuales todo economista debía enfrentarse. Las tensiones que ello produjo se señalaron tanto en los críticos como en la insuficiencia de cuadros intelectuales para cumplir dicha tarea. Al final, se eligió exponer el significado de esa corriente en voz de sus principales expositores.

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Received: January 12, 2021; Accepted: January 29, 2021

* Autor para la correspondencia: jaime_ortega83@hotmail.com

Los autores declaran que no existen conflictos de intereses.

María Elena Rojas Herrera: desarrolló el trabajo de entrevistas y el análisis curricular del plan de estudio de Economía. Llevó a cabo la revisión bibliografía de la historia del marxismo en México.

Jaime Ortega: desarrolló la revisión bibliografía de la historia del marxismo en México, tanto de textos clásicos como de la producción contemporánea.

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